Los perros y los gatos son, sin duda, las mascotas más queridas del mundo. A su alrededor se han construido historias, dichos y creencias que se repiten de generación en generación. Algunas tienen un fondo de verdad; otras, sin embargo, son simplemente mitos que pueden llevarnos a malinterpretar su comportamiento o a tomar decisiones equivocadas sobre su cuidado. Aquí desmontamos algunos de los más extendidos.
Uno de los mitos más persistentes es que los gatos son animales completamente independientes y no necesitan afecto. La realidad es más matizada. Aunque muchos gatos disfrutan de su espacio y no buscan constante atención como algunos perros, la mayoría forma vínculos profundos con sus humanos. Estudios de comportamiento han demostrado que los gatos reconocen la voz de su dueño, buscan contacto físico cuando se sienten seguros y pueden sufrir estrés o ansiedad por separación. La independencia felina es más una estrategia de supervivencia que una falta de apego.
Otro mito clásico afirma que los perros ven el mundo solo en blanco y negro. Durante décadas se creyó que su visión era monocromática. Hoy sabemos que los perros distinguen colores, aunque de forma limitada: perciben principalmente tonos de azul y amarillo, y tienen dificultades con el rojo y el verde. Su visión nocturna y su capacidad para detectar movimiento son, en cambio, superiores a las humanas. No viven en un mundo en escala de grises, pero tampoco ven la misma paleta de colores que nosotros.
También es común escuchar que un perro que mueve la cola siempre está contento. El movimiento de la cola es un lenguaje complejo. Un movimiento amplio y suelto suele indicar alegría o relajación, pero un movimiento rígido, alto o muy rápido puede expresar tensión, alerta o incluso agresión. Observar el resto del cuerpo (orejas, postura, mirada) es fundamental para interpretar correctamente lo que el animal está comunicando.
En el caso de los gatos, existe la creencia popular de que siempre caen de pie. Aunque poseen un reflejo de enderezamiento extraordinario que les permite girar el cuerpo en el aire, no es infalible. Desde alturas muy bajas o muy altas el reflejo puede fallar, y las caídas siguen siendo una causa frecuente de lesiones. El mito de las “siete vidas” o “nueve vidas” no los protege de la gravedad.
Otro mito alimentario muy extendido es que a los gatos les gusta y les conviene la leche de vaca. La mayoría de los gatos adultos son intolerantes a la lactosa. Darles leche puede provocar molestias digestivas, diarrea y malestar. Si se quiere ofrecer un líquido especial, existen leches formuladas específicamente para gatos, pero el agua fresca sigue siendo la mejor opción.
Respecto a la inteligencia, muchas personas sostienen que los perros son más listos que los gatos (o viceversa). La comparación es engañosa. Los perros destacan en la cooperación con los humanos y en la comprensión de gestos y órdenes. Los gatos, por su parte, demuestran una gran capacidad de resolución de problemas individuales y de aprendizaje por observación. Cada especie ha desarrollado un tipo de inteligencia adaptada a su forma de vida. Hablar de “quién es más inteligente” suele decir más sobre nuestras expectativas que sobre las capacidades reales de cada animal.
También es falso que los gatos odian el agua por naturaleza. Aunque la mayoría prefiere mantenerse seca, existen razas como el Turkish Van o el Bengal que disfrutan del agua, y muchos gatos toleran perfectamente el baño si se los acostumbra desde pequeños. El rechazo al agua suele ser cultural y de experiencia más que un rechazo instintivo absoluto.
Por último, conviene desmentir la idea de que un perro mayor ya no puede aprender nada nuevo. El dicho “perro viejo no aprende trucos nuevos” es injusto. Los perros adultos y seniors pueden seguir aprendiendo, aunque el ritmo sea más lento. El entrenamiento positivo funciona a cualquier edad y, de hecho, estimula mentalmente al animal y fortalece el vínculo con su familia.


Nuestros bichitos….