La película de Alí Primera

La embajada de Venezuela en Uruguay proyectó en su sede diplomática con la sala del auditorio SImón Bolivar completa.

Alí Primera, músico, cantautor, compositor y activista político venezolano.

Este pasado domingo el departamento cultural de la misión consular de la embajada de Venezuela proyectó la película de Alí Primera.

Con una concurrencia motivada por el encuentro con la historia y vida de Alí Primera el gran cantautor venezolano.

La sala se oscurece y, por un instante, el murmullo se apaga como si alguien hubiera bajado el volumen de la historia. En la pantalla aparece el rostro de Alí Primera, pero no es solo un rostro: es una época que vuelve, una herida que no terminó de cerrar, una canción que todavía se canta en voz baja en muchos rincones de América Latina.

La película Alí Primera no empieza como empiezan las biografías tradicionales. No hay solemnidad impostada ni distancia académica. Hay tierra, hay infancia, hay necesidad. Hay un niño en Falcón que aprende demasiado temprano que la vida no es igual para todos. Desde ahí, desde esa intemperie, se empieza a construir el hombre que más tarde pondrá palabras y melodía a lo que otros apenas podían nombrar.

El relato avanza con la cadencia de sus canciones. No corre: camina. Y en ese caminar se cruzan la pobreza, la militancia, la universidad, el exilio, la esperanza. Cada escena parece sostener una pregunta incómoda: ¿qué hace un artista frente a la injusticia? La respuesta de Alí no fue el silencio. Fue la guitarra.

Dirigida por Daniel Yegres, la película evita caer en la trampa del héroe perfecto. Muestra a un hombre atravesado por su tiempo, con convicciones firmes pero también con dudas, con contradicciones, con la carga de elegir siempre de qué lado estar. Y en ese punto, la historia deja de ser solo venezolana para volverse latinoamericana.

Dirigida por Daniel Yegres, la película evita caer en la trampa del héroe perfecto.

Hay momentos en que la sala respira distinto. Cuando suena “Techos de cartón”, no es solo una canción: es una postal de la desigualdad que sigue vigente. Cuando aparece la represión, el silencio del público se vuelve denso. Cuando Alí canta, el tiempo se suspende.

La película no busca nostalgia fácil. No idealiza: interpela. Obliga a mirar hacia atrás, pero también hacia el presente. Porque lo que Alí cantaba —la pobreza, la dignidad, la lucha— no pertenece a un archivo muerto. Sigue latiendo.

Al salir de la sala, nadie aplaude de inmediato. Hay unos segundos de quietud, como si cada espectador necesitara reacomodar algo por dentro. Afuera, la ciudad sigue su ritmo, ajena o no tanto. Y queda flotando una certeza incómoda: algunas canciones no terminan cuando se apagan los parlantes. Algunas canciones —como las de Alí Primera— siguen pidiendo respuesta.

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