Las Primeras Navidades en el Exilio del Norte

Las primeras navidades del exilio dejando (EEUU y Londres) fueron distintas de lo que estábamos habituados, y distintas entre sí. A pesar de la enmienda Koch, y haber hecho nido en WOLA, al 76 ya lo podíamos llamar Annus Horribilis, parafraseando a la desaparecida soberana británica. Secuestro y asesinato de Toba y Zelmar, Barredo y Whitelaw y Liberofff. Finalmente matan a Letelier en setiembre y en Washington.

¡Que se fuera el 76! Había que despedimos con ganas. Ojalá el cambio de año fuera también de pisada. Había tenido cosas buenas, pero lo malo: había sido terrible. ¡Que terminara pronto! Las fiestas fueron mezcla de tristezas y alegrías, pesos en la mochila y esperanzas. Siempre mezclados la memoria y los sentimientos. Lo único seguro, es que el 76 iba a terminar y eso por sí solo ello era motivo de alivio. Los últimos meses del año, fueron los más… rutinarios. Aprendí a valorar la rutina. Levantarse siempre a la misma hora, llegar puntual al trabajo, levantar campamento a la hora de cierre… etc. El dolor. No borraba el dolor. Pero aprendí a convivir con él. 

Llevaba el conteo regresivo del encuentro con los viejo para las navidades. Me embarqué el 20 de diciembre, en la noche, para amanecer en Londres. El vuelo era corto, pero con la diferencia horaria salí de la noche y llegué las once de la mañana. Primera vez que iba a Londres, con mis padres viviendo allí.

Cumplimos todos los ritos navideños. El 24 armamos arbolito y pesebre. De noche cenamos los tres. Extrañamos al resto de la familia, pero todavía no se podía. La tuvimos presente como si hubieran estado. No sabíamos entonces, que en el 77, el que no podría ir, era yo.

Cenamos, a hora inglesa. A las once de la noche fuimos a la iglesia de St. Stephen, reconstruida tras el famoso incendio de 1666, de una forma maravillosa. Era Anglicana, pero no nos hizo diferencia. El ecumenismo iba haciendo lo suyo. Allí escuchamos Villancicos (Crhistmas Carrolls) hasta la medianoche. A las doce en punto de la noche empezó la Misa de Gallo. 

Finalizada la liturgia, todavía en el templo, papá hizo algo poco frecuente en él. Era un hombre de Fe pero poco atado a formalismos. Nos tomamos de la mano, y en voz alta oró por Toba y Zelmar. Tras breve silencio, agregó. “y Barredo Whitelaw, Liberoff, el Gral. Torres” y luego de otro breve silencio agregó “y Orlando Letelier.”

De regreso abrimos, según la costumbre de nuestro lejano sur de América, los modestos paquetitos. El momento no daba para más que regalos de valor afectivo. Allí los regalos se abren al día siguiente. Nos fuimos a dormir a las cuatro de la mañana. Vaya a saber de qué hablamos en ese primer recreo anímico de los tres juntos. 

En Año Nuevo, después de cenar fuimos en subte al lugar donde se recibe el año en Londres, “Traffalgar Square”, a metros de Picadilly Circus. Todo era canto y alegría y a las 12, en punto, se canta Old Langs Ayne una vieja canción de amorde 1788, que los británicos entonan siempre a Fin de Año, tomados de las manos.Tras año nuevo regresé a Washington donde me había establecido

L’Shana Haba’ah B’Yerushalayim” que en Hebreo quiere decir el “año próximo en Jerusalem”. Brindamos (y de ahí en adelante lo incorporamos al rito familiar). “El Año que Viene en Montevideo”.

El 77 fue aun año intenso y como había pasado en el 76, el conteo regresivo para las fiestas se llevaba a diario.Pero no pasamos juntos. En el consulado me pusieron en el pasaporte un sello: CANCELADO. Fue raro. En el 76 había pasado tanto. ¿Me iba a angustiar por un pasaporte? Pero pegó mal. Cuando conté en mi oficina el director Joe Eldridge, reaccionó al toque, diciendo que sus padres me invitaban a pasar con ellos, en el sur profundo: Knoxville, Tennessee.

