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Mostró una obra que resultó vehículo para una expresión

“Un adicto al Bajo Cero”, de la vida y obra de Santiago Feliú

Es un trovador considerado una de las voces más personales, y lúcidas de la canción cubana

Su relación con Cuba era de amor
Su relación con Cuba era de amor

Feliú no fue solo un eslabón entre la legendaria Nueva Trova de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés y la posterior Novísima Trova de Carlos Varela y Gerardo Alfonso. Sino que constituyó un universo propio en la música. Su compañera, su amante y amiga “la guitarra” fue un instrumento de un arquitecto de canciones. Su guitarra era “un personaje más” donde la melancolía, la política y la intimidad desgarrada fundían sus fronteras.

Nacido en marzo de 1962, su infancia estuvo marcada por el cine, donde huía de los conflictos domésticos sumergiéndose en historias ajenas. A los seis años, los acordes experimentaron un giro, lo cual definió su sonido: se volvió zurdo, sin más, sin explicación aparente. Tomó la guitarra al revés, reconfigurándola, forjando una técnica única que bebió de lecciones informales de los amigos de su hermano (Vicente Feliú) y, de manera más formal, del propio Silvio Rodríguez, quien junto a Noel Nicola era ya una presencia habitual en su puerta.

Conocido también como “Santiaguito” o “el zurdo maravilloso”
Conocido también como “Santiaguito” o “el zurdo maravilloso”

Feliú a los trece años, comenzó a tejer una red junto a: Pedro Luis Ferrer, Gerardo Alfonso, y más tarde figuras como el español Ismael Serrano o el argentino Fito Páez. Sus influencias, iban desde Beethoven y Vivaldi hasta Juan Formell, pasando por el rock de Bob Dylan o Cat Stevens. En paralelo, devoraba la literatura de Hermann Hesse, Kafka y Michael Ende, alimentando el sustrato filosófico que construirían sus futuras letras.

A los dieciséis, su integración en los círculos de la Nueva Canción fue natural, pero Santi, apodado “El Eléctrico”, pronto comenzaría a electrificar la tradición desde dentro. Su revolución fue radical aunque silenciosa. Allegados al artista manifestaron que en sus manos, la guitarra adquirió una densidad en la melodía que resultaba inusual. Lo definían como una textura que dialogaba de tú a tú con la palabra, lo cual creaba una mezcla más homogénea y compleja

En aquel entonces, mientras las “canciones urgentes” de los años sesenta y setenta priorizaban el mensaje lírico, Feliú construía en el arte otros espectros. Su música era una mezcla donde lo gris, lo “bajo cero” (como él mismo definía su adicción a la melancolía y el desamor), tenía tanto peso como el verso.

Explorar estos espacios lo llevó a compartir escenario con pilares desde Aute, Pastor y Gieco en el exterior, hasta Delgado, Vicente Feliú y Nicola en casa. Un disco grabado con este último, Ansias del alba, fue un directo tributo al EZLN mexicano, evidenciando su compromiso político, nunca panfletario, siempre filtrado por una ironía inteligente y una mirada desencantada. Temas como La ilusión, Rocanrolito de Fulanito y Menganito o En este barrio destilaban esa “rojez” crítica. Mientras otras canciones recorren, el tiempo, la historia y la evolución.

Su relación con Cuba fue de amor y distancia, pues vivió varios años en Argentina y visitó varios países. Llegar a otras tierras, le brindó la perspectiva esencial para observar y contar, reafirmando otro de sus apelativos, el del trovador nómada y desenfadado.

Su discografía, es el ejemplo de esa gran evolución. Desde Vida (1986) hasta Ay, la vida (2010), pasando por la crucial Náuseas de fin de siglo y el álbum conceptual Sin Julieta (2002), exploró sin concesiones. En Sin Julieta encerró su tendencia “bajo cero” en un ciclo de canciones sobre la ausencia, donde los acordes parecen resonar en un vacío. Canciones como Mickey y Mallory exhiben esa intensidad y ese dominio de la edición musical a la que era tan adicto.

Conocido también como “Santiaguito” o “el zurdo maravilloso”, mostró una obra que resultó vehículo para una expresión. Donde lo musical y lo literario se fundían para interpelar al oyente sobre la existencia o el simple paso del tiempo. Santiago Feliú fue un trovador de laberintos. Cantó para esos oídos dispuestos a perderse en la honestidad de una letra que nunca eludió la sombra. Porque sabía que es allí, en el gris, donde a veces se encuentra la luz más verdadera.

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