Ya se ha normalizado ver imágenes en las redes sociales de personas abrazando monos, acariciando felinos salvajes o teniendo loros posados en el hombro. Pero, aunque parecen tiernos, la realidad detrás de esas postales es muy distinta. La mayoría de estos animales han sido arrancados de su hábitat, sometidos a condiciones de estrés extremo y, en muchos casos, condenados a una vida de sufrimiento y muerte prematura. No son mascotas, no lo fueron, no lo son y no lo serán, por más que se les críe en cautiverio. Su lugar está en la naturaleza, no en una casa. ¿Por qué no son mascotas?
La diferencia fundamental entre un perro o un gato y un animal salvaje está en la domesticación. Perros y gatos han sido criados selectivamente durante miles de años para convivir con humanos. Su comportamiento, su fisiología y sus necesidades se han adaptado a la vida en hogares. Los animales salvajes, en cambio, han evolucionado para sobrevivir en entornos complejos. Necesitan espacio, moverse, socializar con otros de su especie, cazar o buscar alimento.
Un departamento o un jardín no pueden ofrecer eso. Aunque se críen en cautiverio, su naturaleza no cambia. Siguen siendo animales silvestres. Y encerrarlos en un entorno doméstico los somete a un estrés constante que afecta su salud física y mental.

El confinamiento prolongado genera alteraciones graves en el comportamiento de los animales silvestres. Pueden volverse agresivos, deprimidos o desarrollar movimientos repetitivos y sin sentido, como caminar en círculos o balancearse. Son señales de que el animal no está bien.
Además, muchos dueños desconocen sus necesidades dietéticas. Alimentarlos de forma incorrecta puede derivar en desnutrición u obesidad, y con eso vienen problemas cardíacos, articulares o metabólicos. La comida que los humanos les ofrecemos no suele ser la que necesitan.
Sin embargo, el sufrimiento comienza antes de que el animal llegue a una casa. Para abastecer el comercio de mascotas exóticas, se capturan millones de animales cada año. Muchos mueren durante la captura o el transporte. Se calcula que el 66% de los loros grises africanos mueren en el camino. Los que sobreviven ya han sufrido un daño físico y emocional irreversible. No son una mascota, son una víctima.
Tener un animal salvaje en casa no solo es malo para el animal, también es peligroso para las personas. Son portadores de enfermedades que pueden transmitirse a los humanos. Se conocen al menos setenta enfermedades zoonóticas asociadas a animales silvestres mantenidos como mascotas. Algunas de ellas son la rabia, la salmonelosis, la tuberculosis, la viruela del mono y la peste bubónica. También pueden transmitir parásitos y hongos. Traer un animal salvaje a casa es traer también esos riesgos.
Además, los animales salvajes no están acostumbrados al manejo humano. Si se sienten amenazados o estresados, pueden morder, arañar o atacar. Incluso los que parecen dóciles pueden reaccionar de forma impredecible. Muchos tienen fuerza o instintos que los convierten en un peligro real, especialmente para niños o personas mayores.
Sacar animales de su hábitat reduce las poblaciones silvestres y altera el equilibrio de los ecosistemas. En muchos casos, el comercio ilegal de fauna es una de las principales causas de la disminución de especies amenazadas. Los loros, por ejemplo, son la familia de aves más amenazada del mundo, en gran parte por el comercio de mascotas.
Cada animal que se vende como mascota es un eslabón que se rompe en la cadena natural. En la mayoría de los países, la tenencia de animales silvestres está prohibida o estrictamente regulada. Quienes los tienen se exponen a sanciones económicas, decomiso de los animales e incluso acciones judiciales.

