Uruguay, campeón de los torneos olímpicos de 1924 y 1928, considerados por FIFA como “Campeonatos Mundiales”, sumó en Montevideo 1930 su tercer título mundial, esta vez en la celebración de la primera Copa del Mundo.
Comenzaba a escribirse esta historia que tendrá en Qatar 2022 un nuevo capítulo.
FIFA, que se había encargado de la organización de los torneos de fútbol en los Juegos Olímpicos de 1924 y 28, y por eso desde sus Estatutos los consideró Campeonatos Mundiales (y por eso FIFA le permite a Uruguay lucir 4 estrellas en su camiseta, por sus cuatro títulos mundiales), había decidido llevar a cabo su propio campeonato, por fuera de los Juegos Olímpicos.
Fue así que en el Congreso de FIFA del 28 de mayo de 1928 celebrado en Ámsterdam (un día después de haberse iniciado el torneo olímpico en esa ciudad) decidió llevar a cabo un Campeonato Mundial. Sólo debía escogerse la asociación organizadora. Hungría, Italia, Holanda, España, Suecia y Uruguay presentaron sus candidaturas. Desde el principio, Uruguay figuraba como favorito. Por otra parte, el bicampeón olímpico conmemoraba en 1930 el centenario de su independencia. Además, la Asociación Uruguaya se comprometía a correr con todos los gastos, como la travesía y el alojamiento de todos los participantes.
La decisión de otorgar a Uruguay la sede del primer Mundial de FIFA no fue aceptada por la mayoría de los países de Europa. En plena crisis económica, venir a Montevideo significaba una larga travesía marina y además los clubes tendrían que prescindir de sus mejores jugadores durante dos meses. Lideradas por Italia, las principales federaciones tramaron un boicot y Rimet logró que por lo menos cuatro apoyaran el Mundial. Así fue que Francia (su país), Yugoslavia, Rumania y Bélgica, atravesaron el océano en el Conte Verde, un barco de bandera italiana que también trasladó a Rimet y autoridades de FIFA en un viaje que duraría 14 días (del 21 de junio al 5 de julio). En la escala en Río de Janeiro abordaron los brasileños; en tanto, los yugoslavos cruzaron el Atlántico en el Florida, un barco más lento.
Fueron trece en total los países interesados en participar del Mundial de Montevideo, por lo que no fue necesaria la disputa de partidos de eliminación.
Cuando las trece representaciones ya estaban en Uruguay se realizó el sorteo de los grupos, escogiéndose como cabezas de serie a Uruguay, Argentina y Brasil, en tanto el Grupo 4 tendría dos “cabezas” que eran Paraguay y Estados Unidos (se hizo así para que ninguno de ellos cayera en el grupo de los otros “cabezas”).
El Estadio Centenario
El 18 de mayo de 1929 se había decidido en FIFA que Uruguay organizaría el Mundial en 1930. El 6 de julio de l929 se creó la Comisión Administradora del Field Oficial (CAFO) y se designó al Arq. Juan Scasso para crear y dirigir la construcción del estadio. Todo se hizo a gran velocidad. El 21 de julio de 1929 se colocó la piedra fundamental.
Aunque se contaba con el apoyo del Gobierno y la Intendencia, los recursos y el tiempo eran limitados, por lo que la capacidad, prevista para 100.000 espectadores, debió ser reducida a 80.000.
En cinco meses hubo de cumplirse la obra en sí, pues el resto se utilizó en las grandes excavaciones. Se llegó a tiempo, aunque la explanada de la tribuna América conservaba aún sus andamios el día de la inauguración.
La torre que asoma por detrás de la Olímpica, elevándose a 100 metros sobre el nivel del mar, sería el broche de oro a esta gran construcción.
El Estadio Centenario fue una obra elogiada. Al llegar a Montevideo y visitar el estadio, Jules Rimet dijo: “Yo creía que era uno de tantos, pero después que lo vi, he llegado a la conclusión de que es el primero del mundo. No he visto ninguno tan completo”. Y Mr. Fischer (vicepresidente de FIFA), observó: “Me he llevado la mejor impresión, la forma fácil como circula el público, pues no hay aglomeraciones”.
