No existe una cifra oficial única de cuántas personas viven del fútbol en Uruguay, pero sí sabemos que el fútbol genera una cadena económica mucho más amplia que jugadores y dirigentes. Un estudio de la Universidad de la República estimó que el fútbol uruguayo genera alrededor de US$ 330 millones anuales entre actividad directa e indirecta, incluyendo comunicación, publicidad, gastronomía, transporte y otros servicios asociados.
En un terreno hipotético y como acción límite para detener un espiral de violencia en torno al tema que sólo parece crecer, si las autoridades competentes decidieran sancionar con partidos sin público o suspensiones de canchas por hechos graves, podrían estimarse efectos distintos según cada actividad.
Hay actividades que seguirían funcionando si hubiera partidos sin público: futbolistas profesionales, cuerpos técnicos, árbitros, funcionarios administrativos de clubes, dirigentes y autoridades de AUF, personal de televisión y transmisión, periodistas deportivos, empresas de derechos televisivos junto a patrocinadores y publicidad, personal de mantenimiento de canchas, médicos, fisioterapeutas y utileros, divisiones formativas, representantes y contratistas de futbolistas.
La asociación Uruguaya de Fútbol tiene proyectado para el cuatrienio, un flujo monetario de unos 280 millones de dólares. La mayoría del cuantiosísimo capital proviene de la nueva licitación fragmentada de los derechos de televisión y plataformas comerciales. Por unos partidos que se intervengan para meditar soluciones reales para bien de la gente, no se va a fundir la AUF.
En realidad, durante la pandemia quedó demostrado que gran parte de la estructura profesional puede seguir funcionando sin espectadores porque los derechos de televisión son hoy una fuente central de ingresos.
Hay otras actividades que se verían muy afectadas con partidos sin público: vendedores ambulantes en los estadios, puestos de comida y bebida, bares y restaurantes cercanos, cuidacoches, taxistas, remises y algunas líneas de transporte, vendedores de camisetas, banderas y merchandising en los accesos, funcionarios contratados específicamente para control de puertas y atención al público, estacionamientos privados cercanos, algunos pequeños comercios barriales que viven del día de partido.
Si directamente se suspendieran partidos o campeonatos, allí tal vez el impacto sería mayor porque afectaría también recaudación de los clubes, derechos de televisión, patrocinadores, exposición de jugadores para transferencias, premios deportivos, ingresos de la AUF, ingresos de OFI y ligas vinculadas, empleos permanentes de los clubes etc..
Ahora bien, desde el punto de vista político y social, también puede plantearse el argumento contrario: cuando la violencia pone en riesgo vidas humanas, la suspensión de público no es un castigo al fútbol sino una medida para protegerlo.
Nadie aceptaría que una fábrica, un teatro o una escuela funcionaran normalmente si en cada actividad hubiera amenazas de muerte, asesinatos, agresiones organizadas previsibles o enfrentamientos entre grupos violentos.
Somos conscientes de que alrededor del fútbol trabajan miles de personas. También debemos reconocer que no puede haber espectáculo, negocio ni pasión deportiva por encima de la vida humana. Y atención: cuando existen grupos organizados que despliegan conductas violentas, vandalismo y prácticas propias de la delincuencia, el problema no puede reducirse a una cuestión de eficacia policial.
Ya es sabido que en cada partido de los “grandes” laten enfrentamientos con despliegue de brutalidad criminal de las “barras bravas” donde los que están en “listas negras” se jactan públicamente de entrar igual a lo de siempre; poner en riesgo la integridad de la gente de bien incluido el personal policial que al final, no son superhéroes.
No es razonable trasladar toda la responsabilidad a la Policía cuando existen grupos organizados que actúan deliberadamente para generar violencia.
La seguridad pública es una herramienta indispensable, pero no fue concebida para mediar en permanentes guerras entre ciudadanos. Pretender que toda la solución recaiga exclusivamente sobre la Policía es desconocer la complejidad del fenómeno.
Si bastara con aumentar efectivos para erradicar toda manifestación de violencia organizada, no existirían el crimen, las mafias ni las distintas formas de delincuencia que afectan a las sociedades de todo el mundo.
