A partir de los cuatro años, la educación es obligatoria en Uruguay. Pero más allá de lo que dicta la ley, la asistencia a un centro de educación inicial es una experiencia que sienta las bases del desarrollo infantil. En ese ámbito, los niños y las niñas adquieren hábitos de estudio y convivencia, aprenden a relacionarse con otros de su edad y forjan sus primeras amistades. Asistir todos los días les permite desarrollar el pensamiento, afinar la capacidad de expresar emociones, sentimientos e ideas, y adquirir herramientas que serán determinantes para el resto de su trayectoria escolar.
Aprendizaje en la infancia
El aprendizaje temprano va más allá de lo que ocurre en el aula. Al reconocer, organizar y nombrar objetos, los niños aprenden sus propiedades. Al explorar el entorno, perciben cómo se organiza la naturaleza. Al manipular materiales, desarrollan destrezas manuales que luego aplicarán en la escritura y en otras actividades. Pero para que todo ese conocimiento se consolide, la regularidad es clave. No se trata solo de estar presente, sino de hacerlo de manera constante durante todo el año. La escuela es el espacio privilegiado donde se equilibran la personalidad, la inteligencia y el comportamiento, tres pilares que perdurarán toda la vida.

La evidencia muestra que la asistencia regular en los primeros años mejora el rendimiento en la enseñanza básica y, a largo plazo, se traduce en mejores condiciones de vida e ingresos laborales. Varios estudios que han seguido a niños desde sus primeros años hasta la edad adulta confirman esta relación. Promover que los niños tengan cero faltas en la escuela no es una exigencia burocrática, sino una preparación para el futuro.
Sin embargo, persisten mitos que subestiman el valor de la educación inicial. Es común escuchar que si los niños faltan a clase en el nivel inicial no importa. Si bien es cierto que algunos días de ausencia son inevitables por problemas de salud, muchas veces las faltas se deben a que los padres no reconocen el valor de esta etapa como un fin en sí mismo ni como una puerta de acceso a mejores oportunidades. La asistencia regular ayuda a conformar hábitos y a construir relaciones con otros niños y con los adultos, y eso no se logra con inasistencias.
La escuela es la mejor aliada de las familias, pues allí los niños aprenden a manejar los sentimientos y a trabajar en equipo. Cuando establecen un vínculo positivo y confiable con su docente, su crecimiento afectivo e intelectual se ve favorecido. El aprendizaje que se desarrolla en el hogar es muy distinto al que se da en la escuela, y ambos son complementarios.
Por eso, la participación de los padres es esencial: fomenta la interacción con sus hijos y abre canales de comunicación con los maestros. Aprovechar la hora de entrada y salida para conversar con los docentes, mantener un diálogo fluido entre familia y escuela, y motivar a los niños son factores que inciden directamente en los resultados y en la confianza con que los pequeños viven el aprendizaje.

Factores a nivel global
A nivel mundial, la atención y educación de la primera infancia enfrenta desafíos enormes. Según datos recientes, uno de cada cuatro niños de cinco años en el mundo no ha recibido nunca ningún tipo de educación preescolar, lo que representa 35 millones de los 137 millones de niños de esa edad. A pesar de que las investigaciones demuestran sus beneficios, solo la mitad de los países garantizan la educación preescolar gratuita. La pandemia de COVID-19 agravó esta situación donde los cierres de servicios educativos implicaron la pérdida de 19.000 millones de días de instrucción. Y se estima que 10,75 millones de niños no alcanzaron su potencial de desarrollo en los primeros once meses de la crisis. Las pérdidas de aprendizaje son considerables y desiguales, y afectan especialmente a los más vulnerables.
La educación inicial es la base para adquirir aprendizajes fundamentales como la lectoescritura, la aritmética y las habilidades socioemocionales. Sin embargo, en los países de ingresos bajos y medios, cerca del 64% de los niños no pueden leer y comprender un cuento sencillo a los diez años. Las raíces de esa pobreza de aprendizaje se encuentran en la falta de una educación temprana de calidad que los prepare para la escuela.
Los docentes de educación inicial son un pilar insustituible, pero enfrentan condiciones adversas. Aunque la cantidad de educadores que reciben formación pedagógica mínima aumentó del 68% al 80% entre 2010 y 2020, se necesitan 9,3 millones de docentes adicionales a tiempo completo para alcanzar las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Los educadores de la primera infancia tienen menos acceso a formación acreditada que los de niveles superiores. Y suelen enfrentar bajos salarios, inseguridad laboral y escaso reconocimiento social, lo que dificulta atraer y retener personal calificado.

En cuanto a las políticas públicas, si bien 150 de 209 países han fijado metas de participación para 2025 o 2030, la inversión sigue siendo insuficiente. Solo se destina en promedio el 6,6% de los presupuestos educativos a la educación preescolar, y en los países de ingreso bajo esa cifra cae al 2%, muy por debajo del 10% recomendado por organismos internacionales. Además, la provisión de servicios sigue siendo desigual. En el África subsahariana solo el 40% de los niños vive en entornos de aprendizaje estimulantes. Mientras que en Europa y América del Norte esa proporción alcanza el 90%.
Para transformar esta realidad, se necesitan políticas integrales. Ampliar el acceso requiere inversión y marcos legales claros, así como mecanismos innovadores como jardines de infancia móviles para llegar a zonas remotas. Mejorar la calidad implica rediseñar los currículos para priorizar el aprendizaje basado en el juego y preparar a los niños para la educación formal. Apoyar a los educadores con formación y condiciones laborales dignas es otro eje central. La gobernanza debe ser coordinada, evitando la fragmentación entre ministerios. La financiación nacional debe fortalecerse, y es necesario establecer sistemas de seguimiento que evalúen el desarrollo integral de la primera infancia.
La Conferencia Mundial sobre Atención y Educación de la Primera Infancia, celebrada en 2022, reafirmó el derecho de cada niño pequeño a una atención y educación de calidad desde el nacimiento hasta los ocho años. Esa declaración es considerada un llamado a la acción, pues hay que tener en cuenta que la educación inicial debe ser la inversión más rentable que una sociedad puede hacer.

