La creciente tensión entre Venezuela y Estados Unidos vuelve a poner a prueba a la región y, en particular, a países de tradición diplomática sólida como Uruguay. En un escenario internacional marcado por la polarización, las sanciones económicas, el deterioro humanitario y la fragilidad institucional, la pasividad ya no es una opción. Uruguay necesita una política exterior más comprometida, coherente y visible frente a este conflicto, no para alinearse acríticamente con uno u otro actor, sino para defender principios que han sido históricos en su accionar internacional: la democracia, los derechos humanos, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de las controversias y el anti colonialismo.
La situación venezolana dejó hace tiempo de ser un asunto interno. A esto se suma la política de presión ejercida por Estados Unidos, basada en sanciones que, aunque buscan forzar cambios políticos de manera violenta, terminan agravando las condiciones de vida de la población civil. En este contexto, Uruguay no puede limitarse a comunicados genéricos o a un prudente silencio diplomático.
El país cuenta con credenciales para desempeñar un rol más activo. Su tradición de mediación, su prestigio en foros multilaterales y su pertenencia a organismos como la ONU y la OEA le otorgan herramientas para impulsar espacios de diálogo creíbles. Recuperar una diplomacia de “puentes”, capaz de hablar con todas las partes, es una necesidad estratégica. No se trata de legitimar de justificar injerencias externas, sino de promover salidas políticas negociadas que eviten una mayor escalada y sufrimiento humano.
Una política exterior comprometida también implica claridad. Uruguay debe sostener con firmeza la defensa de los derechos de independencia en Venezuela, denunciando los abusos de intromisión de Estados Unidos, al tiempo de convocar medidas internacionales de condena. La coherencia es clave en este tema por parte del gobierno uruguayo.
Además, una postura más activa fortalecería la voz de Uruguay en el escenario global. En un mundo donde los países pequeños corren el riesgo de quedar relegados, el compromiso principista y la iniciativa diplomática son formas de ejercer soberanía. La neutralidad, entendida como inmovilidad, ya no protege intereses ni valores.
La crisis entre Venezuela y Estados Unidos interpela a Uruguay a estar a la altura de su historia. Apostar por el multilateralismo, el diálogo y la defensa del derecho internacional no es solo una opción ética, sino una inversión política. En tiempos de confrontación, la diplomacia comprometida es, más que nunca, una responsabilidad.


Se tenía que decir y se dijo. BIEN!!!