Por eso, además de la acción policial, se requieren decisiones políticas, sanciones efectivas, responsabilidad institucional y el firme compromiso de toda la sociedad de no tolerar a quienes convierten los espacios de convivencia en escenarios de violencia.
La Policía es indispensable para preservar el orden, pero ninguna sociedad puede delegar exclusivamente en ella la solución de fenómenos violentos que son también sociales, culturales, institucionales y políticos. El verdadero enemigo de quienes viven del fútbol no son las sanciones; son los violentos que están expulsando a las familias de las tribunas.
Cuando la violencia se vuelve sistemática, jugar sin público puede dejar de ser una sanción y convertirse en una medida de protección para la propia familia del fútbol.
Insisto: la conveniencia económica, por sí sola, no puede ser el criterio que determine nuestras decisiones. De lo contrario, terminaríamos justificando cualquier actividad que genere ingresos, aun cuando produzca daños graves a la sociedad. Toda comunidad democrática tiene la obligación de ponderar no solo los beneficios en dineros, sino también los costos humanos, sociales y de seguridad que determinadas conductas generan.
El argumento económico, llevado al extremo, puede conducir a conclusiones absurdas. Hay actividades ilícitas que generan ingresos cuantiosos para algunas personas, pero nadie las defiende por esa razón. La pregunta que debemos hacernos no es cuánto dinero circula, sino cuál es el costo que la sociedad está pagando en violencia, miedo y pérdida de convivencia.
Nadie sostendría que una actividad debe preservarse únicamente porque da trabajo o genera ganancias, si al mismo tiempo está produciendo daños graves a la sociedad. El desarrollo económico es importante, pero la vida, la seguridad y la salud social valen más.
No tomar medidas drásticas ante esta verdadera pandemia de brutalidad, contribuye a normalizar la violencia en todas partes, también la que se ensaña contra las mujeres en ámbitos intrafamiliares. Les estamos enseñando a los gurises a resolver lo que no nos gusta por la fuerza. Les estamos enseñando a delinquir.
Pueden decirse muchas cosas de esta idea, de mi persona. Todo es discutible y optimizable.
En estas circunstancias, cuidar a la gente de la mejor forma posible debe ser siempre prioridad. Y, en definitiva, esa es también la única manera de cuidar al fútbol.
Los hechos nos lo están exigiendo porque la violencia no es deporte, la amenaza no es deporte. El miedo no es deporte. Al menos, no permitamos que se confundan.
Como sociedad democrática que somos y queremos seguir siendo, es imprescindible frenar el avance del caos y de todo descontrol que ponga en riesgo las garantías y los derechos humanos de la ciudadanía.
El Estado y sus instituciones, la gente, debemos ser capaces de enfrentar y extirpar los fenómenos anti sociales que socavan los cimientos de la convivencia democrática. Porque, con todas sus imperfecciones, la democracia sigue siendo el único sistema capaz de garantizar plenamente los derechos y las libertades fundamentales.
No dejemos pasar al caos. La violencia descontrolada erosiona la confianza en las instituciones y abre camino a quienes pretenden restringir derechos en nombre de un orden ideal utópico. Ya vivimos; y algunas y algunos sobrevivimos; a sembradores de confusión y muerte para justificar la opresión a la población.
Tristemente hoy se suma un avance feroz de la narcocultura factor desestabilizante de todo desarrollo republicano. La historia nos enseñó el precio a pagar en vidas humanas cuando la democracia se debilita, y es responsabilidad colectiva cuidarla en todos los ámbitos.
Se hace necesario un tiempo para meditar soluciones con todas y todos los involucrados en el tema. El problema es demasiado complejo y no da para resolverlo a las apuradas.
No demos pretexto al despotismo que se yergue como salvador cuando parece que no podemos con las herramientas democráticas. Sabemos cuánto cuesta después recuperar las libertades cuando se pierden con pretexto de reprimir exaltaciones que pudieron ser cambatidas con paz.
Reflexionemos ante el peligro. Esto ya nos pasó con otros temas.
No permitamos que el caos se naturalice y que la violencia se haga deporte.



Quieren que el deporte no se haga violencia? Comiencen por meter en cana a toda la dirigencia de los clubes, son todos una manga de gangsters. Verán como termina todo.