En el norte y el litoral se esperan temperaturas por encima de 40 °C, con sensaciones térmicas que pueden acercarse a los 50 °C. En buena parte del resto del país las máximas se ubicarán entre 37 y 39 °C, con térmicas cercanas a 44 o 45 °C, y aun en la franja costera se prevén valores que rondarán entre 32 y 35 °C. El problema no termina cuando cae el sol.
En ese contexto, el riesgo de golpe de calor deja de ser una posibilidad lejana para convertirse en una amenaza muy concreta, sobre todo para las personas más vulnerables. Ana Mieres, médico especialista en medicina de emergencias y directora técnica de UCM Falck, recuerda que el golpe de calor es la forma más grave de las enfermedades asociadas a las altas temperaturas. Se produce cuando el organismo se sobrecalienta, se deshidrata y pierde su capacidad de disipar el calor, por ejemplo a través del sudor.
Si esa situación no se revierte a tiempo, distintos órganos pueden verse comprometidos y, en los casos extremos, derivar en un paro cardíaco.
La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, el golpe de calor se puede prevenir si las personas ajustan algunas rutinas básicas mientras dura la ola de calor. El primer punto es la hidratación. En días así, un adulto promedio necesita alrededor de tres litros de agua por día y todavía más si realiza actividad física o trabaja a la intemperie.
No alcanza con tomar “un vaso de agua” al llegar a casa; la clave es repartir el consumo a lo largo del día. Una pauta útil es no salir a ninguna actividad sin haber tomado agua en el desayuno y llegar al mediodía habiendo ingerido al menos un litro. La idea es adelantarse a la sed y no esperar a sentirla, porque cuando aparece la sed el cuerpo ya viene atrasado respecto de lo que necesita.
También importa qué se toma. Mieres desaconseja el alcohol en jornadas de calor extremo porque favorece la deshidratación y puede alterar la percepción de los síntomas. Tampoco ayudan las bebidas muy azucaradas ni el exceso de café o té, que aumentan la pérdida de líquido a través de la orina. El mensaje es tan simple como contundente: la bebida más eficaz para hidratarse sigue siendo el agua. Llevar una botella fría a la playa, al ómnibus o al trabajo deja de ser un detalle de comodidad para convertirse en una medida básica de cuidado.
La vestimenta es otro elemento que puede jugar a favor o en contra. En una ola de calor, vestirse bien es un factor de salud. Se recomiendan prendas livianas, de telas que permitan respirar la piel —como las que se usan para hacer deporte— y evitar tejidos que “encapsulan” el calor. El cuerpo necesita transpirar y que ese sudor se evapore para poder bajar la temperatura; la ropa debería facilitar ese mecanismo, no bloquearlo. Los colores claros y las prendas holgadas favorecen la circulación de aire entre la tela y la piel. A esto se suma el combo de protección básico: gorro de ala ancha, lentes de sol y protector solar. Una quemadura seria no es solo un problema de piel; acelera la pérdida de líquidos y agrava la deshidratación.
Quienes trabajan al aire libre o pasan muchas horas bajo el sol deberían organizar pausas cortas y frecuentes para hidratarse, buscar sombra, mojarse la cabeza y refrescar el cuerpo. Hacer tres o cuatro horas seguidas en la playa, en la obra o en la ruta, sin detenerse, es empujar al organismo al límite justo cuando el ambiente ya lo está exigiendo al máximo.
La alimentación también puede ayudar. Aunque el plato salga frío de la heladera, el proceso de digestión genera calor interno. Por eso, durante una ola de calor es preferible fraccionar las comidas, comer menos cantidad cada vez y elegir opciones livianas, como frutas, verduras y preparaciones frescas. En cambio, menús abundantes y grasos —un guiso pesado, una milanesa con fritas, pastas cargadas de salsa— implican un esfuerzo extra para el organismo en un momento en que ya está trabajando más de lo habitual para adaptarse a la temperatura ambiente. Aprovechar estos días para comer más sano y liviano es una forma sencilla de darle una mano al cuerpo.
No todas las personas parten del mismo lugar frente al calor. Los adultos mayores y los niños pequeños son especialmente vulnerables, al igual que quienes tienen enfermedades crónicas cardíacas, respiratorias, renales o metabólicas, o reciben medicación que pueda interferir con la regulación de la temperatura o de la hidratación. También están más expuestos los trabajadores al aire libre y los deportistas, sobre todo si no están entrenados y concentran toda la actividad física en verano. En estos grupos, cualquier síntoma compatible con un golpe de calor debe tomarse en serio y motivar una consulta rápida.
Hay señales de alarma que no conviene minimizar cuando las temperaturas se disparan, especialmente si aparecen en alguien que estuvo muchas horas al sol o en ambientes muy calurosos. Un dolor de cabeza intenso, mareos, sensación de desvanecimiento, náuseas, vómitos, piel muy caliente, seca o enrojecida, confusión, irritabilidad, dificultad para responder, pulso acelerado y respiración agitada son signos de que el cuerpo está al límite.
En los niños se pueden sumar el decaimiento llamativo, el llanto sin lágrimas o una disminución evidente en la cantidad de orina. Si se presentan varios de estos síntomas, lo indicado es trasladar a la persona a un lugar fresco, tratar de bajar la temperatura con paños de agua fresca en el cuello, las axilas y la ingle, ofrecerle agua si está consciente y contactar de inmediato al servicio de emergencia.

