En las últimas décadas, la idea de que escuchar música clásica, particularmente las obras de Wolfgang Amadeus Mozart, puede potenciar la inteligencia y transformar el bienestar físico y emocional ha trascendido los círculos académicos para instalarse en el imaginario popular. Sin embargo, tras el fenómeno cultural conocido como “efecto Mozart” se esconde una historia científica mucho más compleja, llena de hallazgos, polémicas y un creciente campo de aplicación en la pedagogía.
Este término fue acuñado en 1950 por el médico francés Alfred Tomatis. Quien dedicó décadas al estudio del impacto de la música en el sistema nervioso. Pero fue en 1993 cuando la investigación cobró relevancia mundial, tras la publicación en la revista Nature de un estudio de la doctora Frances Rauscher y el neurobiólogo Gordon Shaw, de la Universidad de Wisconsin. Su experimento con 36 estudiantes sugería que escuchar durante diez minutos la sonata K 448 de Mozart mejoraba significativamente el razonamiento espacio-temporal, con un aumento de hasta nueve puntos en tests de coeficiente intelectual.

En 2001, el doctor J. S. Jenkins publicó en el Journal of the Royal Society of Medicine una revisión que sintetizaba los avances hasta la fecha y ofrecía nuevas pistas. Sus conclusiones apuntaban a que los beneficios no eran exclusivos de Mozart. Otras obras de características similares, como las de Vivaldi o Bach, podían generar efectos comparables. Más importante aún, Jenkins señalaba que las técnicas de neuroimagen mostraban una superposición entre las áreas cerebrales utilizadas para procesar la música y las involucradas en el razonamiento espacial. Esa coincidencia anatómica explicaría por qué la audición musical podría activar zonas clave para el aprendizaje.
La investigación también encontró eco en estudios con animales y niños. Un experimento con ratas demostró que aquellas expuestas a la sonata K 448 lograban salir de un laberinto más rápidamente que las que estaban en silencio. Por otra parte, un grupo de niños que recibió seis meses de clases de piano, incluyendo melodías de Mozart, obtuvo mejores resultados en pruebas espacio-temporales que otro grupo que dedicó el mismo tiempo al uso de computadoras.
¿Puede la música clásica actuar como una herramienta pedagógica efectiva? Desde la neuropedagogía, la respuesta empieza a perfilarse como afirmativa. Se ha documentado que el oído es la vía por la que ingresa el 90% de los estímulos nerviosos que el cerebro requiere para alcanzar el estado de vigilia. En este sentido, administrar correctamente la escucha en el aula no solo favorece las conexiones neuronales, sino que contribuye a la concentración. Así como a la relajación y la regulación conductual de los estudiantes.
El efecto Mozart, se presenta hoy como un campo de estudio más matizado que en sus inicios. En la práctica educativa, especialmente en el nivel preescolar -etapa en la que se desarrolla el 80% de la capacidad cerebral-, la inclusión de audiciones sistemáticas de música académica ha mostrado ser un complemento valioso. Docentes de diversas instituciones, particularmente en el sector privado de países como Perú, han comenzado a incorporar estas actividades en sus procesos didácticos, como parte de proyectos internacionales.
La experiencia sugiere que esta técnica ayuda a crear un clima escolar propicio para el aprendizaje. A la vez, reduce la necesidad de imponer disciplina y libera espacio para el desarrollo de capacidades cognitivas y actitudinales. Los expertos advierten que la implementación de estas audiencias requiere sensibilidad pedagógica. No existe un catálogo único aplicable a todos los grupos, y el docente debe asumir el rol de director del aprendizaje, seleccionando las piezas según el momento de la clase y las características de sus alumnos.

