El hecho marca un punto de inflexión en el tablero geopolítico global. Aunque Washington ha recurrido históricamente a la presión militar y económica como herramientas de influencia, el escenario actual encuentra a un Estados Unidos más aislado, enfrentando resistencias no solo de sus adversarios tradicionales, sino también de una comunidad internacional cansada de la política de hechos consumados.
El avance de operaciones estadounidenses en zonas estratégicas —justificado por Trump bajo la retórica de “restaurar el orden global” y “contener amenazas emergentes”— generó inquietud incluso entre sus aliados más cercanos. La reacción de Pekín, en cambio, fue rápida y calculada: una intervención diplomática directa que busca frenar la escalada, evitar un conflicto regional de grandes proporciones y, al mismo tiempo, capitalizar la erosión del liderazgo estadounidense.
China interviene y lo hace guiada por una lógica de consolidar la paz regional.
Pero, a diferencia del tono confrontativo de Washington, el gobierno chino opta por la vía del diálogo y la acción silenciosa, consciente de que un choque abierto solo aceleraría la fragmentación del sistema internacional.
La administración Trump, enfrascada en discursos incendiarios hacia adversarios y críticos internos, enfrenta ahora el desafío de responder a un actor que combina poder económico, militar y diplomático, y que además cuenta con legitimidad creciente en foros multilaterales. La búsqueda de Trump por mostrar fuerza puede transformarse en un costoso boomerang si ignora el peso de China en la gobernanza global.
Mientras tanto, Europa observa con preocupación, sin una estrategia propia. América Latina, atrapada históricamente entre las tensiones de las superpotencias, queda nuevamente expuesta a alineamientos forzosos que poco tienen que ver con sus intereses reales. Las consecuencias económicas, políticas y de seguridad se sentirán en todas las regiones si la escalada continúa.
La intervención china, introduce un respiro que podría abrir una ventana para la desescalada. Pero el verdadero problema es más profundo: un Estados Unidos que se percibe en declive y que, en lugar de adaptarse al nuevo equilibrio de poder, insiste en imponer su visión con una mezcla de nostalgia y agresividad.
Hoy, el mundo no necesita más invasiones ni demostraciones de fuerza, sino mecanismos de cooperación capaces de contener los impulsos de líderes impredecibles. La pregunta que queda abierta es si Trump está dispuesto a escuchar —o si la diplomacia china deberá redoblar su esfuerzo para evitar que el unilateralismo estadounidense conduzca a un conflicto de consecuencias irreparables.


Es indudable que la temática cultural y las diferencias de valores y conceptos entre los bloques continentales juega un papel importante en el desarrollo de acontecimientos y sus resultados finales.
La diferencia entre las actitudes geopolíticas regionales corporativas quedan a la vista en las acciones que de una manera u otra dan forma y resultado a consecuencias que pueden alterar la existencia de un país y la vida de sus habitantes en forma extrema y para siempre.
Veamos ejemplos de estas premisas que enunciamos.
En las antípodas de nuestra América del Sur se está desarrollando un conflicto que está cambiando el mapa político existente con todas sus consecuencias socialeconómicas a cuestas.
Rusia cruza los bordes con Ukrania y está dibujando a la fuerza una nueva realidad que para algunos es difícil de aceptar. La discusión sobre los motivos es tema de otro escrito, lo que aquí pretendemos analizar es la toma de actitudes, posicionamientos y acciones regionales alrededor de estos hechos.
Cuando esta situación bélica se plantea en Ukrania vemos de inmediato la reacción de la mayoría de sus vecinos en la Europa Occidental. Enorme respuesta política, fortísima presión económica, condenación en todos los niveles y cientos de miles de millones en ayuda financiera y militar.
En duro contraste por nuestros pagos vemos una flota amenazante preparándose para empezar a destruir Venezuela por aire y mar. La actitud de los vecinos se reduce a un palabrerío casi estúpido, a una quietud enervante y de último a una cobardía colectiva que cual avestruz criolla esconde la cabeza bajo tierra para desentenderse del asunto y simplemente «ver qué pasa».
Es vergonzoso que existan retóricas poniendo en duda la «ilegalidad» de los asesinatos de casi 100 personas (delincuentes o no) en una acción de bucanero pirata totalmente fuera de cualquier contexto justificable.
Y para los vecinos ¿qué? No vemos ningún apoyo logístico, económico, militar(!), no vemos nada que apoye al pueblo venezolano. Porque los resultados catastróficos serán sufridos por el pueblo; Nicolás Maduro es sólo un venezolano en millones y su destino final es irrelevante frente al destino que sufrirá una nación entera. Vemos con tristeza y desengaño que las palabras «solidaridad y compromiso» no existen en los gobiernos regionales sudamericanos.
