Durante más de medio siglo, las pulperías marcaron el pulso de la campaña uruguaya. Mucho más que simples comercios, fueron espacios de sociabilidad, refugio para el viajero, escenario de encuentros, discusiones y también de conflictos que, en ocasiones, terminaban a cuchillo limpio. Allí se cruzaban noticias, guitarras, naipes y silencios. Ese universo, muchas veces reducido a una postal romántica o folclórica, es el que reconstruye Mario Santellan D’Andrea en su libro «El pulso del interior – Historia de pulperías y almacenes de campaña», una investigación que recorre el Uruguay profundo y devuelve protagonismo a personajes y prácticas casi borradas de la memoria colectiva.
Santellan D’Andrea es historiador autodidacta y autor de más de 45 trabajos de investigación. Su vínculo con la historia se consolidó tras jubilarse, en 2005. “Yo hace muchos años que trabajé y después que me jubilé me dediqué a la historia. Me gustó la historia y empecé a investigar”, cuenta a Diario La R. Sus primeros trabajos estuvieron ligados a Dolores, su ciudad natal, pero con el tiempo amplió la mirada hacia procesos y espacios menos explorados por la historiografía tradicional.
Fue así que detectó un vacío. “Vi que era una parte que faltaba que se hablara de las pulperías”, explica. A partir de esa inquietud comenzó una búsqueda paciente de documentos, testimonios y referencias dispersas. Señala al respecto “empecé a buscar material, información, y logré encontrar un material muy completo, para que la gente supiera que no solamente era un simple comercio, sino un lugar de encuentro”.
Las pulperías fueron, durante décadas, verdaderos nodos de la vida rural. Las describe como «un lugar donde los gauchos sobre todo se encontraban, jugaban a las cartas, tocaban la guitarra, pero también se peleaban”. No eran espacios idílicos. Las discusiones eran frecuentes y el alcohol solía encender los ánimos. En ese contexto, el pulpero cumplía un rol social clave. “A veces tenía que proceder a bajarle un poco los nervios a los contrincantes”, señala, dando cuenta de la delicada frontera entre la convivencia y la violencia.
El período de mayor auge de las pulperías se extendió, según su investigación, desde aproximadamente 1860 hasta las primeras décadas del siglo XX. “De 1920 o 1930 puede haber alguna pulpería funcionando, o que se mantenga como sitio histórico”, aclara. La imagen clásica del pulpero detrás de una reja forma parte tanto de la realidad como del imaginario popular. “Algunas tenían reja porque podían lastimarlos o robarlos, pero otras no. Era un poco historia y un poco relato”, matiza el autor.

Uno de los aportes más significativos del libro es el rescate del rol de las mujeres pulperas, figuras largamente invisibilizadas. “No era solo que la gente tomaba alcohol. Era también un almacén pequeño de la región, y había pulperos hombres, pero también mujeres”, relata Santellan D’Andrea. Muchas de ellas administraron pulperías en contextos hostiles, atendieron a viajeros y gauchos, y sostuvieron estos espacios en condiciones difíciles. El libro recupera sus nombres, trayectorias y luchas, devolviéndoles un lugar central en la historia rural del país.
Lejos de concentrarse en una región específica, las pulperías estaban distribuidas por todo el territorio. Sobre este punto el autor indica que “estaban por todo el país. En el libro detallo departamento por departamento dónde estaban ubicadas, los pulperos más conocidos y las pulperas más conocidas”-
Hoy, prácticamente no queda ninguna pulpería en funcionamiento. “En este momento no queda pulpería. Se pudieron haber transformado en almacenes de campaña, pero ya prácticamente no hay”, explica Santellan D’Andrea. En algunos departamentos grandes, como Tacuarembó, pueden subsistir almacenes rurales importantes, herederos parciales de esa lógica, pero el modelo original desapareció.
Las razones de esa desaparición fueron múltiples. “La campaña creció y los pueblos también, y muchos dueños de pulperías se fueron para esos pueblos”, indica nuestro entrevistado. A eso se sumó una transformación profunda en la figura del gaucho. “El gaucho de aquella época fue desapareciendo con el tiempo. Las estancias tuvieron que tener más peones y ese bravío del gaucho de antes se fue perdiendo”. Ese proceso redujo la clientela tradicional de las pulperías y terminó por vaciar de sentido su función original.
Generalmente ubicadas cerca de pueblos o de postas de diligencias, las pulperías aprovechaban el tránsito constante. “Aprovechaban que había alguna posta de diligencias cerca, porque era muy accesible para la gente que viajaba”, recuerda el autor. Como ocurrió con las diligencias tras la llegada del ferrocarril, otro tema que Santellan D’Andrea ha investigado, la modernización del territorio terminó desplazando estas formas de organización de la vida rural.
Según el relevamiento realizado, la magnitud del fenómeno fue considerable. “Por departamento, por lo menos había 10 o 12 pulperías o más. La campaña nuestra era muy grande”. Y aclara quiénes eran sus principales usuarios ya que “el que iba a la pulpería no era el dueño de estancia, sino algún gaucho que pasaba por el lugar”.
El pulso del interior propone, así, un viaje al corazón del Uruguay rural. Un recorrido por fogones, anécdotas, combates, encuentros y silencios, donde las pulperías aparecen como verdaderos espacios de construcción social. Historias reales que, como sostiene su autor, merecen ser contadas para comprender no solo cómo se vivía en la campaña, sino cómo se fue moldeando la identidad del interior uruguayo.

