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Leer, no es una cuestión de formato, sino de sentido

La lectura no desaparece, se transforma

Lo que ha cambiado no es el interés por leer, sino el formato, la duración y el contexto en que se lee. Las pantallas, los audiolibros y las microsesiones han reconfigurado el hábito, pero no lo han extinguido. La pregunta ya no es si se lee menos, sino cómo se lee diferente.

Los jóvenes no leen menos, pero leen en fragmentos

La idea de que las nuevas generaciones han abandonado la lectura es uno de esos lugares comunes que los datos se encargan de desmentir. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025, el 76,9% de los jóvenes de entre 14 y 24 años se declaran lectores, lo que los convierte en el grupo demográfico con mayor índice de lectura del país. 

La media general de lectores por ocio se sitúa en el 66,2%, lo que significa que los jóvenes leen más de diez puntos por encima del promedio. En Estados Unidos, el 75% de los adultos afirma haber leído al menos un libro en el último año, y entre los jóvenes de 18 a 29 años la cifra asciende al 78%.

El problema no es que se lea menos, sino que la forma de leer ha mutado y los indicadores tradicionales ya no sirven para medirla. La investigadora Miriam Peña Pimentel, del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, señala que las sesiones prolongadas de lectura, esas inmersiones de horas en una novela, han dado paso a las “microsesiones” de entre cinco y diez minutos. 

Los jóvenes no leen menos, pero leen en fragmentos. Alternan entre un artículo, un video, un podcast, un tuit. La lectura se ha vuelto intersticial, y eso no es necesariamente un retroceso, es una adaptación a un entorno donde la información está siempre disponible.

La lectura no desaparece

El cambio de formato

Lo que más llama la atención del cambio generacional es la brecha en los formatos. En Estados Unidos, el porcentaje de adultos que lee libros digitales pasó del 17% en 2011 al 31% en 2025. Los audiolibros, por su parte, crecieron del 11% al 26% en el mismo período. Este crecimiento está impulsado por los menores de 50 años, que muestran una inclinación mucho mayor hacia los formatos electrónicos y de audio. El papel sigue siendo el formato dominante -el 64% de los adultos leyó un libro físico en 2025-. Pero su dominio se erosiona lentamente frente a la diversificación digital.

La lectura digital y los audiolibros no son sustitutos del papel, sino nuevas modalidades que amplían el acceso. Un joven puede escuchar un audiolibro mientras se desplaza, leer un artículo en el teléfono entre clase y clase, y por la noche sumergirse en una novela en papel. La coexistencia de formatos es el nuevo escenario. En España, más de la mitad de los lectores, el 57,1%, considera que en el futuro el libro en papel convivirá con el digital.

El giro hacia lo digital plantea preguntas sobre la calidad de la lectura. Un metaanálisis de la Universidad de Valencia, que analizó más de veinte años de estudios y casi 470.000 participantes, concluyó que la lectura en papel mejora las habilidades de comprensión entre seis y ocho veces más que la lectura en dispositivos digitales. Una de las razones principales es que los textos digitales suelen presentar una calidad lingüística inferior.

Muchas veces están escritos en un estilo conversacional, como en redes sociales, lo que limita la exposición a estructuras sintácticas complejas y vocabulario académico. Además, el acto de leer en pantalla tiende a ser más superficial, con un enfoque en el escaneo rápido y fragmentado, lo que perjudica la capacidad de conectar ideas y retener información.

Con internet han llegado nuevas formas de lectura

Edades, métodos de lectura y aprendizaje

Los resultados varían según la edad de los lectores. En niños de primaria, la lectura digital tiene un efecto claramente negativo sobre la comprensión. En adolescentes y universitarios, aunque la relación se vuelve algo más positiva, sigue siendo menos efectiva que la lectura en papel. 

Los investigadores no están en contra del uso de tecnologías digitales, pero advierten que el aprendizaje profundo -especialmente en edades tempranas- requiere el tipo de atención, ritmo pausado y concentración que fomenta la lectura impresa. Recomiendan que las escuelas y educadores prioricen los libros físicos para desarrollar sólidas habilidades lectoras antes de introducir de manera intensiva la lectura digital.

Especialistas refieren que tanto la  literatura como los métodos de estudio se vio en guerra con internet. No obstante, si bien no se puede negar que los libros en papel se han llevado un duro golpe con el florecimiento de lo digital, hay cierta evidencia de que se llegan a complementar, pese a constituir experiencias diferentes. La era digital, en ocasiones vista como una amenaza, ha aportado bastante a que esto sea posible, ofreciendo nuevos formatos y plataformas que enriquecen la lectura.

El cambio en los hábitos de lectura es parte de una transformación más amplia en la forma de aprender. Los jóvenes de la Generación Z han crecido en un entorno digital donde la información está siempre disponible y en múltiples formatos: texto, video, audio, microcontenidos. Esto ha hecho que su manera de aprender sea más fragmentada, visual e interactiva. El consumo de contenido breve y la inmediatez han cambiado la manera en que las personas interactúan con la información.

Para el sistema educativo, esto implica adaptar la enseñanza, menos clases magistrales lineales y más recursos multimedia, aprendizaje por proyectos y metodologías activas. La brecha entre el mundo digital en el que viven los estudiantes y las dinámicas tradicionales del aula genera desmotivación. 

El aprendizaje digital tiene un gran potencial para transformar la educación, pero sus beneficios no se distribuyen equitativamente. La alfabetización digital, definida por la UNESCO como la capacidad de acceder, gestionar, comprender, integrar, comunicar, evaluar y crear información, se ha convertido en una competencia fundamental.

La brecha generacional 

Uno de los hallazgos más llamativos del Barómetro de Lectura 2025 es la existencia de una brecha generacional inversa a la esperada. Tradicionalmente se asumía que las generaciones mayores, educadas en una época previa a la revolución digital, serían más lectoras que las jóvenes. 

Sin embargo, los datos muestran que son precisamente los jóvenes quienes más leen. El nivel educativo emerge como un factor determinante donde el 82,2% de la población con estudios universitarios se declara lectora. Además, el hecho de que más de tres cuartas partes de los padres lean a sus hijos pequeños indica que el ejemplo familiar y el acceso temprano a los libros juegan un papel crucial en el desarrollo posterior del hábito lector.

La mutación de la lectura no es un fenómeno que debe entenderse. Los jóvenes no leen menos, leen de otra manera, en otros formatos, con otros ritmos. El desafío no es volver al papel ni rendirse ante la pantalla. Sino construir una cultura de la lectura que aproveche lo mejor de ambos mundos. La lectura no disminuye, sino que se transforma en prácticas más fragmentadas y diversificadas. Leer, no es una cuestión de formato, sino de sentido.

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