La historia de Estefanía y Eduardo Balduccio es la de una herencia que se construye día a día.

Museo «El Juguetero»: Un puente entre generaciones

El Museo El Juguetero representa un recorrido a la infancia de múltiples generaciones donde podrás encontrar una amplia colección de juguetes nacionales e internacionales, con más de 100 años de historia.

Estefanía Balduccio directora y curadora del museo “El Juguetero” junto a su padre el coleccionista Eduardo Balduccio
Estefanía Balduccio directora y curadora del museo “El Juguetero” junto a su padre el coleccionista Eduardo Balduccio

El Museo El Juguetero nació del sueño de Eduardo Balduccio, un coleccionista que durante 40 años acumuló piezas con la obsesión de preservar la memoria lúdica de Uruguay. Su hija, Estefanía Balduccio en entrevista para Diario la R, contó que ayudó a su padre a concretar el proyecto y hoy lo dirige con la convicción de esas generaciones que necesitan reencontrarse con su propia infancia. Este es el primer museo de juguetes antiguos en Montevideo situado en la Ciudad Vieja en una antigua fábrica industrial. Los juguetes son de diversos materiales, entre ellos se destacan los de chapa y madera. 

El origen del Museo El Juguetero nace de cuatro décadas de paciencia, ferias de fin de semana y el deseo personal. Eduardo Balduccio, conocido en el ambiente de remates como “El Juguetero”, empezó coleccionando autitos Matchbox cuando tenía poco más de veinte años. Compraba uno por semana, sin saber que ese gesto se convertiría en una de las colecciones privadas más importantes del país. Acumuló más de 25.000 piezas, desde una bicicleta de 1890 hasta figuras de Spider-Man del año 2000. Pero durante décadas, todo ese patrimonio permaneció guardado en cajas. El sueño de mostrarlo al público lo acompañó más de veinte años, pero recién en plena pandemia, con la complicidad de su hija, comenzó a tomar forma.

El Museo El Juguetero representa un recorrido a la infancia
El Museo El Juguetero representa un recorrido a la infancia

Estefanía Balduccio ayudó a su padre a inventariar miles de piezas, diseñar vitrinas, acondicionar el edificio y abrir las puertas el 15 de octubre de 2022 fue un trabajo que combinó paciencia de archivero con audacia de emprendedora. Como directora del museo Estefanía confiesa que de chica, ni siquiera ella podía acercarse a esos juguetes. Ahora los manipula con cuidado, sabiendo que cada pieza es única.

Asimismo explicó que en la planta baja del edificio solo se expone el diez por ciento de la colección. El resto espera en reserva, y las vitrinas se rotan periódicamente para que los visitantes tengan motivos para regresar. La selección busca abarcar el mayor arco generacional posible. «Los abuelos reconocen los latones de chapa para lavar la ropa o los juegos de playa de metal; los padres, los trenes de hojalata y los soldaditos de plomo; los jóvenes, los primeros muñecos de acción de los años noventa,  una máquina del tiempo» agregó.

Una de las decisiones más significativas de la curaduría fue dividir el espacio en dos mitades. Una dedicada a la industria uruguaya y otra a los juguetes internacionales.  “A muchos les sorprende que la mayor presencia de juguetes sean nacionales, le siguen japoneses, alemanes, ingleses, estadounidenses, rusos, entre otros.

La colección abarca 2.600 juguetes de la producción uruguaya de 27 fábricas diferentes. Estos objetos son una parte significativa del legado uruguayo y reflejan la inventiva y la originalidad de sus creadores. Asimismo, el museo presenta juguetes tanto en estado nuevo como de uso, que evocan recuerdos y sentimientos en aquellos que los observaron siendo utilizados por sus padres y abuelos.

Eduardo Balduccio, coleccionista y fundador del museo El Juguetero
Eduardo Balduccio, coleccionista y fundador del museo El Juguetero

Estefanía refirió que para su padre cada juguete “tiene vida”, donde recuerda cuántas personas jugaron con él. Y sobre todo descubrir la historia que atesora  cada uno es lo que le da sentido a esta colección que guarda más de 100 años de historia. En el museo podrás encontrar desde un auto de colección, muñecas de porcelana, juguetes de arrastre hasta aviones de madera, tractores, etc.

En la sección local, Estefanía y su padre buscaron reivindicar una producción que fue mucho más vasta de lo que se recuerda. Allí están las muñecas Carolina, que caminaban y movían los ojos, los autitos de fundición, los juegos de mesa editados en Montevideo. También, como documento histórico, fragmentos de las revistas de London París, la gran tienda por departamentos de la calle 18 de Julio, donde se anunciaban juguetes a precios que entonces resultaban astronómicos. Ver un tren de chapa valorado en 23 pesos de la época es también una lección de economía, lo que hoy parece barato era para una familia de los años sesenta, un lujo casi inalcanzable.

«Esa conciencia también es parte del discurso del museo», afirmó. Las generaciones anteriores no acumulaban decenas de juguetes; tenían uno o dos, y el resto del tiempo jugaban en la calle con cometas, baleros o simplemente con una pelota. Por eso, al recorrer las vitrinas, los adultos no solo ven objetos, sino la materialización de un deseo de infancia que pocas veces se cumplía. “Mi vecina tenía este y yo siempre lo quise tener”, es una frase que Estefanía escucha a menudo. La visita se transforma entonces en una experiencia emocional, casi terapéutica.

La colección cuenta con más de 25 000 piezas que datan desde 1890
La colección cuenta con más de 25 000 piezas que datan desde 1890

El museo también juega con el contraste generacional. Los niños que llegan atraídos por el edificio se encuentran con un mundo que no conocen que incluye materiales pesados, mecanismos de cuerda, piezas que no emiten sonidos electrónicos. Les fascina la muñeca Carolina que camina sola y el flipper, la atracción más cercana a la tecnología que tienen a mano. Pero Estefanía insiste en que el público real del museo no son ellos, sino los adultos que los acompañan. Es en sus rostros donde se ve la verdadera emoción. Por eso, el espacio ha incorporado zonas interactivas como una mesa para pintar, un futbolito, una nave espacial de madera para subirse, y una serie de juegos construidos con materiales reciclados. 

El edificio mismo es una pieza de museo. Antes de ser El Juguetero, fue la fábrica de ropa Neffa Hermanos, y buena parte de su estructura original se mantiene intacta. Las columnas de hierro, las mesas de trabajo, el escritorio de la administración y hasta el logo pintado en la fachada son testimonio de una época industrial que ya no existe. Estefanía eligió este lugar con el propósito de que no quería un local nuevo y aséptico para albergar objetos antiguos. Quería que la arquitectura acompañara el relato.

Del mismo modo, visitas guiadas para instituciones y escuelas con previa agenda es un mecanismo para llevar la historia del museo y de Balduccio a todos los lugares posibles. Las visitas crecen, las escuelas se suman a programas de recorridos guiados adaptados por edades, y cada vez más personas se acercan a donar juguetes antiguos que atesoraban durante años en sus casas.

Próximamente se acerca el día internacional de la infancia, donde el museo organiza colectas solidarias y actividades callejeras que buscan trasladar la experiencia del museo hacia espacios abiertos. Así, El Juguetero se convierte también en un actor cultural entre las diferentes comunidades. La historia de Estefanía y Eduardo Balduccio es la de una herencia que se construye día a día. Juntos lograron que miles de personas, al cruzar la puerta, recuperen por unos minutos la certeza de que alguna vez fueron niños. Y eso, en tiempos de pantallas y algoritmos, no tiene precio.

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