Los cables de fibra óptica sostienen bancos, gobiernos, empresas, medios y servicios públicos, pero su control y protección todavía ocupan un lugar secundario en la agenda latinoamericana.
Internet parece inalámbrico. Los teléfonos se conectan sin cables, las computadoras ingresan a la nube y los mensajes atraviesan fronteras en segundos. Sin embargo, detrás de esa apariencia existe una enorme infraestructura física tendida en el fondo de los océanos.
Son los cables submarinos de fibra óptica: verdaderas autopistas digitales que transportan más del 99% del tráfico internacional de datos. Por ellos circulan llamadas, operaciones bancarias, videoconferencias, servicios gubernamentales, contenidos audiovisuales y buena parte de la actividad económica mundial. Lejos de depender principalmente de los satélites, Internet continúa sostenido por miles de kilómetros de cables fuera de la vista de los ciudadanos, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones.
América Latina depende profundamente de esta red. Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, México y los países del Caribe están vinculados mediante sistemas que conectan sus costas con Estados Unidos, Europa, África y, progresivamente, Asia. Sin esos enlaces, la región enfrentaría interrupciones de comunicaciones, dificultades para procesar pagos, problemas de acceso a servicios en la nube y una fuerte reducción de su capacidad comercial.
Un estudio publicado por la CEPAL en 2020 identificaba 68 sistemas activos, proyectados o en diferentes etapas de desarrollo vinculados con América Latina y el Caribe. Esos cables alcanzaban 217 estaciones de amarre en 48 países y territorios. El organismo advertía, además, que una parte importante de la infraestructura tenía más de 15 o 20 años, cerca de la vida útil estimada para estos sistemas.
Uruguay forma parte de este entramado mediante sistemas como Tannat, que lo conecta con Brasil, y Firmina, concebido para enlazar la costa este de Estados Unidos con Brasil, Uruguay y Argentina.
Firmina fue diseñado con una característica de resiliencia relevante: puede funcionar utilizando una fuente de energía desde uno solo de sus extremos si se produce una falla temporal en el otro. Su incorporación fortalece la capacidad internacional del país, diversifica las rutas disponibles y reduce la dependencia de conexiones indirectas.
Pero disponer de cables no resuelve por sí solo la discusión sobre soberanía tecnológica. También importa quién administra esa infraestructura, quién comercializa su capacidad, dónde se almacenan los datos y qué compañías controlan las plataformas que utilizan la conexión.
La creciente participación de grandes empresas tecnológicas amplía la capacidad regional, pero abre un debate político. Una parte cada vez mayor de la infraestructura crítica de Internet queda vinculada con corporaciones privadas que, al mismo tiempo, dominan buscadores, publicidad digital, servicios en la nube, redes sociales y almacenamiento de información.

Uno de los proyectos más ambiciosos de la región es Humboldt, impulsado por Chile junto con Google y socios del Pacífico. El cable, proyectado con una extensión de aproximadamente 14.800 kilómetros, unirá Valparaíso con Australia a través de la Polinesia Francesa.
Será la primera conexión submarina directa entre América del Sur y Asia-Pacífico. Hasta ahora, gran parte del intercambio digital entre ambos extremos debe recorrer rutas que pasan por América del Norte. Humboldt busca reducir esa dependencia y convertir a Chile en una puerta de entrada digital para todo el continente.
El proyecto no es solamente tecnológico. También tiene implicancias económicas, diplomáticas y geopolíticas. La nueva ruta permitirá mejorar las conexiones con una región estratégica para el comercio latinoamericano, pero se desarrolla en medio de la competencia entre Estados Unidos y China por el control de la infraestructura digital mundial.
Los cables ya no pueden ser analizados como simples obras de telecomunicaciones. También condicionan alianzas, dependencias y márgenes de autonomía.
Aunque están construidos para soportar presión, corrosión y condiciones extremas, no son invulnerables. Las principales causas de rotura están relacionadas con la pesca de arrastre y las anclas de los buques. También pueden resultar afectados por terremotos, deslizamientos submarinos, tsunamis, envejecimiento de los materiales y, en escenarios más delicados, acciones deliberadas.
La Unión Internacional de Telecomunicaciones informó que durante 2025 se registraron más de 170 reparaciones en el mundo, un promedio cercano a cuatro fallas por semana. Reparar una avería puede exigir la movilización de embarcaciones especializadas, permisos de varios países y semanas de trabajo en alta mar.
El peligro aumenta cuando un país depende de pocas rutas o concentra sus conexiones en una cantidad reducida de estaciones costeras. Un corte aislado puede ser absorbido mediante el desvío del tráfico. Varios daños simultáneos podrían provocar congestión, mayores demoras o interrupciones de servicios esenciales.
Los satélites brindan apoyo y conectividad en zonas remotas, pero no poseen capacidad suficiente para sustituir a la red submarina. La imagen de un Internet sostenido desde el espacio resulta atractiva, aunque incompleta: el corazón del sistema continúa bajo el agua.
América Latina necesita aumentar sus conexiones, diversificar rutas, mejorar los enlaces regionales y establecer protocolos conjuntos de prevención y reparación. No alcanza con recibir inversiones y celebrar la llegada de nuevos cables. Los gobiernos deben conocer qué infraestructura existe, qué empresas la controlan y cuáles serían las consecuencias de una interrupción prolongada.
En julio de 2026, la UIT aprobó recomendaciones para acelerar reparaciones, identificar riesgos, fortalecer la coordinación entre gobiernos y operadores y evitar la concentración geográfica de los sistemas. El llamado reconoce algo que la política latinoamericana todavía discute con lentitud: proteger los cables submarinos significa proteger la economía, la seguridad y el funcionamiento del Estado.
La transformación digital no comienza en una aplicación o en un teléfono inteligente, sino en unas delgadas fibras tendidas a miles de metros de profundidad. América Latina vive conectada sobre una infraestructura que casi nadie observa y que muy pocos controlan. Allí está la paradoja: cuanto más digital se vuelve la región, más depende de una red física, concentrada y vulnerable. Los cables submarinos no son solamente el camino de Internet. Son las nuevas rutas estratégicas del poder mundial.

