Romina Serrano es licenciada en Letras y viene del mundo de la poesía, donde empezó a participar de recitales en 2016. Este año publicó su primera novela, Las Fracasantes, y junto a Daniela Trimarco fundó la editorial independiente que lleva el mismo nombre.
El libro ya fue presentado en Museo Nacional de Artes Visuales con los escritores Natalia Mardero e Ignacio Alcuri, y ya está en librerías de todo el país.
En entrevista con Diario La R, la autora repasa el origen del libro, la construcción de sus personajes, y los primeros pasos de su editorial, que ya recibe manuscritos y organiza un club de lectura mensual.
¿Cómo llegaste al mundo de la escritura?
—Empezó casi por un acto de rebeldía, porque en mi casa no era una casa de libros, era una casa más de tele, más de deportes. El primer libro que recuerdo haber sacado de la biblioteca del colegio fue uno de la colección Escalofríos. Pero ya de chica escribía muchas historias: inventé un cuento de un pajarito que no sabía volar cuando tenía 6 años, y a la directora le gustó tanto que me llevó a leerlo en un evento del colegio que no tenía nada que ver con niños. Ese primer reconocimiento me marcó mucho.
Después, en la adolescencia me concentré en la poesía, primero como forma de gestionar el amor y el desamor familiar, y más adelante ya participando activamente de los recitales que coordinaban Josky, Santiago Pereira y Regina Ramos, entre 2016 y 2018.
Cuando entré a la maestría me alejé un poco de la escritura creativa, y volví anotándome en un taller de narrativa con Martín Arosena, pensado para dejar la poesía un poco de lado. De ahí salió Las Fracasantes.
El título despierta curiosidad en una época donde parece que hay que mostrar éxito todo el tiempo. ¿Por qué decidiste poner el fracaso en el centro de la historia?
—Porque en alguna parte el fracaso siento que es el centro de mi vida. No hablo de una vida que le haya ido mal, sino de esa sensación muy propia de mi época de sentir que podría ser más, que podría haber sido más, que podría haber sido mejor. Esa presión me habla todo el tiempo, y quise apagarla escribiendo una obra sobre aceptar esa condición: que no soy lo que quiero ser, que no logré lo que quería lograr. Fue una forma de decir que esta Romina Serrano no es la que había soñado, pero es la que hay.
¿Con qué historia se van a encontrar los lectores y por qué vale la pena leerla?
—Se van a encontrar con la vida de tres mujeres, Ariadna, Natalia y Vera, que tienen muchos defectos y que lo saben, no son ingenuamente desagradables. Quería generar personajes que no fueran moralmente perfectos, que mostraran esas cualidades que no nos gustan de nosotras mismas, esos pensamientos y falencias que existen incluso cuando tenemos discursos que se les oponen.
Creo que un lector se va a encontrar con vidas que podrían cruzarse en cualquier esquina de Montevideo: la vida laboral monótona que a veces abruma, y los vínculos entre hombres y mujeres, atravesados por mandatos y deseos que muchas veces son heredados y no del todo propios.
La protagonista, Ariadna Ferri, está atrapada entre un trabajo que no la representa y las ganas de convertirse en escritora. ¿Cuánto hay de observación, de ficción y de vos misma en ese personaje?
—El trabajo de Ariadna es totalmente opuesto al mío, porque yo no trabajo en nada corporativo. Pero tengo amigas muy cercanas que sí, y a lo largo de los años me fueron contando historias que me sorprendían, porque los personajes que aparecen en una oficina son muy distintos a los que yo encuentro en mi rubro. Me inspiré en ese fracaso paralelo al mío, pero distinto, porque no quería escribir a Romina Serrano: a Romina Serrano ya la vivo. Lo que sí tiene que ver conmigo son las dificultades en los vínculos, sobre todo en mi juventud. En realidad, el personaje con el que más me identifico no es Ariadna, sino Vera.

¿Cómo fue el primer encuentro con el público en la presentación del libro?
—Fue un día ideal, muy lindo. Tuvimos el apoyo de Natalia Mardero e Ignacio Alcuri, y la gran amabilidad del Museo Nacional de Artes Visuales de abrirnos sus puertas de forma gratuita, algo fundamental para un emprendimiento que recién empieza y que estaba muy al límite de los costos que nos habíamos planteado.
Yo esa tarde tenía muchos nervios, estaba un poco triste, con miedo de fracasar, de ser la fracasante en la vida real. Pero se acercó mucha gente que no esperaba que estuviera ahí, se hicieron preguntas, y me sentí por primera vez una escritora, alguien que podría decir «soy escritora», que es tan difícil de decir cuando una tiene un solo libro.
¿En qué momento decidieron que Las Fracasantes no iba a ser solo el nombre de la novela, sino también el de la editorial?
