En un contexto de creciente retórica proteccionista y tensiones comerciales, el economista costarricense Ottón Solís ha planteado una mirada que invita a la reflexión. En lugar de culpar a China por las dificultades económicas de Occidente, los países occidentales deberían examinar los factores que han hecho competitiva a la economía china. Y cuando resulte pertinente, adaptar algunos de ellos a sus propias realidades.
Según la Agencia de Noticias Xinhua, así lo expresó Solís en un artículo publicado por la plataforma periodística Latinoamérica21, bajo el título «Lavarse las manos culpando a China». En el cual analiza el desempeño económico del gigante asiático y las reacciones que ha generado en Occidente.
Según el economista, el éxito de China es fruto de una combinación de elementos estructurales que han sido cuidadosamente cultivados a lo largo del tiempo. Entre ellos, destacó las elevadas tasas de ahorro e inversión, el tamaño del mercado doméstico, la continuidad de las políticas económicas. Junto a las inversiones sostenidas en educación, infraestructura y otros ámbitos vinculados al desarrollo productivo. A ello sumó la particular combinación de planificación y mecanismos de mercado que ha caracterizado el modelo chino.
Solís subrayó que estos factores no son exclusivos de China, por lo que podrían ser analizados y, eventualmente, adaptados por otras economías. En su opinión, las dificultades que enfrenta Occidente para adoptar políticas similares no responden a obstáculos atribuibles a China. Sino a decisiones políticas internas que han priorizado otros intereses.

Desde una perspectiva de oferta y demanda, el economista argumentó que la elevada productividad de las empresas chinas y determinadas políticas gubernamentales han permitido aumentar los volúmenes de producción. Y a la vez reducir los precios, lo que ha facilitado el acceso de consumidores de ingresos bajos y medios a bienes industriales. Además, señaló que este dinamismo también ha favorecido la lucha contra el cambio climático. Esto al facilitar un mayor acceso a tecnologías de energías renovables.
Solís sostuvo que el éxito exportador chino debería ser considerado un fenómeno digno de análisis, en lugar de ser presentado como una consecuencia de políticas industriales o de intervención estatal. En ese sentido, recordó que estrategias de desarrollo similares contribuyeron históricamente al crecimiento de Japón. Además de la República de Corea, Singapur, y las regiones chinas de Hong Kong y Taiwán. Sin embargo, mientras que esas historias de éxito fueron presentadas en su momento como ejemplos a seguir y bautizadas con conceptos inspiradores como el «milagro japonés» o los «tigres asiáticos», en el caso de China los resultados han sido frecuentemente adjetivados en Occidente con términos negativos.
En este contexto, cuestionó la creciente utilización en Occidente de diferentes términos. Como «sobreproducción», «sobrecapacidad» y «China Shock 2.0» para describir el avance de los productos chinos. Principalmente en sectores como los vehículos eléctricos, las baterías, las energías renovables, la inteligencia artificial, la robótica y los semiconductores. Según Solís, estos calificativos reflejan una interpretación que presenta las relaciones económicas internacionales como un juego de suma cero. Y que pasa por alto las oportunidades de cooperación y transferencia de capacidades productivas que puede generar la participación de empresas chinas en los mercados del Sur Global.
El economista fue contundente al señalar que los políticos occidentales, en lugar de alegrarse por el mayor nivel de vida de sus consumidores. Junto a las mejores perspectivas en la lucha contra el calentamiento global derivadas de la inserción de China en la economía mundial, han optado por alinearse con los intereses de grandes empresas poco productivas, con sus conglomerados monopolísticos y oligopolísticos, y con los financistas de sus costosas campañas políticas.

