Especialistas sostienen que el estigma no es inherente a la persona, sino una construcción social que puede modificarse con educación, contacto y cambios estructurales. La comprensión de lo que implica la salud mental es el primer paso para desmantelarlo.
Comprender la salud mental implica reconocer que el bienestar emocional, social y psicológico de una persona influye en cómo piensa, siente y actúa en su vida cotidiana. Una salud mental deficiente es una condición real que puede afectar a cualquier persona, en cualquier momento. Y que tiene un impacto directo en la salud física, aumentando el riesgo de diabetes, enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares.

El estigma es una evaluación social que devalúa a un individuo por su condición de salud mental. Este es un atributo que reduce a una persona íntegra a alguien menospreciado. La estigmatización fractura la identidad al centrarse en una sola característica y la devalúa al considerarla menos importante que otras. Para combatirlo, es necesario comprender que el estigma no es inherente a la enfermedad. Sino que se construye socialmente a partir de la desinformación, los prejuicios y las prácticas discriminatorias.
Los estigmas son iguales se distinguen por su ocultabilidad, su controlabilidad, su centralidad en la identidad, su impacto disruptivo en los demás y su maleabilidad. Comprender estas dimensiones permite diseñar estrategias de desestigmatización más efectivas. Si la sociedad entiende que una enfermedad mental no se elige ni se controla voluntariamente, la culpa y el juicio disminuyen.
Existen tres niveles de manifestación del estigma. El estigma estructural se refleja en leyes y políticas que discriminan a las personas con trastornos mentales, por ejemplo, en el acceso a empleo, vivienda o educación. El estigma social incluye percepciones culturales erróneas, como la creencia de que quienes padecen estos trastornos son violentos o culpables de su situación. El autoestigma es la internalización de esos prejuicios por parte del propio paciente, generando vergüenza y desistimiento.
La comprensión comienza con la educación. Promover una visión integral de la salud mental como un continuo -donde todas las personas se ubican en algún punto entre la salud plena y la enfermedad grave- ayuda a eliminar la falsa dicotomía de «nosotros contra ellos». Nadie está exento de atravesar dificultades en algún momento de su vida. Esta perspectiva fomenta la empatía y reduce el miedo a lo desconocido.
El contacto social con personas que tienen experiencia vivida es una de las herramientas más poderosas para generar comprensión. Escuchar testimonios reales humaniza la enfermedad mental y derriba estereotipos construidos sobre la base de la ignorancia. Los programas que incorporan embajadores con experiencia vivida han demostrado ser altamente efectivos. Comprender la salud mental implica también entender que los problemas en este ámbito no son un signo de fracaso moral, sino una manifestación de múltiples factores: biológicos, ambientales y sociales.
Los profesionales deben ayudar a los pacientes a reformular su identidad, reemplazando pensamientos de autoculpa por una comprensión socioecológica más precisa. También deben reconocer la interseccionalidad del estigma, es decir, cómo otras identidades como la raza, la orientación sexual o el nivel socioeconómico se cruzan con la condición de salud mental para crear experiencias únicas de discriminación.
La comprensión no es un fin en sí mismo, sino el medio para impulsar cambios concretos. Abogar por leyes que eliminen la discriminación estructural, promover políticas laborales inclusivas y garantizar el acceso equitativo a los tratamientos son pasos que solo pueden darse cuando existe una base social de comprensión compartida.

