La Tolerancia en el Banquillo

En un planeta fracturado por el ruido de los conflictos.  ¿Cómo celebramos el Día Internacional para la Tolerancia?

Cada 16 de noviembre, desde 1995, el calendario nos interpela con el Día Internacional para la Tolerancia, una fecha instituida por la UNESCO que, lejos de ser una celebración, se ha convertido en un amargo recordatorio de la deuda pendiente de la humanidad consigo misma.

La propia Declaración de Principios sobre la Tolerancia que se conmemora define el concepto no como una indulgencia pasiva, sino como el respeto activo a las creencias, cultura y opiniones de los otros, erigiéndose como un Derecho Humano inalienable.

Hoy, podemos definir este concepto como una lucidez casi utópica.  Y sí, la diversidad es natural y que la convivencia solo es posible bajo el paraguas de la tolerancia, sin embargo, casi tres décadas después, la pregunta que surge es ¿Qué valor tiene una declaración de principios cuando la realidad grita lo contrario?

El mundo se desangra en conflictos alimentados por la xenofobia, la discriminación, la homofobia, por citar algunos de tantos ejemplos. Los titulares de los periódicos, lejos de ser espejo de un progreso moral, son un catálogo diario de nuestra regresión. La humanidad, en una paradoja tragicómica, rechaza al diferente olvidando que la diferencia es la única característica universal que nos define.

Hermanos de una misma sangre pueden ser polos opuestos en pensamiento y pasiones; nuestros cuerpos y mentes son un testimonio vivo de la heterogeneidad. El problema, por tanto, no radica en ser distinto, sino en la fortaleza de los prejuicios que construimos alrededor de lo que nos es ajeno, ya sea por religión, cultura, género o identidad.

En este panorama, la fecha del 16 de noviembre pretende ser un faro, un intento de desembarazarse de esos lastres. Se nos habla de la tolerancia como pilar para una «cultura de la paz», un concepto noble que choca frontalmente con la turbulencia actual, marcada por una polarización que ensancha abismos y una violencia que se normaliza. Se postula a la educación como la gran herramienta transformadora, capaz de sustituir una cultura de violencia por una de paz. No obstante, es imperativo cuestionar los mecanismos o conceptos que aplicamos para sentar las bases ante un fenómeno global que no nos debe resultar indiferente .

La tolerancia, nos dicen, es un valor moral, un comportamiento activo que reconoce los derechos universales. No significa renunciar a las propias convicciones ni tolerar injusticias, sino aceptar que el otro tiene el mismo derecho a las suyas. Es la base para una democracia participativa y una convivencia civilizada. Frente a esto, los síntomas de intolerancia campan a sus anchas: estereotipos, burlas, discriminación, hostigamiento, represión y segregación, son las herramientas del miedo al desconocido.

Contra estos males, se nos ofrecen ejemplos de tolerancia cotidiana: aceptar al nuevo en la escuela, no discriminar al vecino, entender los errores ajenos, convivir con diversidades étnicas, sexuales o lingüísticas. Son gestos loables, sin duda, pero ¿acaso no es una constatación de nuestro fracaso que tengamos que recordar lo que debería ser la norma elemental de la decencia humana? El solo hecho de enumerarlos como un logro evidencia lo lejos que estamos de internalizarlos como práctica natural.

La consolidación de este valor requiere, se insiste, de un esfuerzo dedicado para fomentar la educación y la comunicación. La intolerancia nace de la ignorancia y el miedo. Por tanto, la batalla debe darse en las aulas, en los medios, en los hogares. La UNESCO, con sus esfuerzos loables –la Declaración, el Año de la Tolerancia, esta efeméride–, ha plantado una semilla, pero la cosecha es magra.

El Día Internacional para la Tolerancia es mucho más que una fecha en el calendario. Mientras no entendamos que la tolerancia no es una concesión, sino el reconocimiento de la humanidad compartida en la diferencia, seguiremos celebrando un día que debería ser, simplemente, redundante. La verdadera celebración llegará cuando la palabra «tolerancia» deje de ser necesaria para describir un ideal y se convierta en la respiración natural de nuestra sociedad.

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