Desde «El arte de la guerra» de Sun Tzu o los varios tomos del tratado «De la Guerra» de von Clausewitz, las luchas armadas han sido vistas como juegos de estrategias. En los tiempos modernos de los medios de comunicación y la aldea global esas contiendas en sangrientos campos de batallas se han transformado en narraciones de historias noveladas de avances y retrocesos, en suma de muertos y heridos, armisticios y desacuerdos y milímetros de conquistas en el mapamundi. La radio ha sido la primera en vocear esas historias de tragedias de grandes países contra pequeños, de unas minorías contra otras, o incluso de pugnas entre déspotas. Ellas se han contado como narraciones de luchas deportivas por puntos de algún campeonato con sus copas y distinciones medidas por números de muertos, desaparecidos o desplazados. La televisión también ha tornado a estas batallas reales en transmisiones deportivas y los videojuegos nos han introducido como protagonistas virtuales donde la velocidad de los combates, los rápidos cambios de estrategias, la multiplicidad de frentes y siempre el objetivo de destruir a la mayor cantidad de enemigos y equipamientos, transforma tragedias en espectáculos. Mientras escuchamos esas guerras como juegos distantes de destrucción, confusas imágenes y narraciones imaginarias o noticias cuasi fantasiosas de cuentos periodísticos que nos gritan y que con incredulidad creemos que son sólo juegos o “fake news”, mucha gente riega con su sangre algún lodo muy real. (R.43)
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