Cuando el poder se incomoda: la eterna tensión entre la política y el periodismo

Existe una constante que atraviesa gobiernos, partidos políticos e ideologías: al poder rara vez le gusta el periodismo cuando el periodismo cumple verdaderamente su función.

La historia demuestra que la relación entre quienes gobiernan y quienes informan nunca ha sido sencilla. Mientras la política busca construir relatos, administrar expectativas y consolidar apoyos, el periodismo tiene la obligación de preguntar, contrastar, investigar y, muchas veces, poner en duda las versiones oficiales. Allí nace una tensión inevitable que forma parte de cualquier democracia saludable.

Los gobernantes suelen elogiar la libertad de prensa cuando son oposición. Valoran las investigaciones periodísticas cuando exponen errores, abusos o irregularidades de sus adversarios. Sin embargo, la percepción cambia cuando las preguntas apuntan hacia ellos. Lo que antes era considerado control democrático pasa a ser interpretado como hostilidad, persecución o mala intención.

No se trata de un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia, los distintos centros de poder han intentado influir sobre los medios de comunicación. Algunas veces mediante presiones directas, otras a través de mecanismos más sutiles: la distribución de la publicidad oficial, el acceso privilegiado a determinadas fuentes, la exclusión de periodistas incómodos de conferencias de prensa o la construcción de canales de comunicación alternativos destinados a evitar preguntas incómodas.

El poder prefiere comunicar antes que ser interrogado. Prefiere difundir mensajes antes que responder cuestionamientos. Prefiere administrar la información antes que someterla al escrutinio público.

Por eso, cuando un periodista investiga contratos, analiza gastos públicos, pregunta sobre conflictos de interés o pone en evidencia contradicciones entre los discursos y los hechos, suele transformarse en un problema. No porque el periodismo genere la realidad que describe, sino porque la hace visible.

La democracia necesita gobiernos fuertes, pero también necesita periodismo libre. Necesita dirigentes capaces de gestionar y periodistas capaces de controlar. Ninguna de esas funciones sustituye a la otra.

El periodismo no está llamado a ser amigo del poder ni enemigo de los gobiernos. Su misión es más simple y más incómoda: preguntar lo que algunos no quieren responder, investigar aquello que otros prefieren mantener oculto y poner información relevante a disposición de la ciudadanía.

Por esa razón, el periodismo suele ser celebrado cuando se investiga a los adversarios y cuestionado cuando se investiga a quienes ejercen el poder. Es una paradoja tan antigua como la propia democracia.

Al final, la verdadera medida del compromiso democrático de una administración no se observa cuando recibe elogios, sino cuando tolera preguntas difíciles. Porque los gobiernos pasan, los partidos cambian y las mayorías se modifican. Lo que debe permanecer es el derecho de los ciudadanos a saber.

Y para que ese derecho exista, necesariamente debe existir un periodismo dispuesto a incomodar al poder.

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