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Solo las vacunas contra el sarampión han salvado cerca de 94 millones de vidas.  

La importancia de las vacunas en la infancia

Cada año, entre dos y tres millones de muertes se evitan gracias a la inmunización, sin embargo anualmente más de 14 millones de niños permanecen sin vacunar

Una vacuna es una preparación biológica que genera inmunidad frente a una enfermedad específica

La prevención sigue siendo la herramienta más eficaz contra las enfermedades y dentro de ella, hay que destacar las vacunas. Según la Organización Mundial de la Salud, estos biológicos protegen frente a patologías como difteria, sarampión, neumonía, rotavirus, rubéola, tétanos y polio. No obstante, millones de niños en todo el mundo no están vacunados, lo cual se asocia a las brechas entre países desarrollados y en desarrollo. Una vacuna es una preparación biológica que genera inmunidad frente a una enfermedad específica. Está compuesta por microorganismos muertos o atenuados, o por productos derivados de ellos. Al administrarla, el organismo produce anticuerpos que reconocerán y destruirán al agente infeccioso.

Es, en esencia, un engaño controlado al sistema inmunológico donde se le hace creer que está bajo ataque, sin correr peligro real. Antes del nacimiento, los bebés reciben defensas de la madre a través de la placenta. Esa protección dura solo unas semanas en el caso de la tos ferina, aunque puede extenderse hasta seis meses o un año para el sarampión. Por eso es crucial vacunar a tiempo y seguir los calendarios establecidos por organismos y las autoridades sanitarias.

En los últimos 50 años, la inmunización ha contribuido a reducir un 40% la mortalidad infantil a escala mundial
En los últimos 50 años, la inmunización ha contribuido a reducir un 40% la mortalidad infantil a escala mundial

Hoy existen vacunas combinadas como trivalentes o hexavalentes que inmunizan contra varias enfermedades a la vez. Se administran por vía intramuscular o, en algunos casos, oral. Suelen requerir dosis espaciadas para mantener la inmunidad a lo largo de la vida. No vacunar a un hijo no solo es un acto irresponsable desde el punto de vista individual. También supone un riesgo colectivo, porque puede propiciar el regreso de enfermedades que la ciencia ha ayudado a erradicar en ocasiones por completo. Las vacunas protegen a quien las recibe y, gracias a la inmunidad de grupo, también a quienes no pueden ser vacunados por razones médicas.

Como cualquier medicamento, las vacunas pueden tener efectos adversos, pero su probabilidad es muy reducida, pues el beneficio supera al riesgo. Las reacciones más frecuentes son leves y pasajeras como pérdida de apetito, enrojecimiento e hinchazón en el punto de inyección, o fiebre ligera. Suelen desaparecer en dos o tres días. Es clave recordar que la aparición de un problema tras la vacunación no implica que la vacuna lo haya causado. Las autoridades sanitarias internacionales solo incluyen en los calendarios aquellas vacunas que han demostrado eficacia y seguridad con los estándares más exigentes.

El impacto económico también respalda la vacunación. Según Gavi, la Alianza para las Vacunas, cada dólar invertido en vacunación infantil en los 73 países que apoya genera un retorno de 21 dólares. Si se considera el valor de las vidas salvadas y los años de vida saludable, ese retorno asciende a 54 dólares por cada dólar invertido. En el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, garantizar el acceso universal a las vacunas es una meta inaplazable. La vacunación contribuye directamente a la supervivencia de los niños menores de cinco años, un derecho reconocido en la Convención sobre los Derechos del Niño.

UNICEF, que es el principal comprador de vacunas del mundo, suministra más de 2.000 millones de dosis al año, una cifra que permite proteger contra enfermedades mortales a prácticamente la mitad de los niños y niñas menores de cinco años de todo el mundo. Además, de ayudar a los gobiernos y comunidades a reforzar sus sistemas de salud, para cada infancia. En los últimos 50 años, la inmunización ha contribuido a reducir un 40% la mortalidad infantil a escala mundial, lo que convierte a las vacunas en uno de los medios más eficaces para impulsar la supervivencia infantil. Desde 1974, las vacunas han salvado 154 millones de vidas. Solo las vacunas contra el sarampión han salvado cerca de 94 millones de vidas.  

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