Conseguir que Gertrudis Rivalta contestara fue una pequeña hazaña de paciencia transatlántica. Vive en Alicante, pero su tiempo viaja en varios husos horarios a la vez: el de Cuba, donde nació hace 53 años y a la que siempre amará sin importar lo que digan otros, y el de España, donde estudia Psicología como quien busca completar la interpretación de su arte. Llegué a ella por un amigo en común, de esos que hacen de puente entre dos mundos que no siempre se entienden. Y cuando por fin respondió —con una avalancha de audios de WhatsApp, crudos, reales, sin filtros—, lo que me encontré fue a una mujer que habla exactamente igual que pinta: sin pedir permiso, sin maquillar las verdades incómodas, sin separar su vida de su obra. «Muchas veces pienso que estoy haciendo psicología comunitaria», me soltó al principio, y yo tardé varios audios en entender que no era una metáfora.
Me detuve en esa frase. Fue la definición más precisa de lo que ella —y hasta yo— entendíamos por arte: una forma de intervenir en el tejido social, de abrir un espacio donde la gente pueda mirarse sin miedo. Lo decía desde una vida que ha sido, en sí misma, un campo de batalla. Seguí escuchando.
Le pregunté por Santa Clara, lugar donde nació, en el centro de Cuba. Me habló de una familia donde casi todo el mundo tenía formación. Me contó de su tía Onelia, que dibujaba retratos con acuarela, y de otro tío también pintor con el que compartía fecha de nacimiento: «Me decían que yo era su reencarnación». Y entonces: ¿empezaste a dibujar? «Yo siempre estaba dibujando —me dice—. Pero dibujaba por dentro. La manera de percibir el mundo era a través del pincel. Eso existe: el arte interior del artista que nunca llega a mostrarse. Soy muy, muy fan del volumen». Quiso estudiar medicina —lo logró muchos años después—, pero en aquella Cuba difícil de los años 90 escogió la creación. Del Instituto
Superior de Arte recuerda el trayecto muchas veces a pie hasta la universidad, las bienales a las que no siempre pudo asistir, y las conjeturas que era capaz de hacer gracias a su entorno: los roles de blancos y negros en la academia, las diferencias entre la creación artística de esa década y la anterior —en los noventa, producto de la situación económica, el arte necesitó volverse más comercial—, y la tirantez en ocasiones entre la institución y el circuito artístico. Se graduó en 1996.
Tres años después, dos curadores organizaron la primera exposición autorizada en Cuba para hablar abiertamente sobre el racismo. La llamaron Queloides. «Éramos cuatro gatos y yo era la única mujer». Hablar de racismo en Cuba resulta paradójico porque el país ha diseñado todo un aparato jurídico para garantizar la igualdad entre razas, pero la discriminación muchas veces se ha camuflado en eso y en los discursos que se niegan a aceptarla. Gertrudis no se anda con rodeos: «La población afrodescendiente en Cuba ha sufrido racismo, justo porque se ha tratado de invisibilizar este comportamiento; y hablar sobre el tema en Queloides era la oportunidad de decirlo». El nombre por sí solo ya era la aceptación de una llaga que no terminaba de sanar.
Para aquella exposición se diseñó una especie de planilla donde los artistas tenían que marcar su filiación racial, su foto y su disciplina. Gertrudis marcó todas las casillas. «Fue mi manera de decir: no me reduzcan a una categoría única. Llevo conmigo todas las posibilidades de la Isla, desde lo más claro hasta lo más oscuro». Y en el espacio donde debía explicar su «disciplina artística» escribió: «No hay mal que por bien no venga». Y no ha resultado mal.
Queloides se convirtió en una exposición itinerante. Estuvo en varios lugares de Estados Unidos, y aunque no quiso adelantarme mucho, posiblemente llegue a España.