A la cancha la Celeste
El debut fue ante Perú, con ajustado triunfo de 1-0 con gol del Manco Castro a los 15’ del segundo tiempo, y el rendimiento del equipo despertó críticas de la prensa, apuntando a “la generación cansada”, refiriéndose a Nasazzi, Cea, Urdinarán, Andrade, Scarone, Gestido, Lorenzo Fernández y Castro, los sobrevivientes de Colombes y Ámsterdam.
Rumanos y uruguayos habían ganado sus partidos ante Perú, por lo que en este mano a mano se definiría quién pasaba a las semifinales.
Pare este encuentro Uruguay cambió a tres de sus cinco delanteros: afuera Urdinarán, Castro y Petrone, entrando Dorado, Scarone y Anselmo. Se cambiaba la potencia de Castro y Petrone por la habilidad de Scarone y Anselmo. La Celeste goleó 4-0 con tantos de los tres “nuevos” (dos de Dorado, Scarone y Anselmo), todos en el primer tiempo.
En ese mismo torneo, en el partido jugado el 21 de julio entre Uruguay y Rumania, cuando Anselmo anotaba el tercer tanto para los locales, lo curioso era que en el desarrollo de la acción previa al tanto, dentro del campo se encontraban el médico y el masajista de la selección uruguaya, asistiendo a un jugador. Obviamente que nadie protestó.
En semifinales no estaba previsto cómo se cruzarían los clasificados. Se hizo un sorteo y a Uruguay le tocó Yugoslavia. En la otra llave se enfrentaron Argentina y Estados Unidos, el día anterior, ganando los albicelestes 6-1.
Los yugoslavos, que habían demostrado tener un potente ataque en sus juegos de primera fase, se pusieron 1-0 al minuto 4. Pero a los 18’ apareció Cea, “el empatador”. Dos minutos después Anselmo ponía el 2-1 pero los balcánicos seguían inquietando y convertirían el empate, aunque el árbitro brasileño Almeyda Rego anuló la conquista. Luego, Anselmo puso el 3-1 a los 30’ y dio tranquilidad al equipo que en el segundo tiempo terminó goleando 6-1.
La gran final Uruguay-Argentina
Para la final entre los clásicos rivales del Río de la Plata, se estima que 15.000 argentinos poblaban las tribunas del Centenario, pero eran apenas la mitad de los que se calcula intentaron llegar a Montevideo, tras cruzar el Río de la Plata en multitud de embarcaciones de todo tipo, muchas de las cuales tuvieron que detenerse en plena noche debido a la niebla y cuando llegaron a los muelles, el partido ya había terminado. Y los que tuvieron la fortuna de llegar a tiempo, se encontraron con la estricta revisión de los funcionarios de aduana uruguayos, ya que la consigna era que “ni un solo revólver argentino debe entrar en Uruguay”.
En la concentración celeste, Anselmo, que había sido titular ante Rumania y Yugoslavia, le planteaba a Nasazzi, Supicci y los dirigentes: “Si quieren ganar pongan al Manco, no a mí”. El habilidoso Peregrino Anselmo entendía que a los argentinos había que jugarles con hombres de las características de Castro, que era pura fuerza.
Apenas tres horas antes del partido, la asamblea de árbitros decidió que el belga John Langenus dirigiría la final. Se dice que Langenus pidió un seguro de vida a beneficio de su familia y pasaje en un barco que zarpaba a Europa justo unos minutos después de la hora estimada de término del juego. Pero esas precauciones resultaron inútiles, ya que partió para Europa la mañana siguiente, pues su barco no llegó a tiempo, atrapado por la niebla del río. Otro mito en torno al árbitro, que él mismo se encargó de desmentir tiempo después en algunas entrevistas, fue que la Policía lo había ayudado a escapar del estadio.
Ni Jabulani ni Adidas Tango. En aquellos tiempos no existía una pelota oficial de la Copa del Mundo. Cada representativo acudía al encuentro con su propio balón, y con uno de ellos se jugaba el partido.
Pero José Nasazzi y Manuel Ferreira, los capitanes de ambas selecciones, no estaban dispuestos a aceptar que la final se disputase con la pelota que presentaba el adversario. Ante esta situación, el árbitro decidió que el primer tiempo se jugaría con el balón argentino y el segundo con el uruguayo. Solucionado ese asunto, Ferreira ganó el sorteo y eligió empezar defendiendo en el arco de la Colombes, en inteligente elección pues de esa forma el arquero uruguayo tendría el sol de frente en todo el primer tiempo.
