El Río de la Plata quedó más en silencio, pero con el eco inconfundible de un tambor que no dejará de sonar jamás. La confirmación del fallecimiento de Ruben “El Negro” Rada a sus 83 años convirtió la consternación en una manifestación colectiva de gratitud a ambos lados del río. No se fue únicamente un cantante popular, un percusionista prodigioso o un compositor prolífico; se despidió una de las columnas vertebrales de la cultura popular rioplatense, el hombre que tradujo el pulso del candombe al lenguaje universal de la música y que enseñó a varias generaciones a celebrar la vida incluso en los momentos de mayor adversidad.
Desde el anuncio oficial difundido por su familia, el impacto se sintió con una fuerza transversal. No hubo distinciones de géneros musicales, divisores políticos ni fronteras geográficas. La noticia recorrió en cuestión de minutos los portales de noticias, las emisoras de radio, los canales de televisión y, de manera torrencial, las plataformas digitales. La muerte de Rada no sólo conmovió por la magnitud de su obra, sino por la cercanía afectiva que logró construir con el público a lo largo de más de seis décadas de trayectoria. Era el artista gigante en el escenario y el vecino entrañable fuera de él, el creador que podía pasar del jazz fusión más complejo al candombe de llamada o a la canción infantil con la misma soltura y maestría.
El decreto de duelo oficial por parte del Poder Ejecutivo y las muestras institucionales de pesar no hicieron más que formalizar un sentimiento que ya estaba en la calle. Mientras las autoridades destacaban su condición de embajador cultural de la República, en los barrios históricos de Montevideo el tributo cobraba su forma más auténtica: lonjas templadas al fuego, tambores retumbando en las esquinas de Palermo y Barrio Sur, y una multitud que eligió despedirlo entre lágrimas, baile y aplausos.

La partida física del Negro marca el fin de una era para la música sudamericana, pero al mismo tiempo consagra un mito vivo cuya huella sonora continuará marcando el ritmo de la identidad oriental.
Nacido en el barrio de la Cordón en 1943, su infancia estuvo atravesada por las dificultades económicas y la riqueza cultural del candombe. Desde muy joven, el ritmo de los tambores y la influencia de la música negra se convirtieron en su lenguaje natural. Sin embargo, Rada nunca aceptó los límites de los encasillamientos. Su genio residió en una curiosidad insaciable que lo llevó a fusionar las raíces afrouruguayas con el rock, el funk, el jazz, el pop y la música tropical.
Su irrupción en la escena musical en los años sesenta y setenta junto a formaciones legendarias como El Kinto, Totem y Opa sentó las bases de lo que hoy se conoce como el rock uruguayo y el candombe-beat. En un período de intensa ebullición creativa y transformaciones sociales, Rada aportó una sonoridad revolucionaria, combinando arreglos complejos, una potencia vocal prodigiosa y una expresividad escénica inédita. Discos como los de Totem se convirtieron en hitos de la discografía nacional, vendiendo miles de ejemplares y marcando a fuego el sonido de una época.

Posteriormente, su etapa en el exilio y sus estadías en Argentina, Estados Unidos y México ampliaron sus horizontes y consolidaron su estatus internacional. Su colaboración con figuras de la talla de Milton Nascimento, Hermeto Pascoal, Hugo Fattoruso y Jon Anderson demostró que su lenguaje rítmico dialogaba sin complejos con las vanguardias de la música global. En la Argentina, Rada se convirtió en una figura entrañable y profundamente respetada, construyendo un puente cultural indestructible entre Montevideo y Buenos Aires. Temas como “Cha-cha, muchacha”, “Muriendo de plena”, “Alegre caballero” o “Candombe para Figari” pasaron a integrar el cancionero indispensable del Río de la Plata.
Por todo esto y mucho más, cuando la noticia de su deceso se confirmó tras unas complicaciones de salud que atravesaba en reserva, el impacto trascendió los límites de la crónica de espectáculos para transformarse en un acontecimiento nacional. En este marco de dolor, admiración y gratitud generalizada, las redes sociales X, Instagram y Facebook, se convirtieron en el gran muro de resonancia donde personalidades del arte, la política, el deporte y miles de ciudadanos anónimos expresaron sus reflexiones, recuerdos y condolencias.
Desde el plano estatal, el presidente de la República, Yamandú Orsi, publicó una fotografía junto al músico acompañada por un mensaje que resumió el sentir de todo un país: “Gracias por tu creatividad, por tu alegría, por tu generosidad. Por hacernos disfrutar de tus historias y hacernos reír tanto”. Orsi asistió al velatorio en el Palacio Legislativo y definió a Rada como “el más uruguayo de todos, pero con características inusuales”.
En la comunidad artística rioplatense, los mensajes reflejaron una devoción casi familiar. Fito Páez compartió un texto de profunda sensibilidad: “La familia Rada es la familia Páez. Hoy se nos fue el gran caudillo del amor y la música, del swing y de la alegría. ¡Dios!, cómo lo voy a extrañar”. El rosarino evocó recuerdos de su adolescencia y citó fragmentos de sus memorias para retratar la alta sensibilidad de su amigo.
Por su parte, Natalia Oreiro abrió su dedicatoria citando versos de Botija de mi país: “Querido Negro… no tengo palabras, fuiste, sos y serás lo más grande del Uruguay como artista, persona y amigo. Inteligente, cálido, generoso y ocurrente. A vos no se te va a extrañar, porque cada rincón, cada canción, te tendrá siempre presente”.
Charly García homenajeó a su compañero con una entrañable fotografía juntos musicalizada con el clásico Dedos de Tótem. Los Auténticos Decadentes lo despidieron como “amigo, maestro y compañero”, manifestando: “¡Hasta siempre, Negro querido! Tu música y tu felicidad se quedan para siempre con nosotros”.

Paralelamente, los usuarios fanáticos de Rada convirtieron las redes en un torrente de videos, fotografías de conciertos e historias personales. Los acordes de Mi país, Cha-Cha Muchacha y Muriendo de plena se multiplicaron en miles de publicaciones. Pero la despedida no quedó reducida a las pantallas. Fiel al espíritu festivo que Rada pregonó en sus canciones, la manifestación en las calles fue masiva. Reuniones espontáneas con cuerdas de tambores retumbaron en las esquinas de Barrio Sur e Isla de Flores.
El epicentro institucional tuvo lugar en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo durante el velatorio abierto, donde cientos de ciudadanos acudieron para rendirle honores entre aplausos, cantos y bailes. Tras la ceremonia, las exequias concluyeron el viernes 28 con el sepelio. Las redes y las calles coincidieron en un veredicto unánime: despacharon al hombre, pero abrazaron para siempre al caudillo de la alegría cuya música seguirá resonando en el corazón del Río de la Plata.

