El presidente estadounidense llegó al poder prometiendo evitar guerras largas

Para el líder israelí, una guerra prolongada puede reforzar su proyecto estratégico en la región. Para el presidente estadounidense, en cambio, el objetivo parece ser otro: encontrar el momento oportuno para declarar la victoria y retirarse.

La guerra vuelve siempre envuelta en incertidumbre. No hay actividad humana más azarosa ni más peligrosa. Cuando comienza, todo queda cubierto por lo que el estratega prusiano definía como la “niebla de la guerra”: una atmósfera en la que resulta difícil distinguir aliados de enemigos, donde las noticias son confusas o directamente falsas y en la que nadie puede prever con certeza el desenlace del conflicto. Quien decide iniciarla sabe cómo empieza, pero jamás cómo termina.

Durante décadas, gran parte del mundo creyó haberse alejado de ese escenario. Después de la Segunda Guerra Mundial y especialmente tras el final de la Guerra Fría, en amplias regiones se instaló la idea de una paz prolongada, casi permanente. Sin embargo, la historia ha vuelto a recordarnos su lógica más brutal. 

Quien inicia una guerra suele apostar a una victoria rápida. La estrategia consiste en asestar un golpe inicial tan contundente que desarticule al adversario y obligue a su rendición. Pero cuando ese primer golpe falla, o cuando el éxito militar no se traduce inmediatamente en victoria política, el conflicto se transforma en una prueba de resistencia. Eso es lo que ocurre hoy en Ucrania y amenaza con repetirse en la escalada que involucra a Irán, Israel y Estados Unidos.

En toda guerra hay dos factores decisivos: la fuerza militar y la voluntad política de continuar combatiendo. Ninguno de los dos parece haberse agotado en los conflictos actuales. Irán conserva capacidad de respuesta y una voluntad de resistencia que no muestra signos de quebrarse. Del otro lado, Israel, bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, parece decidido a profundizar su ofensiva y consolidar una hegemonía regional que lleva décadas persiguiendo.

La posición de Donald Trump resulta más ambigua. El presidente estadounidense llegó al poder prometiendo evitar guerras largas, rechazar las intervenciones exteriores y abandonar las políticas de cambio de régimen. Sin embargo, la dinámica de los acontecimientos lo empuja hacia decisiones que contradicen ese discurso. La tentación de una victoria rápida, capaz de exhibirse como triunfo político, convive con el riesgo de quedar atrapado en un conflicto de duración imprevisible.

Trump y Netanyahu coinciden mientras la maquinaria militar avanza. Pero sus objetivos finales distan de ser los mismos. Para el líder israelí, una guerra prolongada puede reforzar su proyecto estratégico en la región. Para el presidente estadounidense, en cambio, el objetivo parece ser otro: encontrar el momento oportuno para declarar la victoria y retirarse.

Como tantas veces en la historia, la guerra vuelve a demostrar que es más fácil iniciarla que terminarla. Y en medio de la niebla que la rodea, el mundo vuelve a enfrentarse a la incómoda verdad que se advirtió hace dos siglos: la guerra es un acto de fuerza cuyo desarrollo escapa, tarde o temprano, al control de quienes la desatan.

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