El año 2025 quedará marcado en la historia del PRO como uno de los más turbulentos desde su fundación. El partido que solía exhibir unidad, disciplina interna y capacidad de liderazgo terminó el año sumido en tensiones, crisis de identidad y una serie de tropiezos que resquebrajaron su imagen pública y su cohesión interna.
El 1° de enero, Mauricio Macri y sus referentes arrancaron el año con un tono moderadamente optimista. Tras las elecciones legislativas del 2023 y el ciclo de ajustes económicos que siguieron, el espacio macrista había logrado mantener un bloque parlamentario significativo dentro de Juntos por el Cambio, aunque sin la fuerza que solía exhibir en anteriores legislaturas. La expectativa oficial era consolidar un discurso opositor firme, sin entrar en fracturas ni confrontaciones públicas que desgastaran la imagen opositora frente al oficialismo. Se hablaba de encarar una agenda legislativa “seria y responsable”, recuperando confianza entre votantes desencantados y buscando puentes con sectores independientes.
Sin embargo, ese guión duró poco. En los primeros meses del año, el PRO empezó a mostrar grietas que venían acumulándose desde años anteriores. Diferencias sobre cómo posicionarse frente a las negociaciones económicas con el Gobierno, debates sobre políticas sociales y, sobre todo, la relación con figuras internas que reclaman mayor protagonismo, desataron discusiones públicas entre legisladores y dirigentes. Las tensiones se agudizaron cuando algunos sectores del PRO empezaron a criticar abiertamente a referentes de Juntos por el Cambio, cuestionando la estrategia general de oposición y proponiendo líneas más confrontativas.
El momento de mayor tensión llegó cuando la llamada La Libertad Avanza (LLA), un espacio de dirigentes afines a sectores más duros dentro del PRO, comenzó a tomar protagonismo mediático. La LLA cuestionó tanto al Gobierno como a la dirigencia tradicional del PRO, promoviendo una agenda de mayor radicalización política y desligándose de las estructuras convencionales del partido. Para muchos analistas, la aparición de la LLA exacerbó las fracturas internas, llevando a competencias por agendas paralelas y discursos contradictorios.
Mientras tanto, los balances de mitad de año no lograron ofrecer un respiro. Las encuestas mostraban una caída continua en la imagen positiva del PRO y de Macri en particular. El desgaste de la figura presidencial en las últimas elecciones —sumado a las críticas por la gestión anterior— parecía trasladarse también al desempeño del espacio en la arena política cotidiana. La oposición, lejos de capitalizar ese descontento, aparecía fragmentada y sin una estrategia clara ni cohesionada.
Con la llegada de la temporada de fin de año, en lugar de un brindis celebratorio, lo que se vivió en los pasillos del PRO fue lo que algunos dirigentes empezaron a llamar “el brindis atragantado del expresidente”. Más que festejar logros, Macri se encontró con la tarea de intentar apagar incendios internos y contener a sectores que pedían cuentas por lo que muchos consideraban “un año perdido”. Reuniones, discursos, llamadas y versiones de renuncias cruzadas circularon en redes y medios, contribuyendo a una percepción de crisis.
Los macristas, lejos de hacer balances públicos, optaron por discursos más difusos. En declaraciones institucionales, se habló de “aprendizajes”, “reconfiguraciones” y la necesidad de “reconectar con la base social”. Pero en los hechos, sectores internos admitieron a este medio que el año había sido, en el mejor de los casos, “para acomodarse después de fuertes sacudidas”, y en el peor, “un retroceso claro”.
La relación con la LLA se mantuvo como un conflicto central. Mientras algunos dentro del PRO buscaban integrar a la Liga como una referencia para atraer votantes más exigentes, otros veían en ese espacio una amenaza para la unidad y la disciplina partidaria. La falta de resolución clara sobre esta cuestión promete seguir marcando la agenda del partido en 2026, empezando por el recambio de autoridades y la definición de estrategias electorales de mediano plazo.
Al cerrar 2025, el PRO se enfrenta a una realidad menos esperanzadora que la proyectada a comienzos de año: un espacio con liderazgo cuestionado, agenda interna fragmentada y desafíos significativos para recuperar relevancia en un escenario político que no perdona ausencias de rumbo. Para muchos en el propio partido, el desafío principal de 2026 será convertir las tensiones acumuladas en una discusión programática real, que vaya más allá de nombres y egos, y pueda traducirse en propuestas concretas para la sociedad.