—Esa idea fue de Daniela Trimarco, mi compañera y cofundadora. Mientras la novela ya se estaba construyendo e involucraba la creación de una editorial, ella pensó: ¿por qué no inventamos nosotras una editorial que se llame Las Fracasantes? Primero fue la novela, y después nos fuimos empujando la una a la otra. Queríamos darle espacio a nuevas voces, sobre todo porque a mí me daba mucho miedo y vergüenza escribirles a otras editoriales para mandar un manuscrito, y pensaba que nunca iba a publicar si no ganaba un premio. Daniela me dijo: hagamos esto, para que otras personas en esa misma situación, que no tienen contactos o les da vergüenza, encuentren un espacio.
¿Qué tipo de historias y de autores buscan publicar?
—Tenemos en nuestro Instagram un mapeo estético donde seleccionamos novelas de distintos países que se hermanan en ciertas atmósferas. Nos interesa el New Weird, las atmósferas opresivas, los personajes marginales emocional y psicológicamente, no solo económicamente, las historias urbanas ligadas a la vida contemporánea, y las narrativas del yo, en formato novela o diario. También estamos armando una segunda línea, todavía en construcción, dedicada a recuperar clásicos: estamos traduciendo Todos los perros de mi vida, de Elizabeth von Arnim.
¿Los autores pagan por publicar? ¿Cómo se sostiene económicamente la editorial?
—No, es gratuito para el autor, y eso limita bastante nuestro plan financiero: cuántos libros podemos sacar y de qué características. Nos manejamos con la venta de un libro, que va financiando el siguiente, y eso también condiciona las posibilidades de esa próxima publicación. Es todo como un gran rompecabezas. Por ahora es inversión propia más la ganancia de la primera novela. El objetivo es llegar a publicar entre cuatro y seis títulos por año hacia el tercer año, aunque tampoco es la idea publicar por publicar: ni Daniela ni yo vivimos de la editorial, así que preferimos un trabajo cuidado y curado antes que sacar más títulos a cualquier costo.
¿Con qué equipo cuentan hoy para todo el proceso de edición?
—Trabajamos con el corrector de estilo Felipe Correa Uroni, que es de los mejores que tenemos en Uruguay, aunque también contamos con otros correctores que nos ofrecieron su trabajo. En diagramación está Luis González, y las ilustraciones y portadas las hace Agustín Rosich.
Además de la editorial, impulsan un club de lectura. ¿Cómo funciona ese espacio?
—Lo pensamos como juntarnos con gente interesada en leer, compartir un café en ronda y hablar. Lo que creo que es un diferencial nuestro es una ficha de lectura, no obligatoria, que va guiando puntos específicos por donde puede derivar la charla, algo que viene un poco de mi formación en Letras. Después está la opinión de cada uno y los temas que más engancharon. Elegimos los libros por votación, para que no sea algo verticalista de nuestra parte. Es un grupo chico que tiene un Telegram donde hablamos de las obras, pero también de literatura en general.

¿Dónde se reúnen y cómo puede sumarse alguien interesado?
—Todos los últimos viernes de cada mes, a las 18:30, en Ronda Espacio Creativo, en Bulevar España. Para anotarse pueden escribirnos por Instagram, en @lasfracasantes.editorial, o entrar a nuestra web, www.lasfracasantes.com, y dejarnos una consulta.
¿Cuál es el proceso para presentar un manuscrito, y qué le dirías a alguien que todavía no se anima?
—En la web hay una pestaña para enviar manuscritos, con las especificidades formales del archivo. La historia tiene que alinearse con el perfil de la editorial: si me llega una obra infantil, por más maravillosa que sea, no la podemos publicar en este momento. Y conviene enviarla cuando uno siente que el proceso está listo para pasar a la etapa de libro, entendiendo que lo que se manda nunca es un libro, sino un manuscrito, que después pasa por corrección, diagramación y muchas otras manos. El sí o el no, no depende solo de lo bueno o malo que sea el texto, también influyen factores económicos y de balance del catálogo.
Por eso les digo que no se desanimen, que lo vuelvan a enviar en otro momento o nos escriban explicando por qué. Y que sean honestos: se nota mucho cuando un resumen está escrito con inteligencia artificial, y eso le quita cercanía a un proceso que para nosotras es tête-à-tête, de acompañar a la persona en sus dudas.
¿El libro se consigue solo en la web de la editorial?
—También está en casi todas las librerías de Uruguay. Nos ayuda mucho que nos compren directamente a nosotras, pero también proponemos que se acerquen a sus librerías de confianza, para ayudar a todo el circuito literario, que incluye a los autores, a los editores y también a las librerías.
Para cerrar, ¿qué proyectos tenés sobre la mesa, tanto como autora como desde la editorial?
—Tengo un libro de cuentos inédito, un poemario inédito, y una novela en una etapa muy temprana, con el primer capítulo escrito. Creo que es el desafío literario más grande que me propuse hasta ahora. Desde la editorial estamos conversando con dos autoras, aunque todavía sin fechas definidas. Lo que sí sabemos es que vamos a publicar un libro más en el segundo semestre, aunque todavía no está decidido si va a ser novela o cuentos.