Al minuto 12 se abrió el marcador: Pablo Dorado recibió un pase de Héctor Castro y tiró a la carrera. Su disparo pasó entre las piernas del arquero. Pero a los 20’ empató Peucelle con un remate alto y cruzado. Argentina se lanzó con fuerza al ataque y a los 37’ encontró el 2-1, en jugada protestada por Nasazzi: un centro llegó a Stábile quien junto a Manuel Ferreira se encontraban en aparente posición adelantada; Nassazzi reclamó pero Langenus se apoyó en el juez de línea y dejó seguir. Stábile avanzó y batió a Ballestrero.
El Centenario se acallaba. “En todo el estadio soplaba un viento de angustia” escribió un periodista.
Dos a uno ganaba Argentina cuando los equipos marcharon a camarines, que por entonces no estaban debajo de la tribuna América sino en la Olímpica. Subiendo las escaleras ubicadas entre Olímpica y Ámsterdam, hacia el vestuario local, resonó la vos de Lorenzo Fernández, intentando hacer reaccionar a compañeros, ya que notaba no estaban dando todo de sí: “¡Si perdemos los mato a todos!” gritó el volante, a lo que Nasazzi agregó: “El Gallego los mata y yo los entierro”.
El capitán además, protagonizaría una situación parecida a la de Obdulio en Maracaná. El Mariscal fue hasta el vestuario de los jueces a seguir con sus protestas por el segundo gol argentino.
Mientras eso ocurría en una punta de la Olímpica, en la otra, contra la Colombes, el vestuario argentino mostraba una escenografía donde reinaba el temor. Monti le comentaba a Paternoster que “si ganamos hoy nos matan a todos”. Décadas más tarde, su compañero Peucelle decía en una entrevista que “en el entretiempo había varios que estaban asustados, Monti lloraba y no quería salir al segundo tiempo”. A su vez, Luis Monti, en su vejez recordaba esos hechos y agregaba: “Cuando volvíamos a la cancha para el segundo tiempo había un cordón de 300 milicos con bayoneta calada. ¡A nosotros no nos iban a defender! Me di cuenta que si tocaba a alguien se prendía la pólvora. Entonces les dije a mis compañeros que estaba marcado, pongan ustedes que yo no puedo. Después de todo ¿qué querían, que fuera un héroe del fútbol?”.
Si bien los dirigentes uruguayos habían pedido a sus jugadores que no hubiera juego fuerte porque se podía suspender el partido, y en el entretiempo fueron hasta el vestuario a felicitarlos pese a que estaban perdiendo 2-1, tras el descanso Nasazzi desobedeció esas órdenes y habló con firmeza a sus compañeros: “Bueno… a marcar fuerte porque si no estamos liquidados”.
A los 12’ empató Cea, y a los 23’ pasó 3-2 Uruguay con una jugada malintencionada del Manco Castro, que le pegó con su muñón en el estómago al arquero dejándolo sin aire, y en la prosecución de la incidencia remató Iriarte desde fuera del área cuando el arquero no podía reaccionar aún por el golpe.
En el último minuto el propio Castro, esta vez sin ninguna travesura, marcó el 4-2 definitivo que coronó a Uruguay como Campeón del Mundo.
Uruguay campeón
En la enorme Torre de los Homenajes se izó la bandera uruguaya y ante el fervor del público, los nuevos campeones del mundo saludaron a su símbolo nacional.
La Copa del Mundo fue entregada por Jules Rimet, presidente de FIFA, al Dr. Raúl Jude, presidente de la AUF, al día siguiente de la final, el 31 de julio en la AUF. Fue la única vez que un trofeo de campeón del Mundo no se entregó en la cancha.
El 5 de febrero de 2010, al cumplir 100 años de edad, Francisco Varallo, aún muy lúcido, recordaba la final del 30: “La recuerdo nítidamente ya que me marcó para siempre. Fue un partido durísimo que los uruguayos nos ganaron con prepotencia. Nosotros teníamos un gran equipo, pero algunos jugadores aflojaron en el segundo tiempo y perdimos. Ganábamos 2-1 fácil, y cuando terminó el primer tiempo nos tiraban de todo y ahí fue donde nos entraron a jugar fuerte, le entraron a dar, nos lastimaron a dos jugadores. Yo me lastimé también, no pude jugar y quedamos con ocho hombres, y ahí fue cuando en el segundo tiempo nos ganaron los uruguayos. Ocho contra once era imposible. Nos ganaron bien”.
