Durante siglos, una misma idea se repitió en manuales de historia, museos y aulas universitarias: los incas, a diferencia de los mayas, no tuvieron escritura. Lo que dejaron —cuerdas anudadas, tejidos, piedras ensambladas con precisión milimétrica— fue clasificado como arte, artesanía o incluso, sistema contable rudimentario. Sin embargo, algo no termina de encajar: ¿cómo lograron administrar un imperio sin registrar lo que se producía o lo que se debía? Más investigadores empiezan a preguntarse si el problema no fue la ausencia de escritura, sino la incapacidad occidental para reconocerla fuera del alfabeto.
Esa sospecha es la que impulsa el trabajo más reciente del investigador peruano Raúl Arias-Sánchez, profesional de la Universidad Nacional de Huancavelica y autor del artículo «Hacia una teoría semasiográfica de la escritura inca», publicado a principios de 2026. Su interés por el tema no es nuevo: «me acompaña desde que era estudiante de pregrado», confió a este Diario, y responde a la necesidad de cuestionar la visión que redujo los quipus a meros instrumentos contables. En diálogo exclusivo, Arias-Sánchez explicó por qué, a su juicio, los incas sí desarrollaron una forma de escritura, solo que no fonética.
La negativa a reconocer una escritura inca no fue, según Arias-Sánchez, un simple descuido de los primeros cronistas. Responde, más bien, a un filtro cultural que condicionó la mirada europea desde el siglo XVI. «La no reconocida ‘escritura’ inca responde a un sesgo histórico influido por tradiciones intelectuales como la filología clásica», explicó: solo se consideraba escritura aquello que representaba directamente el lenguaje hablado mediante signos fonéticos.
Ese filtro, añadió, se consolidó durante el período colonial en el Perú, donde se instaló una jerarquización que subordinó los sistemas de conocimiento originarios. Los cronistas españoles interpretaron los registros andinos desde categorías europeas preexistentes. El resultado fue paradójico: describieron con detalle el uso de los quipus como instrumentos complejos, pero no los conceptualizaron como escritura porque no encajaban en el modelo alfabético.
Esta contradicción no pasó desapercibida para investigadores posteriores. Ya en 1990, el inglés William Burns Glynn había planteado en su obra El legado de los amautas la posibilidad de una escritura inca de base numérica y geométrica. Aquel trabajo, según reconoce el propio Arias-Sánchez en su artículo, fue el punto de partida de su investigación. También el arqueólogo peruano Rafael Larco Hoyle había propuesto en 1944 la existencia de una escritura mochica basada en pallares, abriendo un debate que sigue vigente ocho décadas después. Sobre esos hombros se apoya la nueva propuesta, que dialoga asimismo con los estudios de Carlos Radicati sobre las dimensiones no estrictamente numéricas de los quipus.
¿Cómo funcionaría ese sistema? Arias-Sánchez propone que los incas desarrollaron una escritura de tipo semasiográfico. En ese sentido, se parece menos a un alfabeto y más a sistemas visuales contemporáneos como la notación musical o las señales de tránsito, que comunican sin palabras.
Pero va más lejos y plantea una regla de lectura que invierte el orden occidental. «En el mundo andino los números no eran solo cantidades, sino principios organizadores de la realidad social y cosmológica», explicó. El dos no indicaba únicamente una magnitud, sino la dualidad que estructuraba la vida política y ritual: arriba y abajo, masculino y femenino, sol y luna. El cuatro remitía a la totalidad espacial del Tawantinsuyo, el imperio dividido en cuatro regiones.
Para aterrizar su propuesta, Arias-Sánchez invita a imaginar a una autoridad inca que recibe un quipu vinculado a la producción agrícola. Sin necesidad de que nadie pronunciara una palabra, el funcionario podía interpretar que el color marrón de la cuerda principal remitía al maíz, que los cordeles colgantes representaban distintas comunidades y que los nudos, organizados según el sistema decimal, indicaban cantidades exactas de producción. «Lo que se leía no era una frase, sino una relación organizada de datos con significado social y administrativo», precisó.
Pero los quipus no habrían sido el único soporte. En su artículo, el investigador plantea una hipótesis inquietante: la quema masiva de textiles andinos por parte de los españoles no respondió únicamente a motivos religiosos, sino que pudo ser un acto deliberado de eliminación de memoria. «Resulta plausible considerar que la destrucción implicó también la pérdida de soportes portadores de información simbólica, política y económica», se lee en su trabajo. Esos tejidos geométricos, vistos desde esta perspectiva, habrían funcionado como auténticos «libros de tela».
Consultado sobre cómo «leer» una pared inca con la mirada que propone su teoría, Arias-Sánchez invitó a desplazar la atención desde la perfección técnica del ensamblado hacia los patrones y las formas. «Lo importante no es solo cómo encajan las piedras, sino la disposición de los bloques, las esquinas, los ángulos, las proporciones y las repeticiones», explicó. Esos elementos, dijo, funcionan como unidades de sentido: expresan orden, jerarquía, pertenencia y cosmovisión sin necesidad de palabras.
Muchas de esas construcciones, recordó, están orientadas a fenómenos astronómicos como los solsticios, y algunas evidencian formas vinculadas a animales sagrados que estructuran el pensamiento andino. «Lo que leeríamos —concluyó— no es un texto lineal, sino una trama simbólica donde piedra, espacio y orientación se articulan como un sistema de conocimiento».
El trabajo de Arias-Sánchez no pretende haber descifrado un código completo, sino proponer un modelo interpretativo que, como él mismo reconoce en su artículo, requerirá futuras investigaciones para ser fortalecido o matizado. Sobre la recepción de su propuesta, el investigador admitió que el tema «sigue siendo controversial»: algunos colegas valoran el enfoque innovador y descolonizante, mientras que otros mantienen posturas más conservadoras. Más allá del debate, su valor reside quizás en otra parte: en sumarse a una corriente académica que, desde distintos rincones del continente, pugna por devolver a las culturas americanas la complejidad que la colonización —también la intelectual— les negó durante siglos.





