Brasil quedó afuera del Mundial ante Noruega y consumó un fracaso anunciado

Más allá de llegar a Octavos de Final de forma invicta, el ‘joga bonito’ y fútbol sólido nunca apareció.

Brasil quedó afuera del mundial de la mano de Noruega.

La eliminación de Brasil en los octavos de final del Mundial de Fútbol 2026 sacudió el torneo, aunque el desenlace resulta lógico para un equipo que mostró dudas y falta de ritmo desde el debut. Noruega fue una prueba de fuego física y táctica que la Verdeamarela no supo resolver: cayó 2-1 en el MetLife Stadium exhibiendo reiterados intentos ofensivos, pero una alarmante falta de ideas claras.

El golpe es histórico, pero el diagnóstico es viejo: este Brasil jamás convenció de ser un equipo sólido. Mientras la prensa de Río de Janeiro y São Paulo busca culpables en el penal fallado por Bruno Guimarães a los trece minutos o en los dos goles letales de Erling Haaland sobre el epílogo, las causas reales son estructurales.

El MetLife Stadium fue testigo de cómo la selección cerró un ciclo que se sostuvo sobre la cornisa desde su mismísima génesis, víctima de una inestabilidad que ningún resultado decoroso pudo tapar. En la cancha, el reflejo de esa frustración fue Vinícius Jr. El delantero volvió a chocar contra su propio talento, absorbido por la marca escalonada de Noruega, fastidioso con el arbitraje y desprovisto de ese espacio largo que lo hace letal.

Esta vez no se pudo cargar el equipo al hombro como lo había hecho durante la fase de grupos. Sin un ecosistema que lo potencie y sin la madurez para asumir el liderazgo futbolístico en ausencia de un Neymar pleno, su partido fue el fiel reflejo de un jugador totalmente desconcentrado por la presión del entorno.

La crisis de identidad se mantuvo desde que comenzó el proceso rumbo a esta Copa del Mundo. La larguísima espera por el director técnico Carlo Ancelotti, mechada con interinatos que licuaron la autoridad táctica en las Eliminatorias, dejó un equipo híbrido.

Se suponía que el desembarco del laureado entrenador italiano inyectaría el pragmatismo y la estructura del fútbol europeo de élite, blindando un fondo que históricamente sufría en las transiciones. Nada de eso ocurrió. Brasil no tuvo la alegría ni el volumen de juego asociado de sus mejores épocas, pero tampoco la rigidez granítica que caracteriza a los equipos de «Carletto».

Desde la llegada de Ancelotti, Brasil registra en diez partidos un balance numérico de cinco victorias, dos empates y tres derrotas, con 18 goles a favor y 8 en contra. Sin embargo, más allá de este balance estadístico aceptable, el fútbol vistoso y el ‘joga bonito’ que siempre se le exige a la escuadra pentacampeona del mundo jamás aparecieron.

Neymar anotó el último gol de Brasil de penal.

El trauma frente a Europa

La caída en Nueva Jersey reaviva, además, una pesadilla recurrente. Desde que se coronó en Yokohama 2002, cada vez que Brasil pisó una llave de eliminación directa frente a una selección europea, armó las valijas. Pasó con Francia en 2006, Países Bajos en 2010, la catástrofe de Alemania en 2014, Bélgica en 2018, Croacia en Qatar 2022 y ahora Noruega en tierras estadounidenses. Esas siete eliminaciones consecutivas en el mata-mata contra el Viejo Continente exponen un dato que va mucho más allá de una mala racha; se trata de un trauma complejo de inferioridad competitiva. Brasil perdió el peso específico de su camiseta, ese factor de asfixia psicológica que antes hacía retroceder a los rivales en el túnel de vestuarios.

El epílogo nos deja, además, la imagen melancólica de Neymar Jr. Su gol de penal en el minuto 100 sirvió únicamente para decorar el resultado. Si este fue, como todo parece indicar, el último acto mundialista del diez, el cierre guarda una coherencia cruel con su carrera en la selección: destellos de una clase descomunal en medio de un ecosistema que nunca supo contenerlo ni estructurarlo para ganar lo importante.

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