Del podio al abandono: la realidad de los galgos tras las carreras clandestinas

A pesar de que en Uruguay están prohibidas las carreras de galgos, ONG registran competencias ilegales

Los galgos usados para las carreras son abandonado con frecuencias

La imagen del galgo suele asociarse a la velocidad y la elegancia. Sin embargo, detrás de las carreras clandestinas, que aún persisten en distintas partes del mundo, existe una realidad menos visible: la de perros criados para competir y, en muchos casos, descartados cuando dejan de ser rentables.

En Uruguay, las carreras de perros están prohibidas desde 2018, pero organizaciones animalistas advierten que la actividad clandestina no ha desaparecido por completo. A pesar de la normativa vigente, continúan registrándose denuncias de competencias ilegales, generalmente vinculadas a apuestas y desarrolladas fuera de cualquier tipo de control estatal.

La vida de un galgo destinado a las carreras comienza desde temprana edad. Los ejemplares son seleccionados por sus condiciones físicas y velocidad, mientras que el entrenamiento apunta exclusivamente al rendimiento deportivo. En los circuitos ilegales, donde no existen controles veterinarios ni estándares de bienestar animal, los perros pueden ser sometidos a exigencias extremas.

El desgaste físico es una constante. Lesiones musculares, problemas articulares y fracturas forman parte de los riesgos asociados a la competencia. A esto se suma que algunos animales viven en caniles con escasa socialización, lo que dificulta posteriormente su adaptación a un entorno familiar.

Las carreras de galgos clandestinas deja secuelas graves en los perros en el futuro

Pero el momento más crítico suele llegar cuando el perro deja de ser útil para competir. A medida que envejecen o disminuye su rendimiento, muchos galgos son abandonados o entregados a refugios. Organizaciones de protección animal de distintos países han denunciado durante años el descarte sistemático de estos animales una vez finalizada su vida deportiva.

En Uruguay, la situación legal cambió de forma significativa a finales de 2018. Mediante el Decreto N.º 431/018, el Poder Ejecutivo prohibió las carreras de perros en todo el territorio nacional, independientemente de la raza o del carácter recreativo o competitivo de la actividad.

La normativa faculta a las autoridades a intervenir ante denuncias y prevé la posibilidad de incautar animales involucrados en competencias ilegales. Además, se apoya en la Ley N.º 18.471 sobre tenencia responsable y bienestar animal, que prohíbe actos de maltrato o situaciones que comprometan la integridad de los animales.

Pese a ello, defensores de los derechos animales sostienen que el desafío continúa siendo la fiscalización. Las carreras clandestinas suelen desarrollarse en predios rurales o alejados de centros urbanos, lo que dificulta su detección y control.

Los galgos rescatados enfrentan un proceso de rehabilitación que puede ser largo. Muchos presentan secuelas físicas derivadas del esfuerzo deportivo, mientras que otros muestran signos de estrés o temor hacia las personas. Sin embargo, refugios y asociaciones especializadas destacan que, con tiempo y cuidados adecuados, la mayoría logra adaptarse a la vida en un hogar.

Contrario a la creencia popular, los galgos no requieren actividad física constante. De hecho, quienes los adoptan suelen describirlos como perros tranquilos, afectuosos y de hábitos relajados dentro del hogar.

La historia de estos animales abre un debate más amplio sobre el vínculo entre el deporte, el entretenimiento y el bienestar animal. Para organizaciones protectoras, el principal desafío es evitar que los perros sean considerados herramientas descartables y promover la adopción responsable de aquellos que fueron rescatados.

Mientras las carreras permanecen prohibidas en Uruguay, la realidad de los galgos recuerda que la discusión no termina con una ley: también implica cambiar la mirada sobre el lugar que ocupan los animales en la sociedad.

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