Desde el amanecer, los muros de Vía Blanca y Serrano cambian de piel. Brochas, rodillos y aerosoles trabajan sobre el concreto mientras La Habana se convierte, por segunda vez, en el lienzo de un proyecto que borra las fronteras entre el arte, la calle y la comunidad. El 2.º Encuentro Internacional de Arte Urbano Generarte reunió del 19 al 25 de abril a artistas plásticos cubanos y extranjeros en una intervención colectiva que celebra los 40 años de la Asociación Hermanos Saíz, una organización que agrupa el arte joven y alternativo de la isla.
El programa de actividades arrancó el sábado 19 con un recorrido comunitario. Seis días tuvieron los creadores para levantar uno de los murales al aire libre más grandes de Cuba.
Javier Agudo, coordinador general del proyecto Arte.92 y director del encuentro, explicó a este diario que «el objetivo principal es fortalecer el intercambio cultural y el arte mural en la ciudad». Agudo, artista visual y gestor con más de una década de trabajo comunitario en el municipio capitalino Diez de Octubre, agregó que el formato internacional «permite hacer grandes formatos y construir corredores culturales, es decir, galerías al aire libre, con una factura increíble en corto tiempo por la masividad de artistas que participan». Cuatrocientos metros lineales de pared fueron intervenidos por creadores de diversas naciones.
Para Agudo, la intervención busca también «revitalizar la identidad cultural» y «crear lazos y puentes culturales» entre creadores de Cuba, Venezuela, México, Brasil y Colombia. El encuentro está dedicado al 40 aniversario de la Asociación Hermanos Saíz, institución fundada en 1986 que canaliza la creación joven y alternativa en la isla, y que junto a la Dirección Provincial de Cultura respalda esta segunda edición de Generarte.
Lo que ocurre estos días sobre los muros de Vía Blanca y Serrano no empieza aquí. Si algo sabe cualquier muralista cubano es que, cuando apoya la brocha sobre una pared pública, carga con el eco de quienes lo hicieron antes.
Para contar esa historia habría que remontarse al México de los años veinte. Allí, artistas como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco trasladaron sus obras de los salones burgueses y las plantaron en los muros de hospitales, escuelas y mercados. Este gesto, sin ser menor, convenció a muchos de que si el arte no era público, no era arte. Y ese credo viajó pronto a Cuba.
En los primeros años de la Revolución Cubana, el muralismo mexicano encontró en la isla un terreno fértil. Salvador Almaraz López, el último eslabón vivo de aquel movimiento, dejó en Santa Clara una obra monumental: La hermandad entre México y Cuba, 416 metros cuadrados de piedras naturales que narran la hermandad entre ambos países. No fue el único. La tradición muralista cubana echó raíces, estudió a los mexicanos, los reinterpretó y generó su propio linaje, documentado con rigor por investigadores como Luis García Peraza en su libro El muralismo y los muralistas en Cuba.
Sin embargo, ni el muralismo mexicano ni su heredad cubana fueron aceptados sin resistencia. Durante décadas, cierta crítica internacional intentó reducirlos a etiquetas incómodas: arte «oficialista», «panfletario» o «anacrónico». El crítico de arte José Gómez Sicre, desde la OEA, lideró una campaña abierta contra el arte político latinoamericano. Pese a todo, los muros siguieron en pie, y reflejan historias, protestas, silencios…
Casi un siglo después de las primeras pinceladas, el arte colectivo en Cuba no solo sobrevive: se transforma. El 2.º Encuentro Internacional de Arte Urbano Generarte, que este sábado cerró con la entrega de las obras a la comunidad, es prueba de que aquella vocación muralista no quedó congelada en el mármol de los museos ni en la solemnidad de los monumentos. Las generaciones más jóvenes —esas que durante 40 años ha cobijado la Asociación Hermanos Saíz— la han llevado al asfalto, al aerosol, a las grandes superficies que cruzan la ciudad.
«Este tipo de encuentro nos permite construir galerías al aire libre con una factura increíble en corto tiempo», insistió Agudo en la jornada final. El retorno de los participantes está previsto para este domingo, pero las obras quedarán en los muros. La Habana suma, desde esta semana, un nuevo corredor cultural a cielo abierto. Y la tradición muralista cubana, esa que viajó de México a la isla y resistió etiquetas y campañas, se confirma viva, renovada y pintada a muchas manos.