El argumento de que Maduro está en el poder basado en hechos de dudosa legalidad no es un elemento válido para rehusar ayuda y apoyo, tal vez no a Maduro pero sí al pueblo de un país cuya entidad soberana está bajo enorme amenaza.
Ese mismo argumento no es ni siquiera mencionado en el caso de Ukrania, donde Zelensky no sólo ha terminado su período constitucional de gobierno hace ya más de un año y no ha llamado a elecciones, sino que es la segunda generación de mandatos derivados de un golpe de estado que derrocó a Viktor Yanukovich, presidente constutucionalmente electo en elecciones libres. Y este señor Zelenski ha suprimido todos los partidos de oposición pregolpista, cerrado todas las cadenas de TV y como frutilla en el postre ha instalado en su cuadro gobernante a caracteres que uno tras otro han ido cayendo del aparato corrupto del cual forman parte.
Y a sus vecinos no les importa, siguen «haciendo la vista gorda» y engordando sus bolsillos con el dinero de sus contribuyentes. Y el apoyo continúa, la palabra «solidaridad» se ve en todos los pueblos europeos, no hacia Zelensky –otro con destino final irrelevante– sino hacia un pueblo que sufre y ve desaparecer sus hijos, en un campo de batalla inútil de una guerra ya perdida.
Y el apoyo y la solidaridad persisten en palabra que conforta y en material que necesitan.
Y la imagen del espejo venezolano no puede ser más diferente. Aquí nadie mueve un dedo. Nadie se atreve a hacer frente al orangután norteño, a pesar de haber sufrido aquí a través de la historia y desde siempre, el apoyo a las oscurantistas y asesinas dictaduras militares locales, el despojo de recursos naturales, invasiones, injerencias de toda clase, violación de todos los derechos. Pero los necios y alcahuetes no tienen memoria porque siempre han apoyado los intervencionismos foráneos.
Dos realidades similares, dos causas perdidas, dos diferentes actitudes de pueblos diferentes, como decíamos al principio, en valores, en culturas y en conceptos.
Europa en su actitud enfrenta al enfermo mental y sus dineros, sus fuerzas miltares de soldaditos con cerebros lavados; y «pierde» (gana diríamos nosotros) el número de tropas estacionadas (ocupacionistas, diríamos también) en el continente europeo, paga un 150% más por el combustible del orangután y, sin embargo, sigue apoyando su causa regional, perdida o no, pero sigue ahí.
Y volviendo a nuestros pagos ¿qué vemos? y la respuesta se reduce a una sola palabra: nada.
Todo el continente a esta altura ha ya ensuciado su ropa interior y sólo la cobardía asoma en actitudes de temor y con miedo a que «mañana nos pueden poner a nosotros los barquitos en la costa».
¿Y eso, qué?
¿Alguno en el sillón de terciopelo conoce lo que significa la palabra «dignidad»? No lo creemos, pues casi siemple va cerca de la palabra «humildad», y estos mequetrefes de humilde no tienen nada, basta ver los rimbombantes discursos en los plenarios, llenos de palabras floridas e «intenciones» que al día siguiente ya nadie recuerda.
Hechos y no palabras.
Es lo que los pueblos en desgracia, viviendo bajo «sanciones» necesitan.
¿Cuándo van a tomar conciencia los gobiernos y cumplir con lo que sus pueblos quieren? «Nunca» también…
¿No existe ninguna institución interregional que defienda un pueblo cuando algún orangután anaranjado se sale del zoológico y amenaza la comunidad?
Y si existe, ¿dónde está?
Encima la última bofetada, no ya a un país o nación, sino al mundo entero: Trump recibe el «premio de la paz» de la FIFA de manos de Infantino. Trump celebró alegremente, al igual que sus soldaditos en el portaaviones G Ford frente a Venezuela, y la mitad de la flota Mediterránea de EEUU estacionada frente a Gaza, no sea cosa de que quede algún palestino vivo y se quiera escapar…
Lo del principio, las diferencias entre «las Europas y las Américas», no sólo en culturas, valores y conceptos, sino en mentalidad y sobre todo honestidad y trabajo duro.
Los pueblos europeos remontaron las catástrofes de dos guerras mundiales, perdieron 35 millones de vidas, sufrieron hambre y frío. Y aquí seguimos viviendo de «cueros, lanas y carne»… y soñando con «el próximo préstamo del FMI», lidiando con sequías e inundaciones y sin siquiera una línea aérea o un ferrocarril…!
Uruguay ¡qué lejos que estás del mundial!
América Latina ¡qué lejos que estás de ser primer mundo!
PUEBLO, DESPIERTA Y ÚNETE, ACTÚA ¡AHORA O NUNCA!
(¿nunca…?)