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Cuando el dolor de rodilla comienza a atacar

El dolor de rodilla es una de esas molestias que casi todo el mundo ha experimentado alguna vez.

Las molestias en la rodilla todos lo hemos experimentado

Esta afección aparece sin avisar, a veces tras un mal movimiento, otras después de un entrenamiento intenso, y en muchos casos simplemente llega con el paso de los años, como un recordatorio de que el cuerpo también envejece. Lo cierto es que se trata de una de las consultas más frecuentes en los servicios de salud, y afecta por igual a jóvenes, adultos y personas mayores, aunque por razones muy diferentes.

Las causas pueden ser muchas y muy variadas. Lo primero que hay que entender es que la rodilla es una articulación compleja. Sostiene el peso del cuerpo, absorbe impactos y permite movimientos que van desde caminar hasta saltar. No es de extrañar que, con tanta exigencia.

Hay factores de riesgo que no siempre se tienen en cuenta. El sobrepeso, por ejemplo, es uno de los más determinantes. Cada medio kilo de más se traduce en una presión extra sobre la rótula que puede multiplicarse al subir escaleras o saltar. La rodilla no está diseñada para soportar cargas excesivas de forma prolongada, y el desgaste termina pasando factura.

Pero el dolor de rodilla también puede ser consecuencia de enfermedades como la artritis reumatoidea, la osteoartritis, el lupus o la gota. En estos casos no se trata de un trauma puntual, sino de un proceso inflamatorio o degenerativo que afecta la articulación de manera progresiva. Otras veces el origen está en un quiste de Baker, una bolsa de líquido que se forma detrás de la rodilla y que suele acompañar a procesos inflamatorios; o en la enfermedad de Osgood-Schlatter, una afección típica de adolescentes en pleno crecimiento. Infecciones óseas o articulares, e incluso algunos tipos de cáncer, también pueden manifestarse a través del dolor en la rodilla, aunque estos casos son mucho menos frecuentes.

Cuando el dolor aparece de forma repentina, lo más probable es que esté relacionado con una lesión o con un esfuerzo que la articulación no estaba preparada para soportar. La bursitis, por ejemplo, es una inflamación que suele aparecer después de pasar mucho tiempo arrodillado o de someter la rodilla a una presión repetitiva. La tendinitis, en cambio, está más vinculada a cambios bruscos en la actividad física o a músculos y tendones que no están en condiciones de asumir la carga que se les exige.

Es una afección frecuente

También están las lesiones ligamentarias, que suelen ser más graves. Una ruptura del ligamento cruzado anterior o del ligamento colateral medio puede dejar la rodilla inestable, provocar sangrado interno y una hinchazón considerable. Cuando el dolor acaba de empezar y no hay signos de alarma, hay varias medidas que pueden aliviar los síntomas sin necesidad de acudir al médico.

El reposo es lo primero: dejar de hacer aquellas actividades que provocan molestias y evitar apoyar peso sobre la rodilla. El hielo ayuda a reducir la inflamación si se aplica durante 15 minutos cada hora durante el primer día, y luego al menos cuatro veces al día. Siempre con una toalla de por medio, porque el contacto directo puede quemar la piel.

Elevar la rodilla contribuye a bajar la hinchazón, y un vendaje elástico o una manga de compresión ofrecen soporte y ayudan a contener la inflamación. Para el dolor, se pueden tomar ibuprofeno, naproxeno o paracetamol, pero hay que tener cuidado con las dosis y consultar al médico si se toman durante más de uno o dos días, o si se padece alguna condición de salud previa.

Dormir con una almohada entre las rodillas o debajo de ellas también puede aliviar la presión sobre la articulación durante la noche. Son gestos sencillos, pero que marcan la diferencia en la recuperación. Evitar el dolor de rodilla no siempre es posible, pero hay hábitos que reducen significativamente el riesgo. 

El control del peso es otro factor clave. Perder esos kilos de más alivia la presión sobre las rodillas y retrasa el desgaste. Para quienes tienen los pies planos, las plantillas y los soportes de arco pueden corregir la pisada y distribuir mejor el peso. Y los zapatos para correr deben ser cómodos, con buena amortiguación y ajustados correctamente.

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