La función principal del sistema inmune es identificar y neutralizar sustancias potencialmente nocivas, como bacterias, virus, toxinas o células cancerosas, las cuales contienen antígenos específicos. Para ello, produce anticuerpos que destruyen estos agentes externos. Sin embargo, este mecanismo puede fallar. Cuando el sistema inmunitario no diferencia entre un tejido sano y un antígeno dañino, se desencadena una reacción que daña o destruye tejidos corporales normales. Este fenómeno es lo que se conoce como enfermedad autoinmunitaria.
Expertos explican que una de las teorías más aceptadas sostiene que ciertos microorganismos, como bacterias o virus, o incluso algunos medicamentos, pueden provocar cambios que confunden al sistema inmunitario. Esta susceptibilidad sería mayor en personas con predisposición genética. Las consecuencias pueden variar desde la destrucción de tejido corporal y el crecimiento anormal de un órgano hasta alteraciones en su funcionamiento habitual.

Estas patologías pueden afectar a uno o múltiples órganos y tipos de tejido. Siendo las zonas más comunes los vasos sanguíneos, los tejidos conectivos, las glándulas endocrinas, las articulaciones, los músculos, los glóbulos rojos y la piel. Entre las enfermedades autoinmunitarias más conocidas se encuentran la enfermedad de Addison, la celiaquía, la enfermedad de Graves, la tiroiditis de Hashimoto, la enfermedad inflamatoria intestinal, la esclerosis múltiple, la artritis reumatoide, el lupus eritematoso sistémico y la diabetes tipo I. Es posible que una persona padezca más de una de estas condiciones simultáneamente. Los síntomas son variables, dependiendo del tipo y la localización de la respuesta inmunitaria defectuosa, aunque la fatiga, la fiebre, el malestar general, el dolor articular y las erupciones cutáneas son manifestaciones comunes.
En este contexto, los pacientes inmunodeprimidos requieren atenciones especiales. En estos casos, el sistema inmunológico no es capaz de responder adecuadamente ante la presencia de virus y bacterias. Esta disfunción inmunitaria incrementa la probabilidad de padecer infecciones y, paradójicamente, la aparición de otras enfermedades autoinmunes. Ante situaciones como pandemias o epidemias, estos pacientes se convierten automáticamente en población de riesgo. Además, el tratamiento para estos pacientes es multifacético y debe adaptarse a su condición de vulnerabilidad. En muchos casos, la inmunodeficiencia está vinculada a una enfermedad de base grave, como un cáncer o un trastorno autoinmune, cuyo tratamiento es prioritario. La estrategia terapéutica se centra en tres pilares fundamentales: el control de las infecciones, el tratamiento para reforzar el sistema inmunitario y la prevención.
Los especialistas manifiestan que el control de las infecciones implica una acción rápida. Las infecciones requieren tratamiento inmediato con antibióticos, a menudo con ciclos más prolongados de lo habitual. Si la infección no responde, puede ser necesaria la hospitalización y la administración de antibióticos por vía intravenosa. La prevención es igualmente crítica. El tratamiento de los síntomas derivados de las infecciones se aborda con medicamentos para el dolor y la fiebre, descongestionantes y expectorantes.
Junto a esto, existen diversas terapias como la inmunoglobulina, para reforzar el sistema inmune. Esta consiste en proteínas de anticuerpos necesarias para combatir infecciones. La misma puede administrarse por vía intravenosa o mediante infusión subcutánea. Por otro lado, la clave para el manejo de los pacientes inmunodeprimidos, especialmente en el contexto de la pandemia, reside en la prevención y en un seguimiento clínico cercano. El aumento de su riesgo inherente exige extremar las precauciones sanitarias y adaptar las estrategias terapéuticas para proteger su salud. Con el apoyo de médicos mediante el uso de todas las herramientas preventivas disponibles.

