Nacional viajó a Buenos Aires con una mochila pesadísima en la espalda y la ilusión casi milagrosa de revertir una historia que venía torcida desde Montevideo. Logró ganar, peleó el partido con los dientes apretados y dejó una imagen infinitamente superior a la de la ida, pero el 2-1 a favor conseguido ante Tigre en el Estadio José Dellagiovanna resultó insuficiente.
El marcador global de 4-2 decretó el final del camino continental para el bolso en esta temporada, sellando un trágico adiós que deja al club tricolor frente a un espejo implacable: sin copas internacionales en el horizonte y con la obligación absoluta de enderezar un rumbo doméstico que se encuentra al borde del colapso.
Desde el pitazo inicial en suelo bonaerense, la postura de Nacional fue la que el hincha exigía tras la floja actuación en la ida. Consciente de que un gol temprano de Tigre liquidaba definitivamente cualquier atisbo de esperanza, el conjunto tricolor salió a adueñarse de la pelota, a presionar alto y a jugar con una intensidad que no se le había visto en semanas. El equipo se adueñó del trámite en la mitad de la cancha, con pasajes de buen circuito futbolístico y una propuesta directa que puso en apuros a la defensa del Matador.
La insistencia dio sus frutos y los goles cayeron para reavivar una ilusión que parecía extinta. Cada avance albo en Buenos Aires contagiaba la sensación de que el milagro era posible. Sin embargo, la renta de tres goles que Tigre se había llevado del Gran Parque Central actuó durante los noventa minutos como un salvavidas de plomo.
Tigre, replegado y administrando los tiempos del partido con astucia y veteranía, supo pegar en el momento justo para golpear la moral del tricolor. El gol del conjunto local fue un balde de agua fría que volvió a estirar la diferencia global a un terreno prácticamente inalcanzable.

Nacional no bajó los brazos y volvió a ponerse arriba en el marcador, cerrando el encuentro con una victoria de honor por 2-1 en tierras porteñas. Sin embargo, el pitazo final del árbitro transformó el festejo del triunfo en una mezcla amarga de resignación y frustración. La hazaña estuvo cerca en el juego, pero lejos en los números.
El bolso se despidió de la Copa Sudamericana con la cabeza erguida por lo hecho en Buenos Aires, pero con la certeza de que la eliminación se consumó por los errores propios cometidos en el primer partido jugado en Montevideo.
Quedar fuera de la competencia internacional a esta altura del año representa un golpe estructural de enorme magnitud para la institución. En primer lugar, supone un impacto económico severo, se esfuman los premios en dólares por avanzar de ronda que otorga la CONMEBOL, ingresos que habitualmente sirven para equilibrar las finanzas del club y sostener el presupuesto del plantel principal.
En segundo lugar, los jugadores dejan de exhibirse en el plano continental, lo que afecta el valor de mercado de las figuras juveniles y le quita rodaje competitivo a un plantel armado con el objetivo de pelear en dos frentes. La doble competencia, que suele ser una carga física pero también un dinamizador del rendimiento, queda drásticamente reducida a la rutina de los fines de semana.
Torneo local
El regreso a Montevideo no ofrece paz ni descanso. Por el contrario, la eliminación continental traslada de manera directa e inmediata toda la tensión, los reflectores y la presión mediática hacia el Campeonato Uruguayo, donde el panorama para Nacional es francamente alarmante.
A nivel doméstico, la situación del tricolor es sumamente comprometida. El equipo no solo ha dejado puntos en el camino durante la primera parte de la temporada, sino que se encuentra relegado en la Tabla Anual, la clasificación acumulada que no solo otorga ventaja deportiva para definir al Campeón Uruguayo, sino que también reparte los cupos para la Copa Libertadores del próximo año.


Mientras se siga jugando como se juega no van a ganar nada nuca más. Dejen de soñar y cambien la realidad que el fútbol uruguayo ya dejó de ser profesional hace décadas, es amateur, y les gana cualquiera que venga de afuera. Igual Sacachispa les gana. Da lástima el estado de todo, no hay estadios modernos, solo canchitas de cuarta con tejido alrededor, los vestuarios con bloques prefabricados, el campo como un terreno baldío, equipamiento de una colecta de amigos con rifas. El despliegue físico de los jugadores es duro como los que levantan pesas, lentos al correr, poco ágil y de reacción lenta, sin visión de juego, no saben patear al arco desde lejos en su mayoría. Parecen más jugadores de los 80 que un jugador atlético moderno actual. Hace décadas que ya ni lo miro por aburrido y de baja calidad, es como ver primera C de Argentina. Solo las anémonas lo siguen.