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El enfoque actual concibe la modernización como integral y socialista.

El modelo chino y la modernidad

“Nuestra modernización —dice Xi— no busca dominar al mundo, sino contribuir a un futuro compartido”. Ese es, al menos, el horizonte que Beijing propone como contracara a las recetas tradicionales.

Xi Jinping

La idea de “modernización con características chinas” ocupa un lugar central en el pensamiento de Xi Jinping. No es una fórmula retórica: constituye el marco que vincula los grandes objetivos nacionales —los “dos centenarios” y el rejuvenecimiento de la nación— con instrumentos políticos, económicos y culturales diseñados a la medida de China. “Nuestro camino de no copiar modelos ajenos; se basa en nuestra historia y en nuestras realidades”, afirmó Xi en el Congreso del Partido, marcando la distancia respecto de las vías occidentales.

Para entender esta noción, vale mirar hacia atrás. A comienzos del siglo XX ,China padeció invasiones, desintegración territorial y violencias externas. El triunfo de 1949 reorganizó el Estado, pero la modernización avanzó con altibajos: industrialización acelerada, colectivización rural y, luego, profundas reformas de mercado en los años ochenta bajo Deng Xiaoping. Esa etapa abrió el país, impulsó el crecimiento y sacó a cientos de millones de personas de la pobreza. 

Shanghái: la modernización de las ciudades chinas ha sido uno de los fenómenos urbanos más asombrosos de las últimos tiempos

El enfoque actual concibe la modernización como integral y socialista. No se limita a crecer: pretende combinar prosperidad material con fortaleza nacional, “democracia popular de proceso”, cohesión social y una civilización ecológica. Su distinción radica en avanzar simultáneamente en cinco dimensiones —económica, política, cultural, social y ambiental—, en contraste con lo que Beijing describe como un modelo occidental “obsesionado con el PIB”.

En esta arquitectura, el desarrollo debe estar “centrado en el pueblo” y orientado a la prosperidad común: el éxito se mide por la capacidad de mejorar la vida colectiva y reducir brechas. También reivindica un camino autónomo, anclado en la historia y los recursos del país. “La modernización no tiene una única forma. Ningún país puede imponer su patrón a otros”, sostuvo Xi al presentar su informe al XX Congreso del PCCh. De allí surge una estrategia que integra, en una misma lógica, la modernización industrial, urbana, agrícola y rural.

La dimensión internacional también aparece definida: una proyección “pacífica y no hegemónica”, articulada con la idea de un “destino compartido de la humanidad”. Es una respuesta explícita a las acusaciones de expansionismo. “China no buscará jamás la hegemonía”, repite el discurso oficial, al tiempo que multiplica proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

 

Desde el XVIII Congreso, este camino se concibe como una búsqueda práctica de verdad que combina marxismo, realidad china y tradición cultural. En palabras de Xi, se trata de “mantener los principios fundamentales y, al mismo tiempo, innovar”. Ello implica “sinizar” el marxismo, convertirlo en una teoría viva y adaptada a los desafíos contemporáneos, al tiempo que se moderniza la gobernanza: reformar leyes, fortalecer la capacidad institucional del Partido y transformar las ventajas del sistema en eficacia estatal.

El relato subraya que esta modernización no equivale a occidentalización ni a capitalismo. Puede aprender de otras experiencias, pero sin “perder el alma socialista”. Reforma, desarrollo y estabilidad funcionan como pilares: la reforma como motor, el desarrollo como estructura y la estabilidad como condición para que todo lo demás sea posible.

Xi contrasta deliberadamente esta vía con la occidental. Señala las crisis financieras, la polarización y el ascenso de populismos como evidencia de los límites del paradigma liberal. “La pretensión de un modelo universal ha demostrado ser una ilusión costosa”, advirtió. Frente a ese diagnóstico, China propone una alternativa donde la justicia social, la innovación tecnológica, el desarrollo verde y el liderazgo del Partido convergen para alcanzar la prosperidad común.

El objetivo final es claro: revitalizar a la nación y consolidar un camino de desarrollo pacífico. “Nuestra modernización —dice Xi— no busca dominar al mundo, sino contribuir a un futuro compartido”. Ese es, al menos, el horizonte que Beijing propone como contracara a las recetas tradicionales.

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