José Mujica, presidente de Uruguay entre 2010 y 2015 y un histórico del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros fue dirigente de la guerrilla urbana de fines de lo 60 y 70 militancia y 13 años de prisión , llegó al cargo como el candidato ganador de la coalición oficialista de centro-izquierda Frente Amplio, de cuyo componente mayoritario, el Movimiento de Participación Popular (MPP), era dirigente. De hecho, Mujica fue el primer político de América del Sur en alcanzar la suprema magistratura de su país por la vía democrática tras haber destinado una parte de su vida a combatir con la lucha armada a esa misma institución del Estado.
Mujica, en quien casi nada es convencional, basó su popularidad doméstica y su fama internacional en una imagen de hombre frugal e íntegro, que prefería seguir viviendo en su humilde chacra de la periferia de Montevideo, haciendo vida de floricultor cuando las responsabilidades de gobierno se lo permitían, que era indiferente a los oropeles y privilegios del poder, y que donaba casi todo su salario a inversiones sociales, por lo que fue llamado «el presidente más pobre del mundo». También, por sus apelaciones a una ética de la «sobriedad» frente al derroche de la alta política, por su estilo marcadamente informal poco apegado a etiquetas y protocolos, y por su lenguaje coloquial en ocasiones rudo, que arrastró al Pepe, franco y espontáneo hasta el exabrupto, a varias polémicas.
Bajo su presidencia, Uruguay consolidó su crédito como país de éxitos económicos y abanderado del progresismo social, terreno en el que hubo tres grandes novedades, bienvenidas para unos y lamentables para otros: la despenalización del aborto, el matrimonio de personas del mismo sexo y la audaz legalización, bajo regulación del Estado, del mercado de la marihuana, excepcional en el mundo y que Mujica justificó como una innovación útil en la lucha contra la violencia del narcotráfico.

El programa socialdemócrata moderado del Frente Amplio siguió conjugando la ortodoxia económica y la redistribución de la riqueza por la vía tributaria y a través del gasto social directo. La lucha contra la pobreza y la reducción de las inequidades continuaron progresando al resguardo del crecimiento sostenido del PIB, no obstante las tendencias desfavorables del contexto regional, y de la minimización del desempleo.
Sin embargo, a la Administración Mujica se le fueron de las manos el déficit fiscal (en 2012 retornó el déficit primario) y la inflación.
Fracasó clamorosamente en la mejora de la calidad de la educación, precisamente una de las grandes metas asumidas por el mandatario, quien reconoció el fiasco. Por otra parte, en una postura muy reveladora de su personalidad, el antiguo guerrillero torturado en las cárceles de la dictadura no se mostró favorable a anular la Ley de Caducidad, pese a su carácter inconstitucional, porque su permanencia había sido refrendada dos veces por los electores consultados en plebiscito.
El 1 de marzo de 2015 Mujica devolvió la banda presidencial al también frenteamplista Tabaré Vázquez, su predecesor cinco años atrás. La tercera victoria electoral consecutiva del Frente en las votaciones de 2014 fue el reflejo del notable grado de satisfacción popular por la marcha del país, a pesar de que como presidente, Mujica, salvo en la recta final de su mandato, no gozó de unos niveles de aceptación extraordinariamente elevados.

