Montevideo será la primera ciudad fuera de Italia en contar con una librería Feltrinelli. Osvaldo era su nombre de clandestino,socialmente reconocido como millonario,se codeaba con Fidel Castro y el Che Guevara, el 14 de marzo de 1972 falleció colocando una bomba en Milán.
La historia de Giangiacomo Feltrinelli parece escrita por un novelista que hubiese querido condensar en una sola vida las tensiones ideológicas, culturales y políticas del siglo XX. Heredero de una de las mayores fortunas industriales de Italia, refinado intelectual, editor visionario y, finalmente, militante clandestino, Feltrinelli encarnó el tránsito extremo desde el privilegio burgués hacia la lucha revolucionaria armada. Su muerte, en 1972, al pie de una torre de alta tensión en las afueras de Milán, selló una biografía que aún hoy divide a historiadores y militantes.
Nacido en 1926 en el seno de una poderosa familia lombarda, Feltrinelli creció rodeado de comodidades y bibliotecas. Tras la Segunda Guerra Mundial se acercó al Partido Comunista Italiano y se volcó al mundo editorial con una ambición que desbordaba el mero negocio. En 1954 fundó la editorial que llevaría su apellido, convencido de que los libros podían ser herramientas de transformación social. Su catálogo no tardó en sacudir a Europa.
En 1957 publicó Doctor Zhivago, del escritor ruso Boris Pasternak, desafiando la presión de la Unión Soviética que intentaba impedir su difusión. Un año después, lanzó El Gatopardo, del aristócrata siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, novela rechazada por otras editoriales y que se convertiría en un clásico inmediato. Con esas apuestas, Feltrinelli demostró que su instinto editorial combinaba riesgo político y sensibilidad literaria.
Pero mientras consolidaba su prestigio cultural, su horizonte ideológico se radicalizaba. El triunfo de la revolución cubana en 1959 lo impactó profundamente. Viajó a La Habana, conoció a Fidel Castro y estableció vínculos con Che Guevara. Fue él quien publicó en Italia el Diario del Che en Bolivia, ayudando a convertir la figura del guerrillero argentino-cubano en un mito global. Para Feltrinelli, la revolución no era una consigna abstracta sino un proyecto replicable.
Italia vivía años convulsionados. Las protestas estudiantiles, las huelgas obreras y el endurecimiento de sectores conservadores creaban un clima de polarización. Feltrinelli estaba convencido de que el país se encaminaba hacia un golpe de Estado de derecha y que era necesario organizar la resistencia armada. A comienzos de los años setenta fundó los Grupos de Acción Partisana (GAP), una organización clandestina que buscaba sabotear infraestructuras estratégicas y preparar un escenario insurreccional.
En ese contexto surgió uno de sus proyectos más audaces —y delirantes, según sus detractores—: convertir Cerdeña en la “Cuba del Mediterráneo”. La isla, históricamente postergada y con tensiones autonomistas, le parecía el territorio ideal para iniciar un foco revolucionario que irradiara hacia la península. Soñaba con un levantamiento campesino y obrero apoyado por redes internacionales. La inspiración era clara: repetir la experiencia de Sierra Maestra en clave europea. Sin embargo, la realidad social y política italiana distaba de la Cuba prerrevolucionaria. La idea nunca pasó de la fase conspirativa.
La radicalización lo llevó a la clandestinidad. Abandonó su vida pública, adoptó identidades falsas y se movió entre casas seguras. Para muchos de sus antiguos colegas, el editor brillante se había convertido en un militante obsesionado por la inminencia de una guerra civil. Para otros, era coherente con su compromiso: si los libros habían sido su primera trinchera, ahora creía necesario empuñar explosivos.
El 14 de marzo de 1972 fue hallado muerto junto a una torre eléctrica en Segrate, cerca de Milán. La versión oficial sostuvo que falleció cuando manipulaba un artefacto destinado a sabotear la línea de alta tensión. Su muerte ocurrió en pleno auge de los llamados “años de plomo”, etapa marcada por el terrorismo político y la violencia de extrema izquierda y extrema derecha en Italia. Aunque nunca faltaron teorías alternativas —incluyendo la posibilidad de una operación encubierta—, la hipótesis del accidente sigue siendo la más aceptada.
El contraste entre el millonario ilustrado y el guerrillero clandestino convirtió a Feltrinelli en una figura casi novelesca. Su editorial, hoy convertida en el Grupo Feltrinelli, continúa siendo una de las más influyentes de Italia, con librerías y un catálogo que mantiene el espíritu crítico que él imprimió. Esa supervivencia empresarial es, paradójicamente, el legado más tangible de quien quiso incendiar el orden burgués.
La vida de Giangiacomo Feltrinelli resume una tensión persistente en la historia contemporánea: la del intelectual que, frustrado por los límites de la palabra, opta por la acción directa. Su trayectoria plantea preguntas incómodas sobre el compromiso político, la violencia y el papel de la cultura en tiempos de crisis. ¿Fue un idealista coherente hasta el final o un heredero deslumbrado por la épica revolucionaria? ¿Visionario o extraviado?
En cualquier caso, su figura sigue fascinando porque encarna una época en la que muchos creían que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. Y porque demuestra que incluso desde el corazón del privilegio puede nacer la voluntad —acertada o trágica— de romperlo todo.





Para quienes somos contemporáneos ,a pesar de las distancia , resulta una vida interesante para meternos y sondear en ella. Logró vencer las diferencias de clases para darse cuenta que otro mundo era posible. Muy valiente.