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Las memorias de Neruda en “Confieso que he vivido”

“Confieso que he vivido” evidencia que las memorias del memorialista no son las memorias del poeta

“Confieso que he vivido” evidencia que las memorias del memorialista no son las memorias del poeta
“Confieso que he vivido” evidencia que las memorias del memorialista no son las memorias del poeta

Pablo Neruda murió el 23 de septiembre de 1973, doce días después del golpe militar que derrocó a Salvador Allende, pero alcanzó a dictar las últimas páginas de “Confieso que he vivido” desde su lecho en Isla Negra. Indignado por lo que llamó «la infamia cometida por las fuerzas armadas, que otra vez habían traicionado a Chile». El poeta chileno, Premio Nobel de Literatura en 1971, redactó estas memorias entre 1972 y 1973, primero en la embajada de Chile en París, con la ayuda de su amigo Homero Arce.

El libro, que Neruda no llegó a concluir, reúne episodios de una vida que abarcó desde la adopción de su seudónimo literario en octubre de 1920 hasta su participación en la fundación de la Unidad Popular que llevó a Allende al poder, pasando por su labor como cónsul en el lejano Oriente, su presencia en la Guerra Civil Española. Así como la organización de asilo para republicanos perseguidos y una clandestinidad forzada por la policía chilena.

El 12 de julio de 1904 nació en Parral un niño llamado Neftalí Ricardo Reyes Basoalto. Pero, como el propio Neruda anota en Confieso que he vivido, el poeta nació realmente en octubre de 1920, cuando aquel muchacho adoptó un seudónimo para evitar los conflictos con su padre, un ferroviario que reprobaba con dureza su creciente afición por los versos. Esa escisión fundacional recorre todo el libro: «Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida», escribe. «Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta».

Poeta chileno Pablo Neruda
Poeta chileno Pablo Neruda

El volumen es, en efecto, un artefacto literario deliberadamente fragmentario. El ensayista uruguayo Emir Rodríguez Monegal lo definió como «un collage literario no sólo de recuerdos sino de escritos autobiográficos». La génesis del texto explica esa naturaleza compuesta. Jorge Edwards, quien trabajó con Neruda en la embajada de Chile en París durante aquellos meses finales, ha contado cómo el poeta, consciente de su enfermedad, convocó a Homero Arce para que viajara a Francia y recibiera el dictado de las memorias.

Tras la muerte de Neruda, su viuda Matilde Urrutia viajó a Venezuela con las páginas ya dictadas. Posteriormente editó el libro añadiendo textos autobiográficos anteriores y ordenándolos según un criterio cronológico. Edwards, con escepticismo, ha calificado el resultado como «un libro contradictorio, válido en su vertiente narrativa, pero de coherencia interna, mental e intelectual, discutible». La Fundación Pablo Neruda ha encontrado en años recientes manuscritos que permanecieron traspapelados durante cuatro décadas, incorporados ya a las ediciones más recientes.

Las páginas de “Confieso que he vivido” contienen más de cuatrocientos nombres, la mayoría del siglo XX.Con buena parte de ellos Neruda tuvo contacto directo. Habla de Federico García Lorca, Paul Éluard, Louis Aragon, Miguel Hernández. Además de Alejo Carpentier y Vicente Huidobro. El compromiso político recorre las memorias donde Neruda sitúa el origen de su militancia comunista en la Guerra Civil Española. En Santiago, como director de la revista Aurora de Chile, libró batallas culturales contra el nazismo. Cuenta cómo respondió a la donación de libros de propaganda hitleriana a la Biblioteca Nacional solicitando a sus lectores que enviaran «los verdaderos libros alemanes de la verdadera Alemania». 

El libro también explica la evolución poética de su autor. Tras el «subjetivismo melancólico» de Veinte poemas de amor y el «patetismo doloroso» de Residencia en la tierra. Este libro es el testimonio de un hombre que quiso comerse la tierra entera y beberse todo el mar. Es también el libro de dos autores -el poeta y el memorialista- que conviven en un mismo volumen sin reconciliarse del todo. Y es, sobre todo, el documento de una época en que la poesía no cerraba la puerta a la calle, como escribió Neruda, porque tampoco era posible cerrar la puerta al amor, a la alegría o a la tristeza en el corazón de un joven poeta.

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