Desde hacía unos años, Gertrudis ya le daba vueltas a otro nombre: Walker Evans. El fotógrafo estadounidense viajó a La Habana en 1933 enviado por una revista. Se encontró una ciudad en ebullición y terminó retratando lo que creyó ver: mulatas exóticas, vendedores callejeros, el cliché racial hecho fotografía. A Gertrudis le llegó un libro de Evans a través de Kevin Power, crítico británico, profesor suyo en el ISA y mentor clave en su carrera. «Él me regaló ese libro porque yo buscaba una conexión histórica con el presente. Quería entender qué pasaba en Cuba en los noventa a través de lo que pasó en los treinta». Empezó a dibujar sobre aquellas imágenes, a devolverles la mirada. La serie se llamó Evans or not Evans y con el tiempo se convirtió en una de sus obras más reconocidas.
Ese gesto se volvió una constante. Instalada en Alicante a principios de los 2000, encontró sin buscarlo el material que definiría esa etapa: las lentejuelas. Las vio en las belleas del foc, las fiestas populares de la región, incrustadas en trajes de un brillo casi agresivo. Y decidió llevárselas al taller. «Mi obra no se tomaba mucho en serio —acepta—. Siempre he sido muy despistada. La incorporación de estos materiales busca precisamente eso: que el espectador subestime lo que ve. Y ahí es cuando lo atrapas». Lo dice sin molestia. Deja que la subestimen.
Las revistas Mujeres y Muchacha son publicaciones cubanas con un largo recorrido. Con las lentejuelas, Gertrudis empezó a intervenir sus portadas, aquellas que se hacían eco de las modas soviéticas. «Había representación de mujeres afrodescendientes, sí, pero faltaba. Después se intentó resolver el problema, pero en aquel momento yo veía aquellos dibujos y pensaba: yo remotamente me voy a parecer a eso». Así que creó las portadas que no veía. Mujeres negras, mulatas, campesinas, gimnastas, trans. Todas brillando. Todas en primer plano.
Para poblar esas imágenes rescató a Cuquita, la muñeca recortable que venía en las últimas páginas y a la que dotó de un rostro que a veces se parece al suyo. «Cuquita no es personal. Es una metáfora de toda Cuba». Y junto a ella inventó una figura que no existía en ningún catálogo: la matrioska negra cubana, una muñeca rusa ennegrecida, alada, que revolotea alrededor de las luces. La conciencia de Cuquita. La que sabe. La que carga con la historia.
Gertrudis ha expuesto en los cinco continentes. En 2009, con 38 años, fue la artista más joven incluida en Creadoras del siglo XX, una exposición itinerante que reunió a figuras como Frida Kahlo, Yoko Ono y Meret Oppenheim. En 2022 presentó Selected Pages en una galería del Lower East Side de Nueva York, con el respaldo del Hemispheric Institute de la Universidad de Nueva York. Su obra está en colecciones de Cuba, España, Italia, Reino Unido y Estados Unidos. Pero hay algo que le duele más de lo que dice: lleva años sin poder exponer en su país. Lamenta no haber vuelto a Santa Clara, a su ciudad. Siente que ha tenido mucho rechazo. «No hay nadie que haya tenido más deseo y más cariño por exponer en Cuba que yo. Yo nunca he atacado a Cuba como lo han hecho otros artistas, y me gustaría verme representada en el Museo de Bellas Artes. El arte mundial es masculino, y Cuba no escapa de eso. Hay que darle oportunidad a los artistas de la diáspora».
Hace una pausa.
Me quedan pocas líneas y muchos más audios por escuchar, así que elijo tres cosas que no quiero que se pierdan. Es budista, porque esa práctica la libera. Sus cuadros a menudo tienen bocadillos de texto vacíos porque «lo que no se dice en mi obra es justamente lo que más habla». Y si tuviera que encapsular una palabra en ámbar, como hace en su serie más reciente, sería «razonar».
—Y si pudieras volver a escribir en aquella planilla de Queloides tu disciplina artística…
Se ríe.
—Sinceramente, pondría lo mismo: «No hay mal que por bien no venga».




