La colocación de bonos por 11.500 millones de dólares, anunciada esta semana, es notable por dos razones centrales: el costo extraordinariamente bajo de su deuda y la decisión de emitir una porción que vencerá dentro de un siglo, es decir, mucho después de que hayan desaparecido tanto sus actuales ejecutivos como los inversores que hoy la compren.
Dentro de esa operación, se destaca especialmente el bono centenario por 1.000 millones de libras esterlinas, un instrumento que Alphabet logró emitir pagando apenas 1,2 puntos porcentuales por encima de los bonos del Estado del Reino Unido. Traducido a términos más cotidianos, Google está financiándose a un costo inferior al que enfrenta el consumidor promedio en Estados Unidos cuando toma una hipoteca a 30 años, incluso considerando la diferencia con los rendimientos de la deuda soberana. Una señal contundente del grado de confianza que despierta la compañía entre los grandes inversores institucionales.
Los bonos corporativos a 100 años son una rareza en los mercados. El antecedente más reciente fue en 2021, cuando la eléctrica francesa EDF emitió un instrumento similar. En el sector tecnológico hay que retroceder hasta 1997, cuando Motorola se animó a una operación de estas características. En cambio, los emisores habituales de deuda centenaria suelen ser los Estados, que cuentan con gastos previsibles a muy largo plazo —pensiones, defensa, infraestructura— y una continuidad institucional que las empresas privadas rara vez pueden garantizar.
Sin embargo, el contexto actual empieza a alterar esas certezas. Como viene señalándose en distintos análisis financieros, las grandes compañías tecnológicas que están apostando de manera agresiva por la inteligencia artificial no solo piensan en horizontes de décadas, sino que ya enfrentan compromisos de inversión a largo plazo: centros de datos, infraestructura energética, talento altamente calificado y capacidad de cómputo que requiere financiamiento estable y barato. En ese marco, un bono a 100 años deja de parecer una extravagancia para convertirse en una herramienta estratégica.
Para Alphabet, la operación cumple varios objetivos simultáneos. Por un lado, aprovecha un momento de alta demanda por activos considerados seguros y de calidad crediticia elevada. Por otro, fija condiciones de financiamiento excepcionalmente favorables por un período prácticamente eterno, blindándose ante eventuales subas de tasas futuras. Y, además, envía un mensaje político-económico claro: Google se ve a sí misma como una empresa que seguirá siendo relevante dentro de cien años.
La captación de fondos no se limitó al mercado británico. Otra parte llamativa de la emisión fue la colocación de aproximadamente 3.000 millones de francos suizos, que se perfila como la mayor realizada por una empresa no suiza en ese mercado. Este dato no es menor: podría contribuir a dinamizar una plaza financiera que gana atractivo a medida que los inversores globales buscan diversificar riesgos y reducir su exposición al dólar estadounidense, en un escenario de tensiones geopolíticas y cambios en el orden financiero internacional.
En conjunto, la jugada de Alphabet refleja algo más profundo que una simple operación de deuda. Marca un punto de inflexión en la forma en que las grandes tecnológicas se financian, se proyectan en el tiempo y dialogan con los mercados. Emitir un bono que vence en 2126 no es solo una decisión financiera: es una declaración de poder, confianza y ambición. Google no solo apuesta por la inteligencia artificial; apuesta, literalmente, a sobrevivir al siglo.

