Pablo Arturo Palacio Suárez nació en Loja el 25 de enero de 1906. Fue abogado y escritor, sin embargo también ejerció el periodismo, la docencia y la función pública. Si bien destacó en todos su roles, su lugar en la historia de la literatura ecuatoriana no se debe a esos oficios. Se debe a una apuesta estética que, en su tiempo, resultó incómoda y hasta escandalosa. Mientras los narradores locales seguían las rutas del realismo social o del indigenismo, Palacio tomó otro camino. Exploró lo absurdo, lo grotesco y lo irreverente. Sus personajes no son héroes ni víctimas ejemplares, sino seres anodinos, movidos por pasiones vulgares o por hipótesis delirantes. El humor que emplea es ácido y deshumanizado en busca desprestigiar la realidad y reinventarla desde la ironía.
Y como era de esperar, esa postura le valió el rechazo de los sectores más tradicionales. También le valió el reconocimiento de intelectuales como Benjamín Carrión, quien le dedicó un ensayo completo en Mapa de América. Carrión supo ver lo que otros no querían ver: que Palacio era un escritor joven y discutido, pero también un renovador. La producción literaria de Palacio se condensa en tres títulos. El primero es Un hombre muerto a puntapiés (1927), una colección de cuentos que la crítica calificó de antirromántica.

El segundo es Débora (1927), novela que profundiza en la psicología de los personajes. El tercero es Vida del ahorcado (1932), donde lleva al extremo su experimentación narrativa. Antes de esos libros, en 1921, siendo aún colegial, participó en unos Juegos Florales organizados por Carrión en Loja. Presentó el cuento El huerfanito y ganó un premio. Pero en el momento de recibirlo se negó a arrodillarse ante la reina del festival por lo que nunca lo recibió. El gesto, sin embargo, anticipó lo que posteriormente sería su obra, esa que “tampoco se arrodillaría ante las convenciones”.
Explorando su biografía es inevitable no percatarse que su vida tiene episodios que parecen sacados de sus propios relatos. En 1925 se graduó en Jurisprudencia por la Universidad Central. Luego ejerció como profesor de filosofía y literatura en esa misma casa de estudios. Fue subsecretario del ministerio de Educación, y también subsecretario de la Asamblea Nacional Constituyente en 1938. En política militó en el partido socialista. Junto con Jorge Reyes, Jaime Chaves y Alfonso Moscoso fundó la revista Cartel, desde la cual difundieron ideas socialistas. En su trabajo como periodista Palacio redactó artículos de corte filosófico y jurídico. Sin embargo, el paso del tiempo lo convirtió en una figura más recordada por su ficción que por sus columnas.
Sus cuentos y novelas siguen reeditándose como por ejemplo textos como El frío y Los aldeanos (ambos de 1923) circulan en antologías. Y sus ensayos aparecen aún en revistas y gacetas académicas. La posición de Palacio en la literatura ecuatoriana es singular porque se opone al realismo social de autores como Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert o José de la Cuadra.
Palacio rompe el tiempo lineal en sus narraciones, afirma la discontinuidad. Juega con niveles de realidad que no dan descanso al lector. En ese sentido, su obra se relaciona más con los experimentos rupturistas que se hacían fuera de Ecuador. En 1939 comenzó a mostrar trastornos mentales y junto a esto pasó sus últimos siete años internado en una clínica psiquiátrica. Su esposa lo acompañó y cuidó con lealtad. Incluso se ofreció como enfermera en el mismo centro para pagar el tratamiento.
Murió en Guayaquil, en 1947, sin ver el reconocimiento que las décadas posteriores le otorgarían. Su legado, sin embargo, sigue vigente. Quienes hojean Un hombre muerto a puntapiés o Vida del ahorcado se topan con una narrativa que no se parece a ninguna otra escrita en Ecuador durante el siglo XX. Y ese es quizá su mayor mérito, el haber construido un mundo propio, incómodo, absurdo y necesario.

