Picada de Ternera

Creía que el odio era como la radiación: acumulativo. Pero no, si le das tiempo, afloja... Claro que a veces, no hay tiempo para darle.

Después de leer el mail, el pregusto de la venganza intentaba empardar las crueles puñaladas que le daba la imaginación. La sospechó cadereando cómicamente a centímetros de la cara del otro.

Nadie está tan lejos del chacal asesino o de la destripada. Ninguno.

Con el filo —lisa y parda conclusión de la hoja— Andrés cortaba las tiras de vacío para la picada previa. La conducta del acero era notable… ¿Con la carne viva sería igual? La sangre muerta formaba unos charcos fríos que se alargaban, vencidos, hacia las canaletas de la tabla.

La cuchilla no paraba y crudas, las fibras de ternera se dejaban abrir, oponiendo una resistencia material involuntaria, una inercia de la gravedad.

Ella estaba por llegar y Andrés tenía casi todo listo.

“No lo puedo parar”, dijo hacia el retumbo de la cocina.

Las furias revoloteaban en enjambre.

¿Hablar para saber lo que se siente o hacer para entender lo que se dice?

La cuchilla ya estaba limpia y los guantes esperaban uno encima del otro como las manos de un juez.

Le había dicho que trajera vaselina, una venda para los ojos, una soga para las muñecas. Ella le dijo que estaba nerviosa, que nunca lo había hecho así, que la ansiedad le comía la cabeza. Él sonrió detrás del tubo y después apretó los dientes y quiso decirle: “Claro que no podés saber lo que te espera, aunque te esfuerces, aunque te retuerzas.”, pero tragó y después cortó.

Andrés corrió los muebles y liberó el centro del living. “En el piso es mejor”, dijo, para decir algo, o porque la escena muda le pareció incompleta como una porno sin volumen.

Después, confirmó que los productos de limpieza estaban todos y releyó:

“Lo primero que debes hacer es enjuagar la prenda con agua fría y un poco de jabón que ayudarán a ablandar la mancha. Intenta eliminar la máxima cantidad de sangre que pue- das. No laves la prenda con agua caliente, el calor adhiere la sangre para siempre.”

Andrés hizo una mueca, que fue casi una sonrisa, y siguió: “Para quitar manchas de sangre fresca el trabajo es menor. Alcanza con remojar la prenda con abundante agua fría y cuando esté empapada, frota la mancha con las manos para eliminar la mayor cantidad de sangre posible y, si después de frotarla queda algún rastro, vierte una cucharada de detergente líquido concentrado directamente sobre la mancha de sangre. Deja actuar durante 15 minutos y pasado este tiempo, vuelve a frotar y enjuagar”.

Andrés pasó revista a las bolsas, toallas, rollos de papel absorbente y cuando sonó el timbre la cara se le torció: “Las cosas podrían haber salido de otra manera”, dijo, y recordó, antes de caminar hacia la puerta, el mail, los mensajes, las palabras que ella había usado, todos los detalles de su farsa.

El timbre volvió a sonar. ¿Estaba ansiosa o seguía actuando?

Andrés dejó de pensar y abrió de golpe, también farsante, con una paz invencible.

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