Trump eliminó los matices diplomáticos y reinstaló una lógica binaria y agresiva

La polarización como doctrina

La polarización impulsada por Washington no busca resolver tensiones

Many yellow 9mm and 5.56mm bullets and cartridges on United States flag. Concept of gun trafficking on USA territory or shooting range objects

La polarización que Estados Unidos está promoviendo en América Latina no tiene precedentes en los últimos 40 años. No es un fenómeno espontáneo ni una consecuencia inevitable de la coyuntura internacional: es una estrategia política deliberada, profundizada durante la presidencia de Donald Trump y asumida como eje central de la relación de Washington con la región.

Trump eliminó los matices diplomáticos y reinstaló una lógica binaria y agresiva: alineamiento o castigo. Bajo esa mirada, América Latina volvió a ser tratada como un espacio de disputa geopolítica y disciplinamiento, no como un conjunto de países soberanos con derecho a decidir su propio rumbo político y económico.

La polarización no es un error de cálculo: es el objetivo. Sociedades divididas, sistemas políticos tensionados y economías bajo presión externa resultan más vulnerables a la injerencia. Estados Unidos dejó de actuar como actor diplomático para convertirse en factor activo de confrontación, debilitando la integración regional y erosionando cualquier proyecto autónomo.

El caso de Cuba representa la expresión más brutal de esta política. Durante la administración Trump, el bloqueo económico fue endurecido hasta niveles inéditos, cerrando canales financieros, persiguiendo operaciones comerciales y reinstalando a la isla en listas arbitrarias que paralizan su inserción internacional. No se trató de promover democracia ni derechos humanos, sino de asfixiar deliberadamente a una población entera como mecanismo de presión política.

El ahogamiento económico de Cuba funciona además como mensaje regional: quien no se alinea, paga. Sanciones, amenazas y castigos colectivos se transformaron en herramientas normales de la política exterior estadounidense, en abierta violación del derecho internacional y de los principios básicos de convivencia entre Estados.

Las consecuencias están a la vista: radicalización del discurso político, fragmentación social, debilitamiento de los organismos regionales y mayor dependencia económica. Estados Unidos no promueve estabilidad ni democracia: impone alineamiento. Y cuando ese alineamiento no se logra, impulsa el conflicto.

Donald Trump no inventó esta lógica, pero la llevó a un nivel de brutalidad y descaro que no se veía desde la Guerra Fría. Lo que antes se hacía de manera encubierta, pasó a ejecutarse a cielo abierto.

La polarización impulsada por Washington no busca resolver tensiones: las necesita para sostener su hegemonía. Mientras esta doctrina siga vigente, América Latina seguirá pagando un alto costo político, social y humano.

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