Cuando hablamos de cultura, no podemos dejar atrás la influencia de los africanos. Teniendo en cuenta esto, hay que destacar que la historia de América Latina está constituida por una serie de paradojas y logros. Todo ello constituido en un proceso similar al que define la historia general de la humanidad.
En este aspecto encontramos entre los sucesos determinantes que perfilan la identidad de la región: la impronta de la música de origen africano. La cual está consolidada a lo largo de varios siglos. Por lo que resulta difícil concebir géneros musicales latinoamericanos como la rumba, salsa, merengue o la samba sin la presencia fundamental de los patrones de percusión y las estructuras propias de la cultura africana.
Los esclavos que eran trasladados desde África llevaban consigo sus instrumentos, sus danzas y un conjunto sólido de tradiciones musicales. En la actualidad, es posible reconocer la huella africana en algunos de los estilos sonoros más representativos del ámbito latinoamericano. Junto a esto sus expresiones danzarias y la función social que la música cumple dentro de las comunidades.

La Rumba cubana
Al abordar los ritmos de raíz africana, es necesario comenzar por Cuba. Entre 1522 y finales del siglo XIX, más de medio millón de personas esclavizadas fueron transportadas a la isla para laborar en plantaciones. Hacia 1840, la mitad de la población cubana tenía su origen en el occidente de África. En los muelles de La Habana y Matanzas surgió la rumba, cuando los trabajadores aprovechaban el descanso para cantar y bailar. Ejecutando ritmos complejos sobre los cajones de madera provenientes de los barcos. En su expresión más moderna, la rumba engloba tres danzas principales: el guaguancó, el yambú y la columbia. En mayor medida que otros géneros cubanos, como el danzón o la guaracha, la rumba personifica la esencia de la influencia africana.
La Salsa puertorriqueña
En Puerto Rico, la introducción del cultivo de caña de azúcar desde la República Dominicana en el siglo XVI transformó zonas como Ponce y Loíza en centros de producción azucarera. Estos lugares concentraban una población esclavizada significativa, procedente de diversas regiones y con dificultades para comunicarse. La música se convirtió en un lenguaje común y en un medio para expresar rebeldía contra los amos. Así nació la bomba, un estilo basado en la percusión, de carácter contagioso. A mediados del siglo XX, el director de orquesta Rafael Cortijo, junto al cantante Ismael Rivera, transformó la bomba en un género bailable que trascendió fronteras. Los experimentos musicales de Cortijo con la bomba representan la base de la música que posteriormente se denominaría salsa.

La Samba brasileña
La cultura africana ejerció un impacto profundo en Brasil, donde la población esclavizada comenzó a arribar desde 1538 hasta mediados del siglo XIX. Se calcula que más de cuatro millones de africanos llegaron a las costas brasileñas tras sobrevivir la travesía del Atlántico. Dado que la población negra del país era numerosa y muchos portugueses establecieron uniones con mujeres africanas, su cultura encontró protección y un terreno propicio en el continente americano. En el interior del país, los quilombos, asentamientos con organización política, funcionaron como refugio para las personas esclavizadas que huían y como espacios de conservación de las tradiciones africanas.
A partir de 1888, con la abolición de la esclavitud, muchas personas de ascendencia africana migraron a Río de Janeiro para trabajar como estibadores portuarios o vendedores ambulantes. Es en este contexto donde nació la samba, el género sincopado que sigue definiendo la música brasileña en la actualidad. En Angola, la palabra «semba» alude a una invitación al baile. La samba impulsa el movimiento de caderas, pero sus melodías contienen también una melancolía profunda que se transmitió de manera intuitiva a géneros como la bossa nova, la samba pagode de los años setenta y la MPB (Música Popular Brasileira).
La Cumbia colombiana
En Colombia, otro territorio de gran riqueza musical, la influencia africana se combinó, con un alto grado de integración, con las melodías de origen europeo y la sensibilidad indígena. No obstante, el sustrato africano es la base fundamental de la cumbia, el ritmo colombiano que, con el paso del tiempo, se expandió por el resto del continente americano. También, existen interpretaciones que encuentran una relación directa entre la palabra cumbia y el baile denominado cumbe, procedente de Guinea. Un simbolismo recurrente compara el característico paso quebrado de la cumbia con la memoria de las personas esclavizadas que intentaban bailar a pesar del peso de las cadenas y los grilletes en sus pies.

La música Afroperuana
Una amplitud estética comparable a la de Colombia se manifiesta en Perú, donde la música afroperuana experimentó un resurgimiento notable durante la década de 1950, impulsada por el trabajo del cantautor Nicomedes Santa Cruz. Cimentada principalmente en los golpes secos del cajón, en armonías vocales complejas. Además de instrumentos de cuerda, este género encontró exponentes talentosos como el conjunto Perú Negro y la cantante Susana Baca. Desde Panamá con el tamborito, Venezuela con el joropo y Costa Rica con el chiqui chiqui. Hasta Bolivia con la saya y Uruguay con el candombe. Hay que destacar que no existe un país latinoamericano cuya producción musical haya permanecido al margen de la fuerza y la complejidad de los ritmos africanos. Incluso la palabra tango, según algunas investigaciones, podría derivar de «shangó», una referencia a la deidad yoruba del trueno en Nigeria.

