Uruguay y el desafío de relacionarse con el Transpacífico sin ideologizar la agenda

¿Cómo relacionarse con los grandes bloques comerciales sin que el debate interno quede atrapado en trincheras ideológicas?.

Uruguay vuelve a asomarse a la discusión sobre su inserción internacional con un viejo dilema: ¿cómo relacionarse con los grandes bloques comerciales sin que el debate interno quede atrapado en trincheras ideológicas? El proceso respecto a Vietnam —país con el que se canceló una visita oficial a Uruguay y por ende se paralizaron las acciones de intercambios y oportunidades por discusiones ajenas a la política comercial— esto debería dejar  una lección evidente: cuando impera la ideología, se paralizan las posibilidades.

Hoy, el escenario vuelve a plantearse con mayor complejidad. Los países que integran el CPTPP, Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú Singapur y Vietnam, representan un mercado dinámico, tecnológicamente avanzado y decisivo para las cadenas globales de valor. Para Uruguay, que insiste desde hace años en diversificar mercados y salir del corsé del Mercosur, el Transpacífico no es solo una oportunidad: es una necesidad estratégica.

Pero para aprovecharla, se requiere algo que a Uruguay le ha costado: desideologizar la política exterior. Ni los acuerdos comerciales son entregas de soberanía, ni los países con regímenes distintos representan, por sí mismos, un peligro político. El desafío contemporáneo es entender que la inserción internacional se define por intereses económicos, estándares técnicos y capacidad de negociación. Nada más, nada menos.

Aprender del caso Vietnam es clave. En su momento, sectores políticos bloquean o relativizan vínculos comerciales porque el país asiático no encajaba en ciertos parámetros ideológicos. Ese enfoque no solo resultó anacrónico: fue costoso. Vietnam creció, se integró al comercio global y fortaleció su industria agroalimentaria mientras Uruguay seguía discutiendo etiquetas.

Con el Transpacífico, Uruguay debe evitar repetir ese error. No se trata —como algunos intentaron plantear— de “alinearse” con potencias, ni de firmar tratados sin debate. Se trata de discernir qué oportunidades generan empleo, inversión y valor agregado, y cuáles no. El país necesita reglas claras, previsibilidad y una diplomacia que priorice resultados concretos sobre discursos identitarios.

El CPTPP exige altos estándares sanitarios, ambientales e industriales. Uruguay puede cumplirlos: su reputación agroexportadora y su institucionalidad sólida lo avalan. Pero si las decisiones se vuelven rehén de discusiones ideológicas, el país quedará otra vez al margen de un mundo que no espera.

La verdadera pregunta es si Uruguay será capaz de discutir estos temas con madurez. ¿Habrá espacio para una política exterior de Estado, que exceda los ciclos electorales y las banderas partidarias? En un sistema político caracterizado por el equilibrio y el diálogo, esa debería ser la prioridad.

Ingresar —o al menos avanzar en negociar— con los países del Transpacífico no implica renunciar al Mercosur, ni abrazar doctrinas ajenas. Implica, simplemente, no repetir el error de ideologizar lo que debe ser una estrategia nacional de desarrollo.

Uruguay necesita abrir puertas, no cerrarlas. Y para eso, antes que acuerdos comerciales, requiere acuerdos internos.

 

 

Comparte esta nota:

1 Comentario

  1. Es importante que se lea lo que dice el sitio Defensa.com sobre Uruguay y la Armada Que hay debilitamiento institucional en el país y que no hay sistema de vigilancia costera entre otras cosas

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Últimos artículos de Opinión

Equidad pendiente

El bono a jubilados como alivio momentáneo en una estructura que no cambia nada.