¡Una lección de vida! Lo que da tristeza, genera solidaridad. Un verdadero mimo al alma. Tomé conciencia que, para el país donde nací, era un “apátrida”. Con 24 años iba a pasar mis primeras navidades solo. Pero un hogar americano, me abría sus puertas. 

Pasaríamos con sus padres y hermanos: John y David. El menor, aún vivía en la casa paterna. John llegaría un par de días después. Me ilusionaba esa Navidad bicultural. Joe había pasado muchas en Chile. Yo cargaba con la mochila de las costumbres de mi familia. Y el Sur, era muy tradicional y sus navidades muy famosas. 

En EEUU hay dos sures: El que le habían quitado a México en 1846 y el de los confederados que se alzó, contra los yanquis del Norte en la Guerra de Secesión de 1861. Estados muy conservadores, donde la minoría liberal, tuvo que resistir años de racismo e intolerancia, Tennessee era de estos, de los más tradicionalista. 

¡Cómo hubiera sido quedarme solo en Navidad! El 23, fui a la oficina, con el bolso hecho. Salimos con Joe sobre mediodía. Pasamos por su casa, comimos un improvisado sandwich, con manteca de maní (Peter Pan Crunchy Peanut Butter) empacó y a las 5:30 empezamos a hacer ruta. 

Su Toyota verde esmeralda del 70, empezó a recorrer los 783 kilómetros que distaban del destino. Unas diez horas, tras rápida parada para cenar en el auto. Joe tenía que estar despejado para manejar. Yo acompañarle con charla lo más amena posible. 

Llegamos a las 4 de la mañana. Todos dormían. Recién a la mañana siguiente, conocí a mis anfitriones. El padre de Joe era pastor, en la principal iglesia metodista de Knoxville. No celebraban Noche Buena, sino Navidad. Los regalos se abren al despertar. El Rev. Eldridge, organizó cena y regalos esa noche para que yo no extrañara. Uno de tantos gestos de esa familia que, con los años, pasé a sentir como la mía.

Había un paquete muy chiquito para mi. Dentro: el mejor regalo imaginable. Su Iglesia se haría cargo de mis estudios, hasta terminar la carrera. Cuando todos se fueron a dormir, Joe y yo quedamos conversando sobre Zelmar y el Toba. Detalles dolorosos que no había compartido antes con nadie.

El 25 a las diez fuimos a la Iglesia local. Antes de la liturgia, se realizó el llamado Sunday School. Algo parecido a la “catequesis” de acá, pero los domingos y en un ambiente familiar. Tradición nacida en Filadelfia en 1791.El padre de Joe ingresó al templo cerrando la procesión, (tan sencillo en lo personal como suntuoso en su investidura. Su homilía, la comunión -pequeños vasitos de plástico con jugo de uva para obviar el vino. Ya en su casa, el tradicional almuerzo Navideño.

El 26, acompañe a Joe y sus hermanos a escalar montañas. Muy malacostumbrado a mi sedentarismo, esa vez el sacrificio para conformar un crisol de festejos, fue mío. Quedé agotado. De tarde, paseamos. No quedó un cm de los 270 km² de la Ciudad por conocer. Una construcción muy sureña, es la ciudad más grande del Condado de Knox, y la tercera en Tennessee. Lo más lindo: como me trataron. Lo que iba a ser una Navidad triste, terminó en una para recordar.

Fue casi una semana. A medianoche del 29 ya estábamos de regreso planeando despedir el año. Avisé a mi Prof. Cynthia Mc Clintock que seguiría estudiando, gracias al “Santa Claus” sureño. Sería la última Navidad, que por falta de documentos estaría separado de mis padres. Ello explica algo, de cuánto se nutre mi vida de Joe Eldridge. Por eso sigo regando semanalmente esa amistad.

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