La marcha de las mujeres en los Juegos Olímpicos

En 1896, Pierre de Coubertin sentenció que las Olimpiadas eran cosa de hombres y que las mujeres debían contentarse con el hogar. En París 2024, por primera vez en la historia, la participación femenina alcanzó el 50% de los atletas.

Tenista española Lilí Álvarez

Los Juegos Olímpicos modernos empezaron en Atenas en 1896 marcado por la exclusión debido a prejuicios culturales y de género, donde las mujeres no podían ni participar. Pierre de Coubertin, el hombre que los fundó, expresó: “Para ellas la gracia, el hogar y los hijos. Reservemos para los hombres la competición deportiva”. Tenían prohibido competir y asistir bajo pena de muerte, debiendo conformarse con los Juegos Hereos, un torneo exclusivo para ellas en honor a la diosa Hera. 

Esta mentalidad patriarcal se trasladó a los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, de Coubertin, vetó la participación femenina por considerarla antiestética y contraria a la tradición clásica, lo que provocó protestas históricas como la de Stamata Revithi, quien corrió el maratón de forma clandestina. 

La apertura oficial ocurrió tímidamente en París 1900, permitiendo que apenas un dos por ciento de mujeres compitiera en disciplinas consideradas «refinadas» como el tenis y el golf. Lo cual inició un lento proceso de inclusión que tardó más de un siglo en completarse, hasta alcanzar finalmente la paridad de género total del cincuenta por ciento en los recientes Juegos Olímpicos de París 2024

La tenista británica Charlotte Cooper fue una de esas primeras pioneras. En París 1900 se convirtió en la primera mujer en ganar una medalla de oro olímpica en un evento individual. No era una improvisada, pues ya tenía tres títulos de Wimbledon en su haber. Siguió compitiendo hasta los 50 años y sumó dos campeonatos más en el All England Club después de los Juegos. Su victoria no fue solo un triunfo deportivo, sino una declaración de que las mujeres también podían ganar y, lo que es más importante, competir al más alto nivel.

Remadora francesa Alice Milliant

En 1921, una remadora francesa llamada Alice Milliat fundó la Federación Femenina de Deporte. Nunca ganó una medalla olímpica, pero su legado es quizás más grande que el de muchas campeonas. Un año después, organizó los Juegos Mundiales Femeninos en París, una competencia que reunió a atletas de cinco países y demostró que las mujeres no solo querían participar, sino que podían batir récords. 

La presión sobre el Comité Olímpico Internacional funcionó. En 1928, cinco pruebas femeninas de atletismo fueron admitidas en los Juegos de Ámsterdam. A Milliat le pareció insuficiente, pero abrió una puerta que ya no se cerraría. Fue la primera mujer en formar parte de un jurado olímpico.

La lucha también tuvo que atravesar el racismo. En Londres 1948, la estadounidense Alice Coachman, especialista en salto de altura, se convirtió en la primera mujer afroamericana en ganar una medalla de oro. Su salto de 1,68 metros fue también un golpe a la segregación. De origen humilde, había entrenado en condiciones precarias y compaginaba su preparación con trabajos de limpieza para financiar su carrera. Fue la única mujer de Estados Unidos en ganar un oro en atletismo en esa edición. No solo rompió un récord: rompió estereotipos de raza y género al mismo tiempo.

En natación, Gertrude Ederle es otra de esas figuras que trascienden el podio. Nacida en Nueva York en 1905, ganó un oro y dos bronces en París 1924. Pero su hazaña más recordada llegó dos años después, cuando cruzó a nado el Canal de la Mancha en 14 horas y media, superando el tiempo de los cinco hombres que lo habían logrado antes. La llamaron “la reina de las olas”. Su récord duró 24 años. Se retiró a los 28 por problemas de salud y dedicó el resto de su vida a enseñar a nadar a niños sordos, como ella misma lo era.

Estadounidense Alice Coachman, salto alto

En atletismo, la checoslovaca Dana Zátopková escribió una de las historias más singulares del olimpismo. Nacida el 19 de septiembre de 1922, compartía fecha de nacimiento con su esposo, el famoso fondista Emil Zátopek. En los Juegos de Helsinki 1952, mientras Emil ganaba la medalla de oro en los 5.000 metros, Dana se preparaba para su propia prueba. 

Solo una hora después del triunfo de su marido, ella se colgó la medalla de oro en lanzamiento de jabalina con un registro de 50,47 metros. Fue un momento histórico: una pareja de esposos ganando oros olímpicos el mismo día. Pero Dana también fue subcampeona olímpica en Roma 1960, dos veces campeona de Europa (1954 y 1958).Y, a los 35 años, se convirtió en la mujer de mayor edad en batir un récord mundial de atletismo, con un lanzamiento de 55,73 metros. Hasta el final de sus días, guardó la jabalina con la que ganó el oro en Helsinki y la usaba como palo de escoba para limpiar su casa en Praga. Falleció en 2020 a los 97 años.

Más cerca en el tiempo, el fútbol femenino encontró en Megan Rapinoe una voz que no se limitó a la cancha. Nació en California en 1985, ganó dos Copas del Mundo y una medalla de oro en Londres 2012. Pero su influencia va más allá de los títulos. Rapinoe fue una de las caras más visibles de la lucha por la igualdad salarial en el fútbol de Estados Unidos, y lideró el reclamo hasta que, en 2022, la federación aceptó equiparar los salarios entre las selecciones femenina y masculina. En 2019, recibió el Balón de Oro y el premio The Best de la FIFA, no solo por su juego sino por su activismo.

Judoca brasileña Rafaela Silva

También hay historias de resiliencia extrema como la judoca brasileña Rafaela Silva nació en la favela Cidade de Deus, en Río de Janeiro. En Londres 2012 fue eliminada temprano y recibió una avalancha de insultos racistas en redes sociales. La llamaron “mono” y le dijeron que “el lugar de la mona es la jaula”.

Cuatro años después, en Río 2016, se colgó la medalla de oro en la categoría de 57 kg y se convirtió en la primera brasileña en ganar un oro en peso ligero. Su respuesta fue tan contundente como su judo al decir “Quiero mostrar a los que me criticaron en Londres que ese mono que se suponía debía estar en una jaula ha salido de esa jaula y ahora es una campeona olímpica”.

España también tuvo sus pioneras. Lilí Álvarez, nacida en Roma pero de padres españoles, compitió en París 1924 junto a Rosa Torras, y fueron las primeras españolas en unos Juegos. Además de tenista, fue esquiadora, alpinista y periodista. Publicó crónicas deportivas en revistas europeas y españolas, y recibió el Premio Ondas por su labor en la comunicación. En 1998, ya fallecida, recibió la Medalla de Oro al Mérito Deportivo.

En 2024, París alcanzó la paridad donde llegó a 5.250 mujeres, el 50% de los atletas. Sin embargo hoy las deudas son otras, la brecha salarial, la cobertura mediática desigual y la falta de patrocinios siguen siendo deudas pendientes. Lo que estas mujeres demostraron, cada una en su tiempo y con sus propias batallas, es que el deporte no es solo competencia. También es una forma de cambiar el mundo. Y ellas lo hicieron, una carrera, una brazada, un salto, un lanzamiento a la vez.

Comparte esta nota:

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Últimos artículos de Deportes