Está fama del bulldog francés no siempre viene acompañada de información. Y con esta raza, la información es lo primero que hace falta antes de siquiera pensar en adoptar uno. De ser un perro de clase trabajadora pasó a ser un símbolo de la elegancia parisina. Apareció en cuadros, en esculturas, en cerámicas, y hasta en la corte del rey Eduardo VII de Inglaterra, que no pudo resistirse a su encanto.
Los machos miden entre 27 y 34 centímetros de altura y pesan de 9 a 14 kilos; las hembras son un poco más menudas. Su cabeza es ancha y cuadrada, sus ojos redondos y algo saltones, y sus labios, gruesos. Pero el rasgo que lo hace inconfundible son esas orejas erguidas, anchas en la base y redondeadas en la punta, que le han valido el apodo de «orejas de murciélago». Su pelaje es corto, liso, brillante, y los colores estándar van del blanco y el crema al canela, el negro y el atigrado. También existen los llamados «colores especiales», como el azul o el gris, que suelen ser más cotizados pero también más polémicos.
El bulldog francés tiene un carácter que engancha. Es activo, inteligente y juguetón, pero sobre todo es un perro de compañía en el sentido más estricto de la palabra. Necesita estar cerca de su gente, participa de todo lo que pasa en casa y no tolera bien quedarse solo. Si se lo deja durante muchas horas sin atención, puede desarrollar ansiedad y comportamientos destructivos.
Eso sí, no es un perro que ladre por nada, suele reservar la voz para cuando detecta algo fuera de lo común, lo que lo convierte en un buen guardián sin resultar pesado. Con los niños se lleva bien, y aunque es pequeño, tiene el tamaño suficiente para jugar sin que el juego se convierta en un riesgo. Para quienes buscan un perro cariñoso y con personalidad, es difícil encontrar uno que dé más satisfacciones.

Pero la misma cara que lo hace tan simpático es también su talón de Aquiles. El bulldog francés es braquicéfalo, es decir, tiene el hocico corto y la cara aplanada. Eso le da ese aspecto arrugado que tanto gusta, pero también le genera problemas respiratorios que pueden ser graves.
El síndrome braquicéfalo se manifiesta en dificultades para respirar, ronquidos intensos y, en los casos más severos, obstrucción de las vías aéreas. Su tráquea suele ser más estrecha de lo normal y puede colapsar con facilidad. El calor es otro enemigo silencioso.
Un bulldog francés no puede pasar mucho tiempo expuesto a altas temperaturas; un golpe de calor puede ser mortal. Los paseos hay que hacerlos en las horas de menos sol, con descansos frecuentes y agua siempre a mano. El ejercicio debe ser moderado, nada de carreras largas ni de esfuerzos extenuantes: con paseos de 15 o 20 minutos dos o tres veces al día es suficiente.
A esos problemas se suman las alergias cutáneas, digestiones delicadas, problemas oculares y una tendencia a babear más de lo normal. En algunos casos, la única manera de garantizarle una calidad de vida aceptable es recurrir a una cirugía para corregir las vías respiratorias. No es un perro barato de mantener, y los gastos veterinarios pueden ser elevados. Tener un bulldog francés implica asumir una serie de rutinas que no se pueden pasar por alto. La limpieza de sus arrugas faciales es diaria y obligatoria, si no se hace, la humedad y la suciedad se acumulan y pueden provocar infecciones.
Su pelaje corto es fácil de mantener, pero pierde pelo de forma moderada, así que un cepillado semanal ayuda a controlarlo. La alimentación debe ser equilibrada, porque es una raza que engorda con facilidad. Y el calor, como ya se dijo, es un enemigo al que hay que tomarse en serio. El bulldog francés es un perro leal, divertido y lleno de personalidad. Pero también es una raza que exige tiempo y una disposición a adaptar el estilo de vida a sus necesidades.

