En la comunidad de Ramírez, municipio de Jobabo —el de mayor producción de carbón vegetal para exportación en Cuba—, un grupo de mujeres ha convertido un oficio tradicionalmente masculino en una trinchera de independencia económica y personal. Allí, entre humo, hachas y hornos, las carboneras no solo queman madera: transforman sus vidas.
Marbelis Otero, mujer carbonera, lo describe con una metáfora cruda y sincera: “El carbón no es un trabajo fácil, muy riesgoso, nos puede traer consecuencias para nuestra salud. Pero para mí es como una droga, de la buena. Cuando usted saca esos carbones que parecen cristales, es maravilloso. Yo trabajo sola en el monte, hablo con las matas, con Dios”.
Esa soledad compartida por muchas de ellas es también espacio de resiliencia. Raquel Ricardo, de 66 años, empezó en el 2000 junto a su esposo. “Él se jubiló y yo seguí. Me jubilé y seguí haciendo carbón. Ya lo veo como una tarea de la casa, un trabajo honrado, limpio”, afirma con naturalidad.
El proyecto que hoy les entrega motosierras, hachas, equipos de protección y formación técnica es fruto de una alianza entre el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en Cuba y el Centro de Estudios sobre la Juventud (CESJ), con fondos del Gobierno del Reino de los Países Bajos.
Pero antes de cualquier donativo, hubo un diagnóstico. Y los datos eran contundentes. Jobabo tiene una tasa de fecundidad adolescente de 80,1 por cada mil mujeres de 15 a 19 años, según datos compartidos por especialistas de UNFPA, el doble del promedio nacional. El municipio está entre los diez con menor índice de desarrollo humano en Cuba. Dos de cada cinco personas naturalizan la imposición sexual en la pareja, y el 80 % de las jóvenes cree que solo la mujer es responsable de evitar un embarazo.
“Este es un proyecto que vincula tres dimensiones fundamentales para eliminar discriminaciones y prevenir violencias por motivos de género”, explica Marisol Alfonso de Armas, jefa de la Oficina de UNFPA Cuba. “La autonomía corporal es la primera de todas las autonomías. Necesitas poder decidir sobre tu cuerpo para decidir sobre otros componentes de tu vida”.
La entrega de insumos no es un acto asistencialista. Lo dejó claro la viceintendente de asuntos sociales en Jobabo durante un encuentro con las carboneras: “No podemos tener una mentalidad asistencialista. Si no le damos sostenibilidad, cuando el proyecto cierre perderemos los equipos; el carbón es exportable. De las producciones de la brigada, un porcentaje puede ir a la exportación y las divisas retornan para mantenimiento y nuevos insumos”.
Esa lógica de sostenibilidad económica se cruza con la autonomía corporal y la prevención de la violencia de género. Keyla Estévez García, directora del CESJ, subraya: “No solo se trata de la eficiencia para hacer carbón, sino de cómo se dan las relaciones de género, el trabajo que pasa una mujer campesina, y cómo eso ayuda a expandir el papel de la mujer, su sexualidad, sus identidades”.
Las carboneras han comenzado a organizarse en brigada. Algunas trabajan solas, como Marbelis, que pica, repica, arma, quema y envasa sin ayuda. Otras, como Raquel, comparten la faena. Pero todas coinciden en la necesidad de independencia: “No me gusta depender de nadie”, dice Marbelis. “Soy soltera, tengo dos hijas mayores. Una es maestra licenciada; nunca la he visto dar hacha, pero te arma un horno, carga leña. La otra es ama de casa, pero nunca me ha dicho ‘mamá, voy a ayudarte’. Yo lo hago todo sola”.
El proyecto también alcanza a las nuevas generaciones. Ángela María Frómeta Salas, profesora del politécnico de Jobabo con 18 años de experiencia, atiende a estudiantes embarazadas o madres jóvenes. “Casi cada año tengo una embarazada en mi especialidad. Han podido terminar sus estudios. Admiro a las mujeres carboneras porque tienen la fuerza de voluntad que muchas no tienen. Son mis ídolos”.
En su escuela realizan talleres con psicólogos y médicos, hablan de anticoncepción y enfermedades de transmisión sexual. Pero la realidad comunitaria impone otros desafíos: “Hay muchas niñas a las que las abandona la pareja a mitad del embarazo. Generalmente, el hombre es diez años mayor. Luego, continuar los estudios es muy difícil”.
Frente a eso, el proyecto promueve la cooperación entre mujeres y el fortalecimiento de redes de apoyo. “Al cuidar sus manos y tecnificar su oficio, nos aseguramos de que las mujeres de Ramírez no solo carguen leña, sino las herramientas para decidir su propio futuro”, resume Lisandra Esquivel, asociada de programa de UNFPA Cuba.
Así termina una fase, pero no un ciclo…
Este momento marca el cierre de una primera fase, con la entrega de equipos. Pero quedan acciones pendientes: talleres sobre marco normativo, participación comunitaria y organización colectiva de la producción. “Quisiéramos que esta experiencia sea un referente para otros territorios”, afirma Marisol Alfonso. “No tiene que estar ligada solo al carbón, sino a cualquier profesión donde las mujeres quieran incursionar y hoy esté masculinizada”.
Mientras tanto, en Ramírez, el monte sigue ardiendo en hornos y en vidas. Raquel Ricardo, a sus 66 años, lo resume sin aspavientos: “Hago carbón porque es un trabajo que no mata, es honrado. Yo soy una carbonera más, y mientras pueda, no lo dejo”.
El fuego que transforma la madera en carbón también transforma antiguos mandatos. Y las mujeres de Jobabo, con hacha en mano, escriben otra historia posible para el campo cubano.

