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Edgar Morin (1921-2026): el origen del pensamiento complejo

La complejidad no fue para Morin un recurso retórico, sino una exigencia epistemológica que implicaba reconocer sus contradicciones, interdependencias, emergencias, retroacciones y equilibrios dinámicos.

Falleció Edgar Morin a los 104 años, uno de los mayores estudiosos de las teorías del conocimiento y un referente central en la formulación de un pensamiento universitario renovado. 

Su obra contribuyó a quebrar los viejos enfoques epistemológicos basados en un pensamiento binario, disciplinario, local, parcelado y sostenido en certezas rígidas, rasgos que durante largo tiempo caracterizaron a buena parte del campo intelectual moderno, y a contribuir a un nuevo paradigma del conocimiento. Los soportes de la creación de se originan desde múltiples perspectivas, como los aportes de Gibbons sobre la producción interdisciplinaria del conocimiento; McLuhan con la aldea global; Schultz con el capital humano; de Kuhn con el carácter paradigmático de las teorías científicas;  Schumpeter sobre la innovación y la destrucción creativa; Vernon y Friedman con los ciclos de los productos, las disciplinas y las sociedades; Dewey con el pragmatismo educativo; Castells sobre la sociedad en red; Rifkin sobre la sociedad de acceso o Tapscott con  el valor agregado del conocimiento. 

En ese marco, Morin aportó su mirada de la complejidad, el pensamiento sistémico y la necesidad de reformar simultáneamente el conocimiento y la Universidad. De allí su afirmación central: “la reforma del pensamiento exige la reforma de la Universidad”. La génesis de su pensamiento estuvo vinculada a su propia ruptura con la izquierda tradicional de los años cincuenta y con el determinismo histórico propio de un pensamiento unilateral y binario, incapaz de reconocer la densidad de las interacciones sociales, culturales y políticas. De esa ruptura nació su preocupación por el método, la incertidumbre y la crítica a toda forma de simplificación. 

La complejidad no fue para Morin un recurso retórico, sino una exigencia epistemológica que implicaba reconocer sus contradicciones, interdependencias, emergencias, retroacciones y equilibrios dinámicos.

Cuando lo conocí en los años setenta, en cursos dictados en Venezuela, esa búsqueda aparecía asociada a la biología, la naturaleza y los sistemas vivos. Morin insistía en pensar la naturaleza como un orden dinámico, atravesado por equilibrios inestables, desórdenes productivos y reorganizaciones permanentes. Su pensamiento se nutrió de visiones no parceladas, abiertas a la complejidad, al caos, a la interdisciplinariedad, a la diversidad y a la ausencia de determinismos. La realidad, para Morin, no podía ser reducida a dicotomías simples ni a causalidades lineales. Esta ruptura paradigmática no concernía sólo al pensamiento abstracto, sino también al aprendizaje y a la organización universitaria. 

En esa perspectiva, la Universidad debía abandonar su encierro disciplinario y avanzar hacia dinámicas centradas en la investigación, la internacionalización, la articulación con los problemas sociales y productivos, la incertidumbre científica y la atención a las fronteras tecnológicas, ambientales y culturales. En América Latina, su influencia contribuyó a inspirar experiencias universitarias interdisciplinarias orientadas a resolver problemas complejos mediante enfoques sistémicos. Morin promovió una transformación universitaria dirigida a superar el estancamiento intelectual, político y organizacional. Frente al paradigma tradicional de división y fragmentación del conocimiento, concibió la crisis universitaria como resultado de una especialización que, al aislar los saberes, debilita la capacidad institucional de comprender y resolver problemas nuevos, precisamente aquellos que desbordan las fronteras disciplinarias. Comprender, sostenía, exige articular interacciones, contextualizar procesos y superar el conocimiento parcelado.

La mundialización universitaria fue, en ese sentido, un componente esencial de su reforma del pensamiento universitario. Esta preocupación adquiere especial relevancia en América Latina, donde persisten rasgos de estancamiento conceptual y organizativo: paradigmas intelectuales poco renovados, enfoques profesionalizantes, instituciones autárquicas, culturas académicas teoricistas y dinámicas endogámicas. Buena parte de la universidad tradicional de la región permaneció anclada en el siglo XX, detenida en los imaginarios de los años sesenta, encerrada en Facultades, carreras profesionales escasamente articuladas y estructuras institucionales autorreferidas, muchas veces alejadas de la práctica y de los problemas reales.

Las discusiones universitarias continúan, en gran medida, referidas a la reforma universitaria de hace más de un siglo, mientras las transformaciones contemporáneas del conocimiento, el trabajo, la tecnología y la sociedad reclaman otros marcos analíticos. Se ha sido receloso a todos los avances como la departamentalización, los estudios generales, competencias profesionales, posgrados, departamentos académicos o virtualización. Como resultado, continúan predominando pedagogías y paradigmas propios de una universidad disciplinaria, docente y nacional. La obra de Morin conserva, por ello, una vigencia crítica. Lamentablemente, Morin dejó una huella menor de la que su pensamiento reclamaba. Su legado sigue siendo, precisamente por eso, una tarea pendiente.

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