La sexomnia se encuadra dentro de las parasomnias, un grupo de trastornos del sueño que incluyen comportamientos inusuales durante el descanso, como el sonambulismo, las pesadillas, el bruxismo y la somniloquia. La Tercera Clasificación Internacional de los Trastornos del Sueño (ICSD-3) la clasifica dentro de las parasomnias del sueño No REM (NREM), como un subtipo de excitación confusional.
Las conductas asociadas a la sexomnia se manifiestan aproximadamente una o dos horas después del inicio del sueño. Pueden incluir vocalizaciones de naturaleza sexual, masturbación, movimientos pélvicos similares al coito, intentos de mantener relaciones sexuales y, en algunos casos, la consumación del acto. Un rasgo distintivo es la amnesia total o casi total de los episodios al despertar.
El trastorno ocurre durante la fase de sueño profundo No REM (estadio N3), cuando los músculos no están paralizados pero el cerebro permanece profundamente dormido. Esa condición explica por qué la persona puede ejecutar movimientos complejos sin tener conciencia de ellos. En algunos casos, el afectado puede despertar con el acto ya iniciado o en el momento del orgasmo, mientras que en otros continúa dormido durante todo el episodio.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, la sexomnia afecta aproximadamente al 2% de la población mundial. No obstante, otras investigaciones sugieren cifras más elevadas: un estudio con 832 pacientes de una clínica de trastornos del sueño encontró que el 8% presentaba síntomas sugestivos de sexomnia, y algunos autores sitúan la prevalencia vitalicia entre el 7,1% y el 10,1%.

El trastorno es más frecuente en hombres, con una proporción estimada de tres a uno en comparación con las mujeres, y algunos estudios elevan esa cifra a ocho de cada diez casos. Se manifiesta predominantemente en adultos jóvenes, con mayor incidencia alrededor de los 27 años. Aunque puede aparecer en cualquier persona, incluso sin antecedentes de sonambulismo, aproximadamente la mitad de los afectados tiene antecedentes de sonambulismo en la infancia.
Aunque la causa exacta de la sexomnia aún se desconoce, la evidencia científica indica que existe una predisposición genética que puede hacer a algunas personas más susceptibles. Sobre esa base, diversos factores externos pueden precipitar o facilitar la aparición de los episodios.
Los estudios indican que el contacto físico con otra persona en la cama es el desencadenante más frecuente, presente en el 64% de los casos. Otros factores relevantes incluyen el estrés (52%), la fatiga (41%), el consumo de alcohol (14,6%) y el uso de drogas (4,3%).
Las alteraciones del sueño actúan como disparadores. La apnea obstructiva del sueño, el síndrome de piernas inquietas, el sueño irregular y el insomnio se han relacionado con la aparición de episodios. También se ha identificado el abuso sexual en la infancia como un precipitante en algunos casos. El consumo excesivo de alcohol, estupefacientes y ciertos fármacos que afectan el sistema nervioso central -como antidepresivos, somníferos, tranquilizantes, zolpidem, litio o algunos anticolinérgicos- pueden alterar la estructura del sueño y favorecer la aparición de conductas sexuales involuntarias.
En los casos en que la sexomnia está asociada a apnea obstructiva del sueño o síndrome de piernas inquietas, el tratamiento de estos trastornos de base suele resolver también los episodios de sexomnia.
La sexomnia puede afectar profundamente la vida de quienes la padecen y la de sus parejas. La persona afectada suele experimentar vergüenza, culpa y confusión al no recordar sus acciones, mientras que la pareja puede sentirse desconcertada y tensa ante situaciones que no comprende.

