Díaz comienza recordando la madrugada de su secuestro, una escena que permanece vívida en su memoria no tanto por imágenes —ya que fue rápidamente vendado— sino por sonidos: voces, órdenes, ruidos. Esa dimensión auditiva se convierte en una marca persistente del trauma. En ese mismo episodio, destaca el saqueo de su casa, un hecho que lo afectó profundamente no por la pérdida material, sino por el impacto en su familia. Ese momento dio origen a un sentimiento de culpa que reconoce que aún persiste, al sentirse, de algún modo, “la excusa” de ese daño hacia sus seres queridos.
El cautiverio en centros clandestinos, especialmente en el Pozo de Banfield, aparece como el núcleo más duro de su relato. Allí describe condiciones de extrema violencia: torturas, aislamiento, simulacros de fusilamiento y una deshumanización sistemática. Frente a ese escenario, identifica dos elementos fundamentales que le permitieron resistir. Por un lado, el vínculo con sus compañeros de militancia, en particular con Claudia Falcone, con quien desarrolló un lazo amoroso incluso en medio del horror. Por otro, el deseo de volver a ver a su familia, que funcionó como motor de supervivencia. Estas dos “escenas”, como él las define, condensan su lucha por sostenerse emocionalmente.
En el plano espiritual, su testimonio refleja una transformación profunda. Inicialmente, recurrió a la fe como refugio, pero con el paso del tiempo esa creencia se quebró ante la brutalidad vivida. Contrapone su experiencia con la de una compañera que mantuvo su fe hasta el final, incluso en el momento previo a su asesinato, lo que lo lleva a reflexionar sobre la dimensión humana de la creencia en situaciones extremas.
La liberación en 1980 no estuvo exenta de miedo. Díaz relata que incluso en el momento de recuperar la libertad temía ser asesinado, lo que evidencia el nivel de terror internalizado. El reencuentro con su familia aparece como un momento clave, aunque no borra las huellas del encierro. En este sentido, reflexiona sobre la capacidad de adaptación del ser humano, señalando cómo llegó a naturalizar condiciones inhumanas, lo que define como una forma extrema de supervivencia.
En relación a su militancia juvenil, explica que muchas veces era vivida en secreto, incluso dentro del ámbito familiar. Describe un contexto de polarización política previo al golpe, pero subraya que su generación no imaginaba la magnitud del horror que se desplegará. Creían enfrentarse a un golpe de Estado más, sin prever la existencia de centros clandestinos de detención ni la desaparición sistemática de personas.
Díaz establece una diferenciación clara entre el recuerdo colectivo de sus compañeros desaparecidos y su vínculo personal con Claudia Falcone, que adquiere una dimensión singular en su relato. La historia de ambos, amplificada por representaciones audiovisuales, se convierte en un canal de empatía para nuevas generaciones, lo que él valora positivamente como una forma de mantener viva la memoria.
En cuanto a su proceso personal, evita hablar de una “sanación” completa. Reconoce que su equilibrio emocional es relativo y que su construcción pasa, en gran medida, por el testimonio constante y el trabajo con jóvenes. Las charlas en escuelas y espacios educativos funcionan para él como una forma de canalizar la experiencia y darle sentido, más que como una resolución definitiva del trauma.
Sobre las nuevas generaciones, Díaz no percibe desinterés, sino más bien una búsqueda de referencias. Considera que los jóvenes siguen teniendo inquietudes y sensibilidad social, aunque en contextos distintos. Introduce la idea de los “altares” como símbolos o referentes que cada generación necesita para proyectar sus expectativas, comparando su propia militancia con las formas actuales de identificación juvenil.
En el plano político y social contemporáneo, expresa preocupación por el resurgimiento de discursos negacionistas y por la relativización de los crímenes de la dictadura. Señala que, más allá de los responsables directos, le genera inquietud una sociedad que no rechace de manera contundente el horror vivido. Si bien valora los avances judiciales y las condenas a represores, sostiene que su necesidad más profunda sigue siendo conocer el destino de los desaparecidos.
También reflexiona sobre los vaivenes históricos en materia de derechos humanos, reconociendo avances y retrocesos. Advierte que la memoria no es un proceso cerrado, sino una construcción permanente que requiere compromiso social. En esa línea, plantea que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, y expresa una preocupación moderada pero persistente sobre el presente y el futuro.
Un aspecto significativo de su historia reciente es su regreso a la educación formal a través del programa FinEs. Esta experiencia, impulsada por su entorno laboral, se convierte en un desafío personal que logra concretar, simbolizando una forma de reparación y superación. Su testimonio muestra cómo incluso décadas después, la vida sigue ofreciendo instancias de reconstrucción.
Finalmente, Díaz reafirma su compromiso con la transmisión de la memoria, especialmente en fechas emblemáticas como el 16 de septiembre, donde participa activamente en actividades con jóvenes. Su rol actual combina el testimonio histórico con una función pedagógica y social, orientada a sostener el “Nunca Más” como un valor colectivo.
En síntesis, la entrevista no solo reconstruye una experiencia personal extrema, sino que también propone una reflexión sobre la memoria, la identidad, la justicia y la responsabilidad social. La voz de Díaz se presenta como un puente entre generaciones, recordando que el pasado no es un capítulo cerrado, sino una advertencia permanente sobre los riesgos del olvido.