De los uruguayos campeones de 1930 el último en morir fue Emilio Recoba (1903-1991).
Relaciones rotas
Tras la final, la prensa argentina expresó que fue un despojo, un atropello, que el árbitro favoreció a Uruguay, que todos los argentinos terminaron lesionados. Un clamor popular exigía romper relaciones con la AUF. La Asociación Amateurs decidió no enfrentar más a los uruguayos. La ruptura entre las asociaciones no se concretaría oficialmente pero quedarían resquemores que duraron años. Hasta se especuló con que rompieran relaciones a nivel diplomático, cosa que no ocurrió.
Pero por 5 años no volverían a enfrentarse estas dos selecciones que hasta 1930 acostumbraban jugar varios amistosos por año. Incluso se suspendió la disputa de Copa América hasta 1935, en Lima. En esa ocasión, Uruguay y Argentina volvieron a encontrarse en la final, y acordaron no utilizar las casacas tradicionales: Uruguay jugó de camiseta roja y pantalón blanco; Argentina de blanco con vivos verdes y pantalón negro.
A esa final llegaba Argentina como gran favorita, pero ganó Uruguay 3-0. Fue allí que surgió la denominación de “garra charrúa”.
Pese a ser hinchas de nuestra querida Celeste, hemos dado cabida en estas páginas a las protestas y acusaciones que han hecho nuestros hermanos argentinos sobre lo ocurrido en aquella final, pues consideramos que es de justicia divulgar la otra campana de la historia. Pero intentando mantener la objetividad ante los hechos, entendemos oportuno realizar algunas precisiones al respecto.
El futbolista argentino Varallo menciona que terminaron jugando ocho contra once, pues tres de su equipo resultaron lastimados.
En honor a la verdad, terminaron jugando once contra once, ya que ninguno de los argentinos sufrió una lesión que le impidiera seguir en el campo.
En el mismísimo informe oficial de FIFA sobre ese partido, se menciona que “El centro delantero argentino Francisco Varallo casi estira la diferencia en el arranque del complemento, pero su derechazo dio en el horizontal, con tanta mala suerte que además agravó la lesión que arrastraba en una de sus piernas”. Queda claro que jugó diezmado el segundo tiempo debido a esa incidencia y no a una agresión de parte de un rival.
Y el mismo Varallo se refirió a su lesión, en una entrevista a FIFA.com poco antes de su fallecimiento en el año 2010: “Yo ni pensaba en la pierna… ¡Qué pierna! Sólo quería ganar. Cómo sufría cuando los uruguayos se besaban la camiseta… Lo que habré llorado cuando terminó. Aún hoy me duele que perdiéramos aquel partido que teníamos ganado. A veces, en sueños, me creo que sí, que salimos campeones”.
También Varallo hace referencia a “un cordón de 300 milicos con bayoneta calada”, dando a entender que esa presencia policial resultaba una clara amenaza para el equipo visitante. Sin embargo, en los hechos no hubo un solo episodio fuera de lugar de parte de los policías uruguayos. Ningún argentino fue agredido en esa final. Los únicos golpes que recibieron fueron dentro de la cancha, típicos fouls fuertes, demasiado fuertes tal vez, pero que eran moneda corriente en el fútbol de aquellos tiempos.
¿Qué destacó FIFA en sus informes oficiales sobre el partido?
“Deportivamente, el torneo superó las expectativas de la FIFA y tuvo la final soñada: de un lado, el laureado dueño de casa; del otro, el clásico rival rioplatense ávido de revancha tras su derrota en Ámsterdam” narra en el inicio, y luego detalla de qué manera dio vuelta el partido Uruguay: “Con más guapeza que fútbol, la Celeste torció la historia en apenas 11 minutos. La igualdad la concretó Cea a los 57’, quién apareció por izquierda para concluir una buena jugada de un compañero por derecha, mientras que el 3-2 lo anotó Victoriano Iriarte a los 68’ con un fortísimo disparo de larga distancia. Argentina no se rindió. De hecho, Stábile heló la sangre de los uruguayos al estrellar un remate en un poste sobre el epílogo, pero en la jugada siguiente Héctor Castro sentenció el pleito con un cabezazo desde el área menor